María Rubiela Linares pide esclarecer los hechos en los que murió su hijo, el dragoneante Miller Ramírez. / Cristian Garativo-El Espectadorwww.fuerzasmilitares.org (13ENE2015).- El último lugar en el que María Rubiela Linares vio a su hijo vivo fue en un cementerio. El dragoneante Miller Javier Ramírez, quien había viajado desde el Fuerte Militar Tolemaida hasta Bogotá, para estar en diciembre con su familia, la acompañó a visitar la tumba de su esposo, muerto en mayo. Ramírez llevó consigo a su hija de 16 meses, y la alzó para que pusiera una rosa sobre la lápida, tras lo cual se despidió y partió hacia su casa, ubicada en el barrio Tabora. Algunos días después, María Rubiela volvió a ver a su hijo, ya muerto, en la capilla del Cantón Norte. Estaba allí, consternada, luego de que el Ejército le informara a Emilsen Ramírez, la esposa del dragoneante, que aquél había muerto ahogado en una piscina durante una prueba de supervivencia de combate en el agua.

Alexánder Rubiano, otro de los hijos de María Rubiela, recuerda con los ojos húmedos que la mañana del 5 de enero una coronel llegó a la casa de su madre para preguntar si alguien podía viajar a Tolemaida a reclamar el cuerpo de Ramírez, de 24 años, quien había fallecido hacía pocas horas. Entonces Alexánder partió rumbo al fuerte para traer los despojos mortales. Al llegar, le informaron que una camioneta ya iba en camino hacia la funeraria Monte Sacro, en el barrio Teusaquillo. Se devolvió y pidió ver el cuerpo, pero sólo pudo revisar la cara y creyó percibir que “le faltaba un ojo, porque tenía un párpado hundido y arrugado”, aunque no lo puede confirmar, “porque no me dejaron tocarlo”. Al día siguiente, al abrir el ataúd, revisó que “tuviera las manos”, que no le faltara nada.

El 7 de enero, en el cementerio Jardines de Paz, la familia enterró a Ramírez, que llevaba 22 meses estudiando en la Escuela de Suboficiales Sargento Inocencio Chincá con el fin de obtener el grado de cabo tercero. Su interés por la carrera militar estaba amarrada a un deseo profundo de “tener un mejor futuro”, como se lo repetía una y otra vez a su esposa. Nacido en una familia humilde de Bogotá y graduado de un colegio de La Aurora (Tolima), se presentó voluntariamente para prestar servicio militar en el Batallón Guardia Presidencial y en marzo de 2013 ingresó a la Escuela. En su calidad de alumno se destacó como profesor de inglés y taekwondista, y era sabido por su familia que llevaba una cuenta regresiva que llegaría a cero el día de la ceremonia de ascenso.

De entre sus cinco hermanos, su madre y su esposa, nadie entiende cómo el dragoneante, que era deportista y tenía un estado de salud óptimo, se sumió en un ataque de pánico y se ahogó en una piscina de Tolemaida, como reza la versión oficial. En los casi dos años que llevaba entrenándose, y según el pénsum de la tecnología en Ascenso y Gestión Militar, de la que se gradúan los cabos, había aprobado materias de fundamentación táctica, técnicas de escuadra, combate irregular y entrenamiento físico. Además, había presentado pruebas básicas de natación, en las que obtuvo buenas calificaciones. Por eso, la opinión de la familia es unánime: el instructor le exigió más de lo que él podía dar y la atención médica no llegó a tiempo.

Lamentándose por las “especulaciones” que gravitan alrededor de la muerte de Ramírez, el coronel Wilson Camargo, director de la Escuela, responde que la Inspección General del Ejército “ha logrado evidenciar que no hubo maltrato ni violación de los protocolos de seguridad”. Explica que ese 5 de enero el ambiente general de la piscina había sido cuidadosamente preparado y que los alumnos tenían a su disposición tubos de rescate, ambulancia, camilla, botiquín y enfermero certificado. Cuenta que durante la prueba, cuando el instructor principal se percató de que Ramírez se ahogaba, le lanzó un tubo, pero que el dragoneante “ya estaba en situación de emergencia”, por lo que fue incapaz de responder. Entonces el instructor, que es nadador experto, lo sacó de la piscina.

Según el coronel, “hubo complicaciones, signos vitales y pulso débil”, por lo que “el alumno fue transportado al hospital de Tolemaida, donde se le practicó la reanimación con medios técnicos y se confirmó el fallecimiento”. Después se dispusieron los procedimientos de necropsia y de entrega a la funeraria, que el alto oficial asegura se efectuaron “acorde con la ley”. Sin embargo, es justamente en la reconstrucción de esos minutos en lo que se concentra la investigación, tal como lo reconoce el coronel. Las preguntas radican en si los primeros auxilios se prestaron con la velocidad requerida y en el corto tiempo que transcurrió entre la muerte y el traslado a la funeraria, lo que ha sido cuestionado por la familia por considerar que en ese lapso era imposible adelantar los procedimientos.

Respecto a las aptitudes físicas de Ramírez, el coronel atestigua que “no era experto nadador y tenía limitaciones al nadar. Había sido bien evaluado en sus estilos libres, los exámenes a la fecha no arrojaban ninguna contradicción médica y su actitud psicofísica estaba normal, pero la sintomatología de las personas varía completamente y uno nunca sabe cuándo puedan tener una complicación”. Pese a ello, es resuelto en señalar que “si tenemos que responder como institución, respondemos. Le estamos dando la cara a la familia con honor militar”. Pide, además, “que nadie se involucre, constriña o manifieste nada respecto al tema hasta que la investigación arroje los resultados que correspondan”.

Emilsen, de 25 años, pálida y confusa, sigue aterrada por la noticia. Con la mirada caída dice que el Ejército dejó a su hija sin papá, que no tiene un solo documento en el que se informe algo respecto a la muerte de su esposo y que lamenta profundamente que no hayan querido otorgarle un ascenso póstumo ni enterrarlo con las jinetas que les imponen a los nuevos cabos terceros. Alexánder, por su parte, estudia vías legales para saber qué paso con su hermano y dice que es consciente de que el pulso es duro, porque se está “enfrentando a un gigante”. Los militares insisten en que son “solidarios con la familia” y en que la “apoyan en todos los aspectos”. La Inspección General del Ejército tiene la tarea de determinar qué pasó durante esa prueba, en la que Ramírez se entrenaba para salvar su vida durante una operación de combate en el agua.

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