El capitán Segovia, a la derecha
El capitán Segovia, a la derecha

www.fuerzasmilitares.org (06MAR2015).- El capitán de fragata Camilo Segovia ha llevado el timón de muchas embarcaciones durante su desempeño en la Armada Nacional de Colombia. Tan pronto desembarque del ARC 20 de Julio seguirá su distinguida carrera en tierra firme, en la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla, como jefe de Planeación.

Pero la historia lo recordará como el primer comandante en llevar un buque naval colombiano a la Antártida.

En estos tres meses lo vi ser desde alcalde hasta psicólogo, papá, juez y amigo de las 102 personas que viajamos a bordo en esta histórica Primera Expedición Científica Colombiana a la Antártida. Lo vi mediando entre las necesidades de un grupo tan ecléctico como los investigadores civiles, los medios de comunicación y aquellos de las operaciones del buque.

Me senté a hablar varias veces con él. Si peca por algo es por exceso de prever lo que puede ir mal y de irse por la senda conservadora. Después de todo, nos estuvo llevando literalmente a los mares más peligrosos del planeta. Ama a su Armada y no pierde la oportunidad de afirmar que “este buque es una nave”.

Se le aguan los ojos cada vez que uno le pregunta por sus hijas María Camila, de 7 años, y María Alejandra, de 4. Así como por su esposa Alef, médica ginecóloga. Soportar esas largas separaciones ha sido el común denominador de todos los marinos en los siete mares desde los primeros navegantes.

En mayo del 2014 se enteró de que su buque había sido seleccionado para ir a la Antártida, un ambiente operacional nuevo y desconocido para la Armada Nacional. Desde entonces comenzó el maratón. La lista ‘de mercado’ que fabricó en un software de su iPad se convirtió en una Biblia que carga a todas partes. Había que pensar en todo –dice–, desplegando una impresionante cantidad de ventanas y subtítulos electrónicos realzados en vivos colores. No puedo evitar pensar en listas parecidas hechas por los exploradores polares de todos los tiempos.

“Había un componente científico, uno operacional, uno ambiental y uno de comunicaciones estratégicas; cada una de estas áreas se subdividía en muchas más. Por ejemplo, el buque, el personal, la logística. Desde las necesidades especiales de la ropa polar, los equipos de buceo, hasta la comida, la aviación naval, el agua caliente, la estanqueidad de buque, la propulsión, ¿cómo afectaría el frío la maquinaria?, ¿los lubricantes? Había que instalar la ecosonda en el casco; y teníamos que revisar los sistemas de navegación, comunicaciones, ingeniería, fondeo, las lanchas, climatizar el hangar y, en general, convertir a un buque tropical en uno polar”, señala.

También había que entrenar al personal, desde los buzos hasta los navegantes en aguas antárticas, y pensar en el manejo de basuras. “Llevamos 40 días guardando las basuras debidamente clasificadas y las entregaremos en puerto. Pero tenemos que aprender mucho aún sobre cómo triturar y volver pulpa los desechos orgánicos biodegradables”, añade el capitán.

Las 3.500 millas navegadas en aguas de la Antártida le enseñaron a Segovia que el comandante propone y la naturaleza dispone. Y que aquí abajo se presentan situaciones muy superiores a las que podemos estar acostumbrados en el Caribe y en el Pacífico. “Aprendimos que hay que revisar los reportes meteorológicos y no generar fechas específicas de tránsito. Ahora sabemos lo que significa la sensación térmica de hasta menos 10 grados centígrados del viento en la piel o en las manos mojadas, incluso a través de los guantes”, dice.

Otro tema importante de la navegación antártica son las profundidades de fondeo. “Nosotros –señala– estamos acostumbrados a fondear hasta 15 o 30 metros de profundidad, pero aquí eran de hasta 80 metros, con vientos superiores a los 25 nudos.

Aprendimos a reaccionar rápidamente ante condiciones que cambian en cuestión de minutos. Eso nos pasó frente a la base brasilera de Ferraz, en que estábamos fondeados y de pronto se alzaron vientos de 40 nudos. A pesar de que teníamos siete grilletes, es decir, 191,5 metros de cadena en el agua, no fue suficiente porque la altura de las olas subió a dos metros y tuvimos que zarpar de emergencia, sin poder visitar la base”.

Durante la navegación en el estrecho de Gerlache, Segovia y su tripulación se enfrentaron a algo por lo que nunca habían pasado: los témpanos de hielo. “Cuando uno piensa que se va a enfrentar a un hielo cree que lo va a poder superar porque está acostumbrado a escenarios con bastantes contactos de superficie. En realidad es algo bastante difícil porque uno ha trazado el derrotero y ve el radar y está rodeado de témpanos. El ideal es pasarles a 200 yardas, pero muchas veces eso era imposible y los teníamos a 20 yardas”, explica Segovia.

Eso, sin contar con que los témpanos tienen escondido bajo la superficie un volumen mucho mayor que el visible. Poco a poco los navegantes fueron convirtiéndose en vigías y ‘esquivadores’ profesionales de témpanos, cuidándose especialmente de los gruñones, que son masas muy compactas y totalmente transparentes, no muy grandes, quizás del tamaño de un piano de cola.

Esa dureza del hielo viejo los convierte en verdaderos escalpelos para el casco de los buques.

“Nos ayudó mucho el buque ARC 20 de Julio, una patrullera oceánica OPV de alta maniobrabilidad, con dos máquinas y un 'bow thruster', que nos permitía maniobrar a baja velocidad frente a los témpanos, que tienen su propia dinámica por el viento y las corrientes”, agrega.

El buque ARC 20 de Julio, durante su recorrido por las turbulentas y gélidas aguas de la Antártida. Foto: Armada Nacional

Otro reto de aprendizaje fue la navegación durante las estaciones oceanográficas. “Tratar de mantener el buque en una posición durante una hora, mientras esquivábamos hielos con vientos altos y además con restricción en la maquinaria, porque teníamos los equipos oceanográficos en el agua, fue una experiencia muy importante que logramos sortear y sacar adelante”, celebra.

Finalmente estaba la navegación en aguas donde no se sabían las profundidades, porque justamente eso fue lo que vinieron a hacer los investigadores del Centro de Investigaciones Oceanográficas e Hidrográficas. Y la enervante aproximación a las bases de investigaciones.

“Aquí conocimos cómo a las puertas del Paraíso uno puede tener un Infierno. Durante una aproximación a bahía Paraíso –que es preciosa y es donde está la base chilena Videla– para recoger unos equipos de medición de la parte investigativa, tuvimos muchísimo hielo pasándonos muy cerca, y fueron momentos bastante tensos”, recuerda el capitán del buque ARC 20 de Julio.

Pero la experiencia con el medioambiente y los paisajes fue una recompensa para todo el mundo. “La importancia del equilibrio climático y los cambios de temperatura, y cómo esta correlación entre el clima antártico y nuestras latitudes impacta no solo nuestra meteorología, sino nuestra rica biodiversidad, es algo que doy gracias de haber tenido la oportunidad de conocer de primera mano”, dice.

Según Segovia, la expedición demostró que la Armada no es solo soberanía, sino que también permite realizar investigación. De hecho, no es la primera vez que lo hace, ya que los submarinos oceánicos se han usado para estudiar el corazón de las ballenas jorobadas.

Le pregunto por la separación de las tres mujeres en su vida, su esposa y sus hijas, con quienes se reunió en Valparaíso antes del zarpe antártico. “Cuando uno está haciéndo lo que quiere, lo que siente y tiene el apoyo de la familia, siempre va a estar feliz. Y cuando se sale al mar uno comparte con su otra familia”.

Si una de sus frases favoritas es que “el 20 de Julio es una nave”, la otra es que “ser marino es un estado del alma y que, como marinos, incluso en la Antártida, protegemos el azul de la bandera”.

Le recuerdo que nadie le quitará el haber sido el primer comandante colombiano en llevar un buque a la Antártida, y sonríe con picardía.

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