Entrenamiento de enfermeros de combatewww.fuerzasmilitares.org (13OCT2013).- En la selva, donde los sonidos de pájaros y animales salvajes crispan la noche, los soldados que persiguen a la guerrilla han aprendido a no fumar. Ese punto rojo del cigarrillo encendido en medio de la penumbra es el blanco perfecto para que los francotiradores enemigos apunten directo a él. También saben que allá adentro, en lo posible, es mejor no usar linternas y que los diálogos entre ellos deben limitarse a susurros. Han visto que en la selva hay días que parecen noches porque la espesura y la altura inalcanzable de árboles que llegan a los treinta metros impiden el paso de la luz del sol y, por eso, muchas veces es necesario extender una larga cuerda para que no la suelten nunca y así no perderse de sus compañeros. Los soldados saben muy bien qué son las minas ‘quiebrapata’ –las conocen y les temen más que a la guerrilla–, saben que están en cualquier trocha, en cualquier corregimiento, en cualquier vereda: son conscientes de que literalmente se juegan la vida paso a paso, y con detectores de metales intentan evitarlas. Incluso saben que algunas casas de los campesinos son trampas de la guerrilla convertidas en casas bomba. Tienen claro que en la selva, en las montañas, en los páramos, no siempre lo que se ve es lo que es: hasta un burro que camina solo por un camino destapado, aparentemente inofensivo, puede estallar en pedazos por llevar encima un bulto con explosivos.
Pero aunque la guerra les enseña cada día a tener más precauciones, las heridas y la muerte de soldados y civiles son inevitables en cientos de lugares tan colombianos y tan

distantes a la vez. Y justo allá, donde los noticieros registran con frecuencia que “las dificultades del terreno y las condiciones climáticas han impedido el rescate de los heridos”, donde no existen los médicos ni los hospitales, hay un enfermero militar haciendo lo posible por salvarles la vida a los caídos. 

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El sargento viceprimero Héctor Bernal tiene voz gruesa, es de estatura mediana, ancho de espalda y luce el típico corte de pelo al estilo militar: casi rapado a los lados y atrás, y un poco más poblado arriba. Tiene apenas treinta y seis años, pero uno ve en su rostro mil vidas por contar. Lleva diecisiete en el ejército, catorce de ellos como enfermero. En el cuello, debajo de la oreja derecha, tiene una cicatriz redonda, amplia, como si se tratara de un fuerte quemón. Me cuenta que son las secuelas de la leishmaniasis, esa enfermedad propia de la selva tropical causada por un temible mosquito y que puede inflamar el hígado o, como a él, dejar huellas imborrables en la piel. Puede ser mortal y no tiene vacuna: como si no tuvieran suficiente con la guerra, los soldados deben combatirla con inyecciones de Glucantime, que busca acabar con el parásito. Lo mismo ocurre con el paludismo. Además, como los terrenos por los que caminan no son propiamente autopistas alemanas, los soldados deben sobrellevar los esguinces, las fracturas, los desgarros. Y el enfermero debe estar listo para cualquier escenario. 
Bernal viste uniforme camuflado, es un soldado más que carga su propio armamento y que en caso de un enfrentamiento pelea como cualquier otro miembro del Ejército. Me señala una herida sobre su rodilla derecha, producto de un disparo hace nueve años, en Vichada, en un combate con las Farc. Sobre su pecho, al lado del corazón, hay una insignia que lo identifica como enfermero: el caduceo, símbolo de la medicina desde los griegos –una vara con dos alas y dos serpientes entrelazadas–, y encima dos fusiles de infantería. 
Sobre el bíceps derecho porta un instintivo de la Cruz Roja que, en la teoría del Derecho Internacional Humanitario, debe servir para que se respete la vida de “una misión de sanidad”. Eso es en la teoría, porque en la práctica, según Bernal, la guerrilla irrespeta todo. También tiene una navaja y un oxidado machete que guarda en un estuche que le regaló un campesino en El Ejido, Nariño, hace varios años. “Los enfermeros militares hemos salvado muchas vidas de civiles que están en zonas rurales porque somos los que tenemos acceso más rápido a las áreas alejadas y por eso mucha gente nos quiere”, me dice mientras caminamos por donde normalmente los soldados practican polígono en la Escuela de Logística del Ejército, en San Cristóbal Sur, en Bogotá.
