Hombría como arma de guerra. Imagen de archivo
Hombría como arma de guerra. Imagen de archivo

www.fuerzasmilitares.org (19ABRIL2015).- El estudio Patriarcado, masculinidades hegemónicas y violencias, realizado por la Casa Museo de la Memoria (Medellín) y la Universidad de Antioquia, se concentró en entender de qué forma el ambiente, la sociedad y la familia son factores fundamentales en la construcción de la masculinidad, así como en enfatizar la importancia de incluir la perspectiva de género masculino en los proyectos de transición de la guerra a la paz, pensando en un posible escenario de posconflicto. El informe considera que “la masculinidad que se construye en los contextos de guerra ha sido un tema ausente en anteriores procesos de desarme, desmovilización y reintegración (DDR) en el país, los cuales se han centrado en el trabajo con las mujeres”. Su primera etapa contó con una muestra de 125 hombres y 36 mujeres.

“Cuando salí apto para el Ejército, lo que recuerdo es que mis tías, mis tíos y mi mamá decían: váyase que allá se va a volver hombre, allá sí se va a volver varón”. “Cuando tenía cinco años, tenía el pelo hasta por aquí (señala el cuello), y recuerdo que a veces me saludaban, incluso, diciendo: ¡ay, tan linda la niña! Y yo: ¡¿cuál niña, home, cuál niña?¡ La siguiente imagen es en un pupitre, iniciando primerito, motilado, con la camisita del colegio, y la foto del niño castrado, que le quitaron el pelo, porque ya me figuró ser el hombrecito”. “Cuando a uno le hablan de la guerra y uno es un peladito de 15 o 18 años, uno piensa que es una realidad que lo rebasa, que uno ahí no puede hacer nada, que la única opción es aguantarse y chuparse el varillazo”. “Yo me crié en unas condiciones muy distintas, yo me crié en un barrio estrato 5, que uno asocia con otro tipo de condiciones de vida. Pero yo recuerdo que allí había pillos, había combos, había uno de jaladores de carros en la Nubia, que era cerca de la casa, y que a los pillos del barrio uno los reconocía, y nos contábamos las proezas de ellos, había una admiración total, esos personajes eran para nosotros como héroes. Después ya yo con otras cosas lo revalué”.

Estos son algunos de los testimonios que recopiló el museo durante la investigación y que ejemplifican la forma como los hombres son impulsados desde niños a mostrarse fuertes, lo cual les niega la posibilidad de decidir si quieren o no ser parte de la guerra. La tesis del estudio sostiene que el concepto social de hombría, más que las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, tiene un efecto directo sobre la relación de la violencia con el género.

Ser macho es una tarea a la que están obligados los hombres. Y, según el informe, es un concepto que se ha acentuado por razón de la persistencia del conflicto armado en Colombia. El estereotipo permanece en las dos orillas, tanto en los combatientes como en las víctimas. Los primeros, por ejemplo, han llegado a los grupos armados tanto legales como ilegales presionados principalmente por razones económicas. Los hombres han sido tradicionalmente los proveedores de las familias, por tanto, el desempleo y la falta de reconocimiento social los obligan a convertirse en sujetos activos dentro del conflicto. No poder satisfacer las necesidades de la familia los sitúa en una posición débil que culturalmente se entiende como femenina.

Otras razones encontradas en el estudio y manifestadas principalmente por desmovilizados de grupos paramilitares es que unirse a las Auc les permitió salir con las mujeres más bonitas, vestirse bien, tener un arma y, por tanto, tener poder.

Al otro lado están los hombres que siendo víctimas enfrentan la presión de conservar su papel de machos bajo circunstancias adversas. El desplazamiento forzado, por ejemplo, implica un cambio de roles en las familias. Los hombres que provienen de áreas rurales no se adaptan tan fácilmente a lo que les ofrece la ciudad como medio de supervivencia. “Para las mujeres es más fácil acomodarse a labores que puedan realizar desde la economía del cuidado y ser empleadas, así sea de modo informal, en dicho marco. A los hombres, y particularmente los que provienen del campo, no se les ha entrenado en dicho marco cuidador y menos aún en soltar la rienda del poder en los diferentes terrenos de la vida familiar y de pareja”.

Otro tema fundamental es la violencia sexual usada contra los hombres como arma de guerra. La Unidad Nacional de Víctimas tiene en su registro que más de 800 hombres han sido víctimas de violencia sexual. Sin embargo es posible que esta cifra esté muy por debajo de los casos reales, pues las denuncias de ese delito son mínimas en los casos en que las víctimas son hombres. Al respecto, el informe explica que los hombres “son puestos en el lugar de trofeo de guerra en tanto posibilidad de anulación o vulneración de la masculinidad del enemigo”, y agrega que “muchos hombres en situaciones de guerra son castrados, mutilados sexualmente, obligados a incesto y a esclavitud sexual”.

Patriarcado, masculinidades hegemónicas y violencias concluye haciendo énfasis en que es tarea de los proyectos de desarme desmilitarizar el concepto de hombría, en particular cuando los hombres no tienen la oportunidad de conocer otros “símbolos civiles que les representen prestigio, como pueden ser la educación, un trabajo o una vivienda decente”. Un primer paso sobre la decisión de participar o no en la guerra es el apoyo jurídico que está recibiendo la objeción de conciencia. Sin embargo, el panorama es oscuro, pues el conflicto armado sigue vigente.

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