Para cumplir su labor de desminador, el soldado profesional Jaime Martínez carga herramientas de jardinería en su morral de campaña. Algunos de los elementos son tijeras de tres tamaños diferentes, una brocha y una varita de bambú.

Los emplea para enfrentar los artefactos explosivos improvisados que “siembra” la guerrilla en algunas zonas del país y que han cobrado, de acuerdo con cifras del Gobierno, 9.665 víctimas desde 1990 hasta marzo de 2012.

Pero de labores de jardinería solo conoce las que aprendió en su pueblo, Mambita, Cundinamarca, donde nació hace 32 años, de los cuales lleva cinco en el batallón de Desminado Humanitario número 60 ‘Coronel Gabino Gutiérrez’. Se entrenó en la base militar de Tolemaida, Tolima, allí aprendió que en su oficio un error es un lujo mortal.

La primera mina que encontró es algo que, dice, no se puede olvidar. Estaba en San Francisco, Antioquia, cuando escuchó el pitido que ningún desminador quiere sentir: el del detector de metales. Un aparato de unos cinco kilos de peso que tiene una especie de plato que va pegado al piso que se debe mover despacio para detectar las minas.

Tras la señal, lo primero que se hace es una revisión visual. Luego con una vara, de unos 45 centímetros, se inspecciona para verificar que no haya cables o alambres. Según explica Martínez, algunos artefactos tienen como mecanismo de detonación estos elementos que son conectados al explosivo. Esos cables, no son puestos a una altura superior a los 50 centímetros.

Todo debe hacerse con la más absoluta cautela, precaución y buen pulso. En caso de que se haga ese control de una manera tosca y fuerte, el soldado será historia.

Entrenando mente y cuerpo

Actualmente, el ‘Gabino Gutiérrez’ tiene unidades militares en seis municipios ubicados en Antioquia, Santander, Bolívar y Caldas, pero en el segundo semestre de 2012 hay el compromiso de que se trabaje en dos poblaciones más: Granada (Antioquia) y Zambrano (Bolívar).

El coronel Carlos Iván Cadena, comandante de ese batallón, dice que en Colombia se realizan dos tipos de desminado: el militar, que realizan grupos especializados para garantizar el paso de las tropas. El otro es el humanitario.

“Con este último, lo que se pretende es llegar a un área peligrosa y desactivar la amenaza centímetro a centímetro a través de cada uno de nuestros hombres”, explica Cadena al tiempo que agrega que ejemplo de ello es la población de San Carlos, donde luego de tres años de trabajo se limpió todo el municipio de minas. En total, fueron cerca de un millón de metros cuadrados donde se hizo el barrido y se desactivaron las minas.

Cadena insiste que para hacer este trabajo es fundamental el entrenamiento de los hombres en todos los aspectos.

Tanto física como psicológicamente son seleccionados los uniformados que hace parte de esta unidad militar adscrita a la brigada especial de ingenieros del Ejército.

“Los cursos que se hacen duran cerca de dos meses. La capacitación es técnica, táctica y profesional para realizar las labores de desminado”, precisa el coronel Cadena.

El oficial agrega que gracias a su experiencia conoce los diferentes tipos de minas que instala la guerrilla. Varían de acuerdo a la región. Hay unos que emplean botellas de vidrio, otros envases plásticos o una especie de jeringas con poca cantidad de metal, con el fin de evitar de que el detector los encuentre.

Una de las más recientes prácticas son envases plásticos pequeños de café los cuales rellenan de metralla y otro tipo de elemento que, mezclado con pólvora, son una combinación que si no causa la muerte deja secuelas para el resto de la vida como le ha ocurrido a las 7.614 personas que pisaron un artefacto, quedaron vivos y sufrieron mutilaciones.

Con Dios y la Virgen

De allí que Martínez tenga conciencia de lo que enfrenta. Es un enemigo más. Un adversario ‘pequeño’ pero poderoso. Cero nervios, concentración al máximo. Es solo él y la mina. No sabe dónde está. Por eso saca sus tijeras de jardinero y empieza a podar. Sí, a podar. Mientras más despejado el terreno, mejor visibilidad tiene.

Unas hojas por acá. Maleza por allá. El pasto alto. Cuando las plantas son demasiado gruesas, las tijeras grandes son las apropiadas. Luego a limpiar con un rastrillo mediano. Suave, despacio. Martínez no sabe lo que hay debajo de la tierra. Ni de qué tamaño. Solo sabe que está ahí y si explota, acaba con su vida.

“Me encomiendo a Dios y a la Santísima Virgen para que lo protejan a uno, porque el primer error que uno cometa, si uno queda vivo, queda con secuelas”, dice. Por eso la labor también es de paciencia. De allí que trabajan en terreno una hora y descansen otra. El agotamiento también lleva a los errores y equivocaciones es lo que menos se quiere en este trabajo.

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