Sin duda, la guerra lo ha rondado desde siempre. Bernal nació en Nunchía, a una hora de Yopal, la capital del Casanare. Tenía poco menos de quince años cuando oyó por primera vez de la guerrilla: las Farc asesinaron a nueve policías de su pueblo y destruyeron totalmente la estación. Esa noche tuvo que esconderse con sus papás y sus tres hermanos debajo de las camas desde las ocho de la noche hasta el amanecer. El temor de su familia los llevó a irse de ahí. Vivieron dos años en Puerto López, Meta, pero la cara de la violencia simplemente cambió de protagonista: “Nos encontramos con los paramilitares, y para mí era normal ver a diario muertos que flotaban en el río. Los pescadores llegaban a pescar y salían cuerpos”. Después viajaron a Bogotá y allí decidió ingresar al Ejército. Prestó el servicio militar, continuó como soldado profesional, para luego ascender a suboficial. En 1998 fue seleccionado para ser enfermero militar, y en esta misma Escuela de Logística se graduó después de ocho meses de entrenamiento, el tiempo necesario para certificarse. 
Cuando empezó a trabajar en el Batallón de Contraguerrilla número 26, en Urabá, la figura del enfermero era casi inexistente. Recuerda que en esos primeros cursos se graduaron doscientos sesenta y siete. Había un enfermero para cada setenta y dos soldados. Hace diez años, la cifra era uno por cada treinta y seis, y hoy, según me cuenta, hay uno por cada quince soldados. “Al principio echaba todo en una bolsa negra y eso era un revoltijo. Yo tenía insumos, pero no sabía dónde ponerlos. Mi primer botiquín real me lo compró mi papá. Pero eso ha cambiado, afortunadamente”. En su equipo, que pesa dieciséis kilos, carga soluciones salinas, catéteres, equipos de venoclisis, vendas, medicamentos, tablas de inmovilización, agujas, hilo... 
Bernal ha recorrido todo el país y no propiamente como turista: desde ese recoveco de acantilados selváticos en Urabá llamado el Cañón de la Llorona – “es el lugar donde más militares han muerto en toda la historia y tuve la experiencia de comprobar eso”– pasando por los Farallones de Cali, donde tuvieron secuestrados a los diputados del Valle y vio morir a muchos compañeros, hasta recuperar la que era la zona de distensión, en el Meta y Caquetá.
Le pregunto cómo hace para controlar los nervios cuando uno vive cercado por la muerte. Con rostro sereno me responde: “Gracias a la experiencia. Con los años uno aprende a no dejarse llevar por el desespero. Siempre que veo a un soldado herido o muerto, claro que hay un impacto, pero yo estoy entrenado para no dejarme llevar por eso. Hay que manejar las situaciones controladamente, eso se lo digo a mis alumnos”. Sus alumnos son los soldados y suboficiales que aspiran a ser enfermeros militares, y que están estudiando en la Escuela de Auxiliares de Enfermería del Hospital Militar, donde Bernal trabaja hoy en día.
Echa mano de anécdotas para darme ejemplos de lo que no debe hacer un enfermero. “Me pasó en El Retorno, Guaviare, que hirieron a dos soldados. Yo le presté asistencia a uno y el otro enfermero entró en pánico. Se bloqueó, quedó casi paralizado, y no fue capaz. Me tocó atender al primer soldado y luego al otro, pero con la presión de que los dos estaban muy graves”. Después de evacuar a un herido de San Juanito, Meta, con las vísceras colgando, llegaron a Villavicencio y la doctora que debía atenderlo se desmayó. No es fácil ver de la guerra su peor faceta y acostumbrarse a eso. Me explica que si el enfermero se descontrola, necesariamente el herido se pondrá mucho peor y que por eso también, una vez la zona esté libre de guerrilleros, hay que ubicar a los heridos muy lejos de los demás. Alguna vez en la vereda Vallesí, también en el Meta, tres soldados cayeron en un campo minado y a uno de ellos una puntilla le perforó el pulmón. La herida era profunda, Bernal ya la había taponado con una válvula, pero sus propios compañeros de pelotón se acercaron a ver, y con gestos y comentarios de que la cosa estaba grave asustaron al herido, “el soldado comenzó a temblar y casi se me muere”. Cuando hay rescates, los muertos no pueden ser acomodados cerca de los heridos. Un sobreviviente que vea los cadáveres de sus compañeros puede entrar en pánico y morir. “Yo debo mantener una conversación, debo motivarlos, decirles que todo estará bien, sin importar lo que esté viendo”. 
Si hay fuego cruzado, el enfermero –como lo ha hecho tantas veces– debe entrar arrastrándose por el suelo, ubicarse sobre el herido de tal manera que este lo pueda abrazar por el cuello y rodearlo con las piernas sobre su cintura para también salir arrastrándose de ahí. “Antes los enfermeros entraban y se echaban el herido al hombro, trataban de salir caminando, y eso era darle ‘silueta’ a la guerrilla”. 
Le pregunto si entre tanta satisfacción que produce salvar vidas recuerda alguna en especial. Se queda pensando y me responde que en un amanecer en Puerto Toledo, Meta, estaba con un pelotón haciendo una patrulla cuando, hacia las cinco de la mañana, decidieron detenerse a desayunar. “Hicimos un Chocolisto en polvo, con leche, cuando mi ‘cuñado’, así le decía a mi ‘lanza’, que era del Huila, se sentó a revisar su equipo –yo estaba a unos diez metros– y de pronto sentí el estruendo de una explosión. Era una mina que se activó por delirio de tensión”. Delirio de tensión, también me explica, son las minas que explotan cuando alguien toca una cuerda invisible. El sargento Bernal cayó aturdido y apenas vio una humareda justo donde estaba su compañero. “Yo no veía a Guzmán y cuando me repuse y fui por el botiquín, él estaba cubierto de sangre, con más de doscientas heridas en todo el cuerpo producto de las esquirlas. Estaba inconciente, tenía perforado el pulmón, logré estabilizarlo, lo sacamos en un helicóptero y se salvó. Afortunadamente no cayó mutilado”.
Quiero saber si ha llorado en su trabajo y la duda lo sorprende. Su semblante cambia un poco, piensa por unos segundos, y después de suspirar como si fuera un gesto de resignación, me responde que cuando ha visto morir civiles, especialmente niños. “Eso da rabia, frustración, dolor. No hay nada más duro que la sensación de impotencia”.

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En el Ejército hay una frase que se repite mucho: “El entrenamiento debe ser tan duro, que la guerra debe parecer un descanso”. Eso mismo veo en la Escuela de Logística con los setenta y seis suboficiales y soldados que aspiran a convertirse en enfermeros bajo la instrucción del sargento Bernal. Son un poco más de las nueve de la mañana y todo está listo para un simulacro de rescate en un campo minado. Un grupo de ellos se transforma en actores: con sus vestidos camuflados se confunden en la espesa vegetación de la montaña, se tumban sobre las trochas, se cubren de ramas y de hojas que dejan los árboles altos que apenas dejan entrar tímidamente la luz del sol, se riegan fresco royal de mora sobre el cuerpo, como si se tratara de sangre, y uno de ellos finge una mutilación: un par huesos de cerdo –parecidos a los huesos humanos–, a la altura de sus rodillas, asemejan la imagen de un par de extremidades pulverizadas. Empiezan los gritos de auxilio y un grupo de soldados debe venir a rescatarlos, mientras el sargento Bernal los califica.
Le pregunto si eso que vemos ahí se parece a la guerra de verdad. Me dice que sí, aunque en la realidad no hay gritos exagerados porque la guerrilla puede ubicarlos fácilmente y llegar a rematarlos a tiros como tantas veces ha pasado. Mientras los enfermeros se reparten el terreno de unos doscientos metros a la redonda, el sargento Bernal me va comentando el ejercicio. Los alumnos aciertan al ponerles a los heridos, que no paran de quejarse, una tarjeta adhesiva en su pecho que indica la prioridad de su estado: la roja es la de mayor urgencia; la amarilla es para los heridos que pueden resistir un poco más y que, incluso, pueden caminar por sus propios medios; la verde es para los menos afectados, los que están aturdidos por el estruendo de la explosión y que sufrieron heridas leves. La última, la negra, se pone en el pecho de los muertos. Los tres cadáveres identificados serán los últimos en ser evacuados.
Un supuesto helicóptero viene en camino con espacio para sacar del área a tres heridos, y la única forma de llevar a los pacientes prioritarios a la zona abierta, libre de árboles para que la aeronave pueda aterrizar, es con camillas que no existen. Para un enfermero de guerra un bosque son camillas disfrazadas de árboles. Después de ubicar troncos delgados pero también muy resistentes, los soldados enfermeros cortan con sus machetes, a toda velocidad, los palos con los que armarán la camilla. Todos lucen como unos verdaderos MacGyvers: inmovilizan piernas, detienen las falsas hemorragias con torniquetes hechos con palos, ramas, con cualquier elemento que la naturaleza les dé. Ponen inyecciones de verdad, suero al que lo necesita, y no paran de darles ánimo a los heridos: “¡Todo está bien, soldado, de aquí lo vamos a sacar, su familia lo está esperando, no se rinda!”. La escena va terminando mientras que el sargento Bernal toma nota de un error tras haber sido evacuada el área: una de las jeringas queda refundida entre hojas de árboles, justo donde estaba el cuerpo de un herido. Me dice que esas jeringas, si las encuentra la guerrilla, son usadas “para activar artefactos explosivos”: el soldado la pisa y la mina estalla. Los heridos han sido evacuados y todos miran a Bernal para saber si las cosas se hicieron bien. Si, de verdad, han logrado salvar vidas.

