Batallón de Infantería Colombia N° 3El Ejército colombiano llegó al relevo número 100 en la fuerza de paz que se integró en 1982. Desierto. Tan solo arena, cielo, el silbido del viento y desierto. Eso es lo que ve y escucha a diario el soldado Miguel Sanabria desde su garita, en el puesto remoto de control que le asignaron en medio de la península del Sinaí (Egipto). Este curtido combatiente de mil batallas, soldado profesional de las Fuerzas Especiales y padre de tres pequeños extraña el grito inconfundible de la selva: una mezcla de murmullos de micos y loros, y el traqueteo lejano de las balas del enemigo.

Aquí, su esporádica compañía es la de un ocasional beduino con su camello. “Es un premio sacrificado”, dice mientras sonríe. Y tiene toda la razón. El ser uno de los mejores soldados de la Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra) le valió el máximo reconocimiento para un militar: hacer parte de la Fuerza Multinacional de Paz y Observadores (MFO) en el Medio Oriente. El costo-beneficio cada uno lo evalúa porque no están combatiendo, pero tienen que dejar por un año a sus familias y no es fácil adaptarse a la soledad del desierto.
EL TIEMPO viajó hasta la lejana península egipcia para conocer cuál es esa misión –poco difundida– que cumple un grupo de 360 militares.

Todos se sienten orgullosos de hacer parte de los 13 ejércitos del mundo que vigilan el cumplimiento de los tratados de paz entre Israel y Egipto. Y por estos días la alegría es mayor: se cumple el relevo número 100 de la fuerza. En el nuevo grupo viajan militares como el sargento Rodrigo García Amaya, quien se hizo famoso tras el episodio con los indígenas paeces, en Toribío (Cauca), que lo sacaron a él y a sus hombres a empellones; su rostro lavado en lágrimas le dio la vuelta al mundo, pero su humildad lo lleva hoy a representar al Ejército y a su país en el Sinaí.

“A la MFO solo van los mejores. Los que han sido heridos en combate, los que han estado en las mejores operaciones y los que para nosotros son unos héroes, pero para el país son unos soldados anónimos”, dice el general Sergio Mantilla Sanmiguel, comandante del Ejército.

El 12 de marzo de 1982 llegó el primer relevo del batallón Colombia No. 3 al Sinaí. Su creación la ordenó el entonces presidente Julio Cesar Turbay Ayala, quien respondió al llamado de la ONU para integrar una fuerza que vigilara los acuerdos de paz que habían firmado Egipto e Israel en Campo David (EE. UU.), en 1979, tras 30 años de hostilidades y cinco guerras.

Así empezó el alistamiento de militares. Como comandante fue escogido el coronel Bernardo Ramírez y entre los jóvenes subtenientes, que creían que iban a la guerra por el duro entrenamiento que les dieron, estaba Manuel Guzmán Cardozo. Hoy, 30 años después, y convertido en general de tres soles, Guzmán regresó al Sinaí como segundo comandante del Ejército. En esos días de 1982, él y sus compañeros se prepararon en la base militar de Tolemaida y empacaron maletas convencidos de que llegarían al Medio Oriente a combatir.
“Cuando entramos, en una caravana de diez camiones, no había nada. Nada. Ni siquiera alojamientos o medios de comunicación. Nuestra primera acción fue observar, a principios de abril de ese año, cómo se bajaba del asta la bandera israelí y los egipcios izaban la suya. Fue un momento histórico”, recuerda el general.

El largo camino

Desde esa fecha, los soldados de nuestro país han sido garantes de los acuerdos. Sin embargo, muy pocos colombianos conocen cómo es el día a día de estos combatientes a más de 12.000 kilómetros de su tierra.

El viaje a esta misión de paz empieza en un vuelo Bogotá - Madrid. En la capital española se toma otro vuelo hacia Tel Aviv, donde los controles de inmigración por estos días son rigurosos por la amenaza de un ataque árabe. Por lo general, los militares llegan a El Cairo y viajan ocho horas a través del desierto hasta El Gorah (Sinaí), donde queda la base Campo Norte. En este viaje, el equipo de EL TIEMPO voló en una aeronave de la fuerza de paz durante una hora, desde Tel Aviv hasta Campo Norte, bordeando el mar mediterráneo para esquivar la Franja de Gaza.

La base de la MFO se ve desde el aire como una pequeña mancha blanca, en medio de las dunas de arena. Allí hay 2000 militares de 13 ejércitos y los únicos de habla hispana son los de Colombia y Uruguay. Desde este punto se coordina la observación de una franja de 600 kilómetros a lo largo de la frontera de los dos países.

“Esta es una unidad de infantería, por lo tanto tenemos la seguridad terrestre de todo Campo Norte y ocho puntos remotos de observación (Opis), que son los más difíciles de esta misión por la distancia. El más lejano queda a 230 kilómetros de la base (10 horas en vehículo)”, señala el coronel Julio César Mejía, actual comandante del batallón Colombia.

