El Ejército de Colombia tiene más de 240.000 hombres y es uno de los más grandes del continente
El Ejército de Colombia tiene más de 240.000 hombres y es uno de los más grandes del continente

www.fuerzasmilitares.org (23ABR2016).- El sargento segundo Michel Lotero aún tiene pesadillas. Uno de los recuerdos que más lo atormenta es el de una pequeña niña de 5 años de edad. Era el enfermero de combate de la Brigada Móvil n.º 4 que acababa de llegar a uno de los municipios donde las Farc tuvieron una presencia histórica: Uribe, Meta.

El pueblo no tenía médico y la menor convulsionaba sin control mientras ardía de fiebre. Sin otra opción, los padres se acercaron en busca de ayuda al improvisado campamento de los militares. Lotero la atendió.

Le prestó los primeros auxilios y les dijo a sus superiores y a la familia de la niña que había que trasladarla de urgencia a un hospital. Rodeados por la guerrilla, las vías terrestres estaban bloqueadas. La única alternativa era sacarla en una aeronave que aterrizara en la pequeña pista de tierra del pueblo. El clima y la guerra solo permitieron que una avioneta aterrizara dos días después. Durante ese tiempo el sargento la mantuvo con vida. En los 20 minutos que duró el vuelo hasta Villavicencio la niña murió en los brazos de Lotelo.

Otro fantasma también lo trasnocha. Poco tiempo después de esa experiencