El suboficial Freddy Pinilla recibió un tiro de fusil en la cabeza, pero se recuperó. Después de 14 años y cuatro meses el cabo primero (r.) Freddy Pinilla Correa volvió a revivir el ataque con granadas de mortero, ametralladoras y fusiles del que, desde matorrales y un pequeño cerro, fue blanco la comisión judicial que él integraba y que se había internado en los llanos del Meta para cumplir con la extinción de dominio de la hacienda de un narcotraficante. (Lea más noticias sobre Martín Llanos)

De allí salió con vida, pero no corrieron la misma suerte otros cuatro uniformados, entre ellos, el mayor Juan Carlos Figueroa Escobar, comandante del Gaula componente Ejército, que viajaban en el campero Chevrolet Trooper negro, que quedó en medio del fuego. En ese trágico hecho, conocido como la masacre de San Carlos de Guaroa, también murieron un fiscal, tres investigadores del CTI y uno del DAS y un suboficial.

 

La emboscada la ordenó el jefe paramilitar Héctor Germán Buitrago, alias 'Martín Llanos', capturado el sábado en un pequeño pueblo del estado venezolano de Anzoátegui y que hoy será deportado a Colombia para que responda por varias masacres, decenas de homicidios y desapariciones.

'Martín Llanos', que cayó junto a su hermano Nelson Orlando, 'Caballo', tenía un centenar de hombres apostados en el estratégico sitio conocido como Lomitas -la trocha de la sabana cruza por el medio de dos pequeños cerros- a la espera del convoy que iba de regreso para Villavicencio.

La captura del paramilitar no solo removió temores y frustraciones que el suboficial retirado de la Séptima Brigada creía superados y que fueron ocasionados aquella tarde del 3 de octubre de 1997, en la que vio caer a sus compañeros, sino que también lo motivó, por primera vez en más de una década, a hablar públicamente de esos hechos, en que él sobrevivió a un disparo de fusil a menos de cinco metros en la cabeza.

Este manizaleño, hijo de una numerosa familia (tiene 15 hermanos) y que creció al lado de los abuelos maternos, estaba a cargo de la cámara de video en la que quedaron grabadas imágenes fragmentadas, gritos y estruendos del infierno que, por casi doras horas, vivió la comisión.

Un proyectil de fusil galil 5.56 le perforó el pulmón derecho, otro entró por la cadera y un tercero, al que Pinilla llama "tiro de gracia o de remate", le volvió trizas parte del cráneo. Eso sin contar que en su chaleco quedaron las huellas de al menos una veintena de impactos y que en su cuerpo todavía siguen alojadas muchas esquirlas, algunas de las cuales han ido aflorando, como la que hace unos días le apareció en el rostro.

"Ellos (los paramilitares) tenían el armamento, el tiempo y la capacidad para volvernos 'chicuca'. Ese día no me correspondía morir, pero era para al menos haber quedado loco o ciego; pero no, hoy me siento común y corriente, aunque al principio fue como arrancar de cero la vida", recuerda Pinilla, quien asegura que así lo quiso Dios y porque su caso se volvió un reto para los médicos del Hospital Militar. Allí le reconstruyeron la zona destruida del cráneo.

La emboscada

Con mucho detalle, como quien se sabe de memoria una película, el cabo primero (r.), que para esos días esperaba el ascenso a sargento segundo, narra cómo fue que la comisión judicial cayó en la emboscada paramilitar.

Eran como la 1:30 de la tarde y, ya cumplida la extinción de dominio de la hacienda El Alcaraván, la comisión judicial decidió regresar a Villavicencio por una trocha que conduce a San Carlos de Guaroa. Diez minutos más tarde fueron atacados por seis hombres que se movilizaban en una camioneta Toyota Hi Lux -murieron tres 'paras' y otros tres fueron capturados-, y media hora después, al pasar por Lomitas, el Trooper negro que iba en la mitad de la caravana se detuvo y tras este el resto de vehículos.

Llovía fuego por los costados y por arriba. "El soldado Alfonso (Arévalo, el conductor del vehículo) se asustó y frenó. Todos empezamos a descender. Al sargento (Ricardo) Guarnizo lo hirieron dentro del carro y a mí me tocó pasar por encima del cuerpo. Ya en tierra, asesinaron de un tiro en la cara a Arévalo".

Y el soldado profesional Heliodoro Basallo, que después del primer enfrentamiento se subió al campero y le cedió el chaleco a Pinilla, cayó luego de salir del carro y enfrentarse de frente con los paramilitares.

"Era un soldado muy aguerrido. Se enfrentó de pecho presente a ellos. Nunca se me olvidará esa imagen de verlo de pie con el fusil disparando, y así como disparaba recibía las balas. Le encontraron como 70 tiros", insiste el cabo, quien hoy dice que ese soldado merece un homenaje.

Pero luego murió el mayor Figueroa, quien combatió a pesar de que estaba mal herido y sangraba mucho. "De un momento a otro se paró a disparar y le cayó un tiro de MGL (granada de gran explosión) en el pecho", recuerda con tristeza el ex cabo primero, quien agrega que el oficial le dio mucho ánimo y fortaleza para resistir.

Sintiéndose ya solo, Pinilla optó por correr con la cámara en la mano en busca de refugio. Alcanzó a avanzar unos 50 metros cuando dos disparos penetraron su chaleco. "El de la cadera fue el que me hizo caer. Me aferré al piso y me quedé quieto al sentir que alguien se me acercaba. Pero luego dijo: 'Ahí está'. Entonces, otro le gritó: 'Pues dele, hermano', y hasta ahí recuerdo".

El cuerpo de Pinilla fue encontrado en la madrugada del domingo, tras el arribo de la tropa por tierra, y después, trasladado a Bogotá, donde estuvo 15 días en cuidados intensivos. Durante tres años y medio el suboficial debió volver a aprender cosas tan sencillas como amarrarse los cordones o armar un rompecabezas de seis piezas.

La recuperación

El cabo perdió el oído izquierdo, algunos campos visuales y muchos de sus recuerdos, y ha tenido que vivir con un temblor permanente en sus manos, frecuentes dolores de cabeza y con la dificultad de conciliar un sueño placentero y prolongado. A lo sumo, afirma, puede dormir tres o cuatro horas al día.

Pero todas esas dificultades son llevaderas, aunque no así el dolor de ver truncada su carrera militar, pues la discapacidad psicofísica del 81,10 por ciento no le permitió seguir activo. La aspiración que alimentó desde los 19 años, cuando ingresó a la escuela de suboficiales en Tolemaida, era ascender hasta llegar a sargento mayor y tener un sueldo que le permitiera llevar una vida con algunas comodidades.

Padre de un niño de 9 años con el que no vive (el menor permanece con su mamá), pero que considera su motivación, quedó con una pensión de "un poco más de dos salarios mínimos", que, según dice, no le alcanza y lo obligó a trabajar en la fabricación de muebles modulares, por pedidos de amigos y conocidos, y a dictar talleres de seguridad y de motivación en empresas, actividades para las que es contratado de manera ocasional.

"Ahí es donde uno ve truncados sus sueños. Mis compañeros de escuela ya son sargentos primeros, con 20 años de servicio y mejores sueldos. Alguien me dijo en una ocasión: 'al que muere en combate lo ascienden y la familia queda con un mejor ingreso, pero el que resulta herido debe cargar con una ceguera o sin un miembro o con una desfiguración facial, y con una mala pensión'. Eso da tristeza, pero es la realidad", dice.

Pero también lamenta que su experiencia como ingeniero militar, paracaidista regular y airborne (paracaidista americano) y en medios -de joven trabajó en una emisora y ya como suboficial estuvo a cargo de las comunicaciones de la Séptima Brigada- no le haya servido para continuar vinculado en el Ejército.

"He ido a tocar puertas a la Brigada y a la División para que me den una oportunidad y ocupar el tiempo, pero ni regalando mi trabajo me reciben", dice Pinilla, que a través de Facebook encontró la manera de estar vinculado, así sea de forma virtual, con la institución castrense. En la página Hombres de honor suministra información sobre trámites y servicios que presta el Ejército en la región.

Guillermo Reinoso Rodríguez - EL TIEMPO