En estos Opis hay un oficial, dos suboficiales y siete soldados. La comida les llega a través de una caravana de la fuerza cada ocho días y sus vecinos, los beduinos y sus camellos, de vez en cuando pasan cerca. También hay dos perros en cada puesto. Son caninos egipcios que deambulaban por el desierto y fueron adoptados; ahora la veterinaria de la MFO los revisa cada 15 días.

“Aquí se siente impotencia porque hay mucha comida y las familias de los beduinos pasan muchas necesidades. En relevos anteriores los soldados les dieron víveres y ellos los enterraron en el desierto, luego los consumieron y como ya estaban descompuestos, se intoxicaron. Desde ese día no les podemos ofrecer ni siquiera agua”, recuerda el soldado Martínez.

Pero los niños han aprendido una que otra palabra en español y cuando ven a los militares les gritan “amigo, ¡water!”.

La soledad del desierto

El Opi más lejano tiene a un grupo de soldados de Urabá. Son de contraguerrilla y algunos han sido heridos en combate. La imponencia del desierto los tiene deslumbrados. “Pedimos que cuando nos trajeran provisiones nos echaran pollo, algo parecido a las habichuelas y pan. Con eso preparamos arroz con pollo los fines de semana y así no extrañamos tanto la casa”, dice el soldado Silva. También tienen una buena dotación de USB con canciones del grupo Niche, algunas de Jhonny Rivera y J. Balvin. Cuando están de descanso, las notas se pierden en el océano de arena.

Desde este puesto se pueden ver a lo lejos los tres aviones que quedaron abandonados en la Guerra de los Seis Días, uno de los conflictos que enfrentó a Israel con una coalición árabe integrada por Egipto, Jordania, Irak y Siria, entre el 5 y el 10 de junio de 1967. Las aeronaves egipcias fueron derribadas por los bombarderos israelíes.

Todos los soldados que pasan por este Opi tratan de tener una fotografía de recuerdo. “Aquí todas las fotos son importantes. El solo desierto ya es mucho para nosotros que venimos de comer selva todo el año”, agrega Silva. En otro extremo están las pequeñas casas de Max y Mona, los perros de este puesto.
Pero en medio de lo complejas que pueden llegar a ser la soledad y el clima (por extremo frío o calor), hay algo que es incontrolable para los militares y les deja un gran sinsabor: las redes de trata de personas que se mueven por este inmenso yermo.

Es algo que admite el general Warren Whiting, el neozelandés comandante de la MFO. “Nuestra misión es exclusivamente de paz y no podemos hacer acciones operativas –reconoce Warren–. Sabemos que en esos camiones que atraviesan la península, debajo de esa cajas de frutas y víveres, pueden ir hasta cinco mujeres y niños escondidos”.

Las cifras del Gobierno israelí señalan que en el 2010 se incrementó en un 170 por ciento el paso de africanos migrantes hacia su país (cerca de 14.000 personas), en muchos casos mujeres engañadas por redes que les prometieron una mejor vida en Tel Aviv, pero que terminaron golpeadas, abusadas y esclavizadas sexualmente.

“Es un tema complejo pero real y frente a eso ni los colombianos ni la fuerza como tal podemos intervenir porque no es nuestra responsabilidad”, agrega Warren con impotencia. Los beduinos son los encargados de hacer el recorrido de estas personas, a lo largo de la península, en condiciones precarias. Muchos han muerto en el intento.

Vida en las garitas

De regreso a Campo Norte, tras un recorrido de un día por todos los Opis, el clima cambia nuevamente. Las tormentas de arena llegan y se van en cualquier momento. En el día la temperatura puede llegar a 45 grados. En la noche, el frío penetra los huesos y a lo lejos el desierto se alcanza a percibir como un pálido mar. Entre las 5 y las 8 de la noche los soldados pasan al comedor y luego se preparan para hacer la guardia en las garitas.

El turno es de tres horas y aunque la torre de observación está dotada de calefacción y los elementos necesarios es la misión que menos quieren los militares. “La guardia no es fácil, pero somos afortunados de realizar esta tarea porque la experiencia es inolvidable y hay que aprovecharla”, asegura el soldado José Arias, quien salió de la brigada móvil 22, en las selvas del Caquetá.

En esta tarea hay que permanecer como un búho, atento a cualquier movimiento.

Pero también hay espacio para la recreación. “La MFO siempre procura que los militares que hacen parte de la misión estén bien. Existen actividades que los mismos contingentes han propuesto”, comenta el general Mantilla. Por eso cuando los húngaros se presentaron con la iniciativa de tener clases de salsa no hubo objeción. Todos saben que los jueves hay pizza night y que cada ejército se turna la preparación. Los colombianos promovieron, desde hace varios años, la ‘marcha de la muerte’: prueba máxima de resistencia para cualquier militar. Consiste en darle tres vueltas a la malla externa de la base a 40 grados, con el equipo al hombro.

Y las historias que han pasado de contingente a contingente, como la del canibalismo de los fiyianos, no son ajenas a los chistes y la cotidianidad de la base. “Sabemos que ellos dejaron de ser caníbales hace 90 años, por eso cuando su batallón hace algún asado de integración bromeamos con que no nos falte algún soldado. Pero es una broma y ellos lo saben”, dice uno de los oficiales.

El adiós a la misión

Dentro de todas estas actividades hay una última misión que tiene el batallón Colombia No. 3 en el Sinaí, y que es de obligatorio cumplimiento: el viaje a El Cairo, Luxor y Tierra Santa.

“Este viaje tiene que servir para que los soldados conozcan las otras culturas y se encuentren con las raíces de su religión y sus creencias”, señala el comandante del batallón Colombia. Cuando los militares han cumplido la mitad de la misión viajan a El Cairo a conocer las pirámides de Giza (Keops, Kefren y Micerino). La travesía de ocho horas en bus se hace desde Campo Norte, a través de la península del Sinaí y luego por el canal del Suez. Antes de subir al vehículo, cada uno recibe una ‘mangarilla’ (refrigerio) que es necesario llevar porque en el camino no hay nada más que arena.

El único punto con población es El Arish, a 37 kilómetros. Allí se ven los tanques del Ejército egipcio, que además custodia durante todo el trayecto a la caravana de la fuerza. Desde los vehículos se ve a las mujeres cubiertas con sus burkas, que llevan de la mano a los niños mientras pastorean un rebaño de chivos.

Ya en la capital egipcia el caos les hace extrañar aún más a Colombia. “Después de ver esto, Bogotá es el paraíso”, dice un soldado que se coge la cabeza a dos manos, al ver el trancón de más de tres kilómetros. Esta congestión es habitual en El Cairo, donde los carros llegan a los 12 millones. La situación de las mujeres árabes también llama la atención y genera rechazo. Y con las occidentales no es diferente: la plaza Tahrir se ha convertido en un sitio de discriminación y atropello.

El segundo viaje, a Tierra Santa (Israel y territorio palestino), es la antesala del fin de la comisión y el regreso a Colombia. “Puedo decir que para todos esta visita es lo más importante de la misión en el Sinaí. Poder estar en el Santo Sepulcro, el sitio donde nació Jesús en Belén, o en el mar de Galilea, son experiencias y sensaciones que pocos pueden vivir”, resalta el soldado Velásquez.

De estas palabras da fe el capellán del batallón, Freddy Rodríguez. Cuando llegó a Cafarnaúm hace unas semanas, con el grupo de soldados que está por regresar a Colombia, ellos le pidieron hacer una confesión masiva. De allí salieron hacia el río Jordán a renovar sus votos bautismales y algunos a recibir el sacramento por primera vez, en el mismo lugar donde lo hizo Jesús, según el Nuevo Testamento.

La parte más emotiva de la visita es el recorrido por el monte del Calvario y el Santo Sepulcro, donde se cree que fue sepultado Jesús. Jerusalén, que alberga al judaísmo, el cristianismo y el islam, está llena de misticismo. “Es imposible no llorar”, dice el padre Rodríguez.

El trabajo en la misión de paz del Sinaí se acaba. Algunos cuentan los días para volver a ver y abrazar a sus hijos. Otros no niegan que extrañarán el desierto porque vuelven a Colombia a exponer sus piernas en una mina, a enfrentar la realidad del combate.

La frase del soldado Arias lo dice todo: “Estoy listo para volver al monte, a la móvil 22, y me voy contento. Hoy desde el Sinaí, mañana desde Peñas Coloradas, en el Caguán (Caquetá)”.

Colombia en la historia
Habla el general Sergio mantilla

¿Cuántos militares han pasado por el Sinaí?

En total 12.000 colombianos.

¿Cuál es la importancia de la presencia de Colombia?

Nos hace protagonistas de la historia de una parte importante del mundo. En los últimos 30 años Israel y Egipto han estado en paz y gracias a esta fuerza han encontrado el mecanismo para mantenerse en contacto y solucionar sus disputas.

Hubo un momento difícil al año pasado...

Sí, pero la habilidad y la madurez del comandante del batallón permitió que de la mejor forma sorteara la situación que se vivió con los beduinos (léase recuadro ‘Las horas difíciles’).

¿Usted fue comandante de las tropas en Sinaí?

Sí, en el 98 estuve al frente del batallón y en ese entonces las cosas eran más sencillas y había menos problemas en el lado de Egipto.

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