Jaime Borda
Jaime Borda

www.fuerzasmilitares.org (01ABR2015).- Más de siete mil horas de vuelo es una cifra que no refleja la magnitud de su espíritu, Jaime Borda es un visionario escondido en las calles de Cartagena. De cerca no parece tan diferente de los demás, pero su vida es un cúmulo de memorias entrelazadas que reflejan la aventura de ser un hombre de mente abierta.

Aviador, navegante, fotógrafo aéreo, pescador aficionado, motociclista y asesor editorial, componen una lista que se derivan al infinito, en una madeja imposible de sintetizar. Para hablar de Jaime Borda se necesita conocer su carácter, en gran parte heredado de su padre, quien también tenía esa alma inquieta, ávida de conocer y experimentar al máximo.

“Desde muy joven me gustó la aventura, a mi padre también. Él me invitaba a caminar por las montañas de los santanderes y Cundinamarca. A él le gustaba ir de pueblo en pueblo, estar en contacto con la naturaleza y le interesaba la aviación”, dice con es voz gruesa que le caracteriza.

Esa determinación lo llevaron a recorrer Colombia en una expedición por agua, tierra y aire, adentrándose en las veredas y bosque hasta llegar al Amazonas, y luego volver en una sola pieza a Cartagena.

“Se me dio por conocer todos los ríos de Colombia, así que los recorrí en canoas, botes o lanchas. Después estuve en las selvas del Chocó y del Carare, en los Llanos Orientales y en el área del Mitú, hasta llegar al Amazonas. Conocí el país entero, por agua y por tierra, y luego por aire”.

En aquellos días estar en el aire era para el piloto de la Fuerza Naval, la posibilidad de ver el mundo desde otra perspectiva, de acercarse a dónde nadie en esa época podía llegar.

“Me hice piloto muy joven, y luego comencé a volar bastante en la Patrulla Aérea Colombiana, en ese momento la Patrulla Aérea Civil, con la cual hacía vuelos de ayuda y rescate, llevando medicinas, provisiones y médicos, o trasladando enfermos y heridos. Eso me llevó a los rincones de Colombia, sitios remotos”.

En esa época también decidió que Cartagena y la Costa merecían su patrulla de aviación, algo que consiguió años más tarde, haciendo historia al fundar la Patrulla Aeronaval de Cartagena (PANC), que constituyó un apoyo fundamental para la Armada Nacional.

“Con la Patrulla nació la aviación naval, y posteriormente la escuela de aviación de Cartagena, donde fui piloto e instructor. Por esa ayuda me hicieron oficial naval”.

Fueron 42 años surcando los cielos y aunque parezca irónico, nunca cobró por hacer lo que más le gustaba, volar.

En esas andanzas comenzó a hacer publicidad en el aire y luego a experimentar con la fotografía. Era muy casual en ello, hasta que la afición por la fotografía aérea se convirtió en otra de sus pasiones mientras volaba en su avioneta.

“Fue una casualidad porque mí primer trabajo se dio cuando llegué con una avioneta a Magangué en 1963. Para aterrizar en la pista había que espantar el ganado, uno pasaba dos o tres veces bajito. Mientras hacía eso le tomé cuatro fotos al pueblo, que luego me compararon en otra casualidad de la vida”.

Este fue el inicio de su prolífica carrera como fotógrafo aéreo, que están consagradas en varios libros de su autoría, siendo el último “Cartagena de Indias – Visión Aérea”, una edición de gran formato que plasma a la ciudad en toda su extensión.

Cartagena, su refugio

“Cartagena ha sido mi modelo preferida”, afirma el capitán Borda con la espontaneidad que lo caracteriza.

No sé siente cómodo en otro lugar, su ciudad natal lo ha hechizado a pesar de siempre estar cruzando el horizonte hacia un nuevo destino. De hecho, es en el mar donde nace otra de sus aficiones, la pesca y la navegación.

Luego devino su amor por las motocicletas, por más de cuatro años recorrió las calles del Centro y Castillogrande en su Harley, haciendo que los conservadores estallaran en comentarios a su paso.

“Me picó el tema del motociclismo, en los noventa traje la primera, y última, reunión que se hizo en Cartagena de Harley Davidson - comenta mientras se ríe de aquella hazaña-. Casi me cuelgan por eso, fue un escándalo por las motocicletas, las muchachas que iban sentadas en ellas con todo afuera y los tipos rudos. Aún así logramos tener un grupo de 21 motociclistas cartageneros”.

Estaba adelantado a su tiempo, y Cartagena no se acostumbraba a las ideas de un hombre de vanguardia, de ahí que muchos le tildan de loco.

“Dicen que estoy loco porque todas esas cosas me hicieron tener un estilo de vida diferente al de la gente de Cartagena. Pues sigo estando loco”, sostiene.

Sus ideas divergen a las establecidas, pero siempre giran en torno a Cartagena, su musa. Es su vocación de servicio por la ciudad lo que impulsa su vida, aún cuando eso significa no recibir nada a cambio.

“Tengo un problema gravísimo, a mí no me gusta el dinero. Lo necesito para sostener a mí familia, pero ojalá me hubiera tocado nacer en donde no se necesitara, sería más feliz de lo que soy”.

Y sus palabras no son en vano, ha trabajado incansablemente para brindarle a los cartageneros proyectos como el Cartagena International Boat Show, con el cual espera darle un espacio náutico digno de un puerto; o ayudar a Rafael Vieira, a construir un aviario como atractivo para los residentes.

Así es su amor por la ciudad, un trabajo continuo para lograr que los cartageneros le abran las puertas al progreso.

“Cartagena es mi refugio personal, no me gustan las otras ciudades. Pero los cartageneros somos los únicos culpables de los problemas que estamos padeciendo y que vamos a seguir viviendo. Le hemos dado la espalda a todo y sufrimos del ¿usted no sabe quién soy yo? Así somos nosotros y en eso nos representamos”.

Más allá de todo, él cree que esta ciudad es un privilegio que enamora a muchos y que ha sido una fortuna poder verla como nadie más, desde las alturas, como un pájaro en pleno vuelo, un animal que ha sido el sello de su historia y con el cual se identifica. 

“Quiero ser libre como un pájaro, hacer lo que a mí me nace y me gusta”. 

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