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Cinco días después del simulacro, el sargento Bernal me recibe en su oficina en el Hospital Militar. Su traslado aquí ha sido una especie de premio para él después de catorce años en zonas de orden público, en ciclos aproximados de seis meses en el monte por veinte días de descanso. Es separado y tiene una hija de diez, a quien también le apasiona el tema de la enfermería. Bernal trabaja en un espacio pequeño que comparte con tres personas más. En su computador tiene archivados varios estudios sobre enfermería militar, fotos y videos de rescates reales en los que él ha estado. Me hace énfasis en que ellos no solo atienden a sus compañeros, sino también a guerrilleros heridos y a civiles, donde no hay médicos y en situación de emergencias naturales. Gracias a su experiencia, por ejemplo, estuvo en misión de rescate en Haití después del terremoto de 2010. Me muestra también fotografías de un caso en el Nudo de Paramillo, donde en un improvisado puesto de salud –una choza, por lo que veo en la imagen– atendió a decenas de civiles víctimas del paludismo. 
Pero especialmente me quiere enseñar una investigación detallada que viene haciendo desde hace varios años, sobre el peor enemigo que está enfrentando el Ejército: las minas ‘quiebrapata’. Como enfermero ha atendido decenas de casos por culpa de este flagelo y en el hospital lo sigue viviendo porque allí llegan todas las víctimas a recuperarse. Me enseña las múltiples presentaciones de estos artefactos. Un desmovilizado de las Farc del frente 29, experto en explosivos, le contó que las minas para ellos son “el mejor soldado porque no tiene sueldo, ni pensión, es el más efectivo y solo vale dos mil pesos”. En enero y febrero de este año hubo cincuenta y ocho víctimas, entre soldados y civiles. Bernal me explica que la mayoría de las minas no están diseñadas para matar sino para amputar. El soldado que ve caer a su compañero, inmediatamente piensa que sigue él, que no vale la pena estar ahí. La guerrilla busca desmoralizar así al Ejército. Es un arma que cada día viene embadurnada de más crueldad: estiércol, puntillas, clavos, cal, orines, todo lo que genere infecciones.
Desde 1990 hasta ahora, el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia ha reportado 9704 casos. Bernal me dice que los peores años fueron 2005 y 2006 con 1181 y 1230 caídos en minas, respectivamente. Me explica que fueron los primeros años del gobierno de Uribe y ante la orden de llegar a zonas donde no se había entrado, la guerrilla recurrió a multiplicar el uso de las minas para frenar a las tropas. Pero no solo militares han sido los damnificados ni los propios guerrilleros que manipulan los explosivos: el 38 % son civiles. 
Veo fotos en las que las víctimas lucen irreconocibles. Apenas se ve en el cuello de los soldados una cadena a la que va unida una pequeña placa con el nombre, la cédula y el tipo de sangre. Bernal me dice que si sobrevivió, el RH es clave para el enfermero; si no, a veces sirve para identificar al cadáver. Ingenuamente pensé antes de ver las imágenes que podría publicarlas en esta crónica, pero son crudas en extremo. Quito la mirada del computador y él se limita a decirme que me las enseña para que entienda un poco más de lo que me habla. Pensé también que era exagerado el simulacro cuando uno de los heridos exhibía sus supuestos intestinos por fuera del estómago. Ahora sé que no hay exageración en nada. En su computador hay carpetas y más carpetas de registros que dan fe de su experiencia. Me muestra fotos de compañeros suyos que murieron en combate, de la alegría que le produjo salvar a este o a aquel que me señala con el dedo; de la tristeza que le produjo el secuestro de Zeus, la perra antiexplosivos, que las Farc le arrebató al Ejército en el Meta; de otro ‘lanza’ que perdió un ojo en una mina; de un contraguerrillero que pensó que había muerto, pero que se encontró hace poco y que sigue vivo. Se emociona con cada imagen nueva que aparece, y con orgullo me cuenta la historia de los rescates que va ligada a cada una. 
Y cuando me doy cuenta de que en segundos estaré de vuelta a mi vida, tan ajena a la guerra que me ha mostrado, de repente me siento en una profunda deuda con él, como si hubiera hecho algo por mí. Pienso en una cita del escritor John Donne que sirve de epígrafe a Hemingway: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Sin saber cómo explicárselo, torpemente me limito a decirle una cosa: muchas gracias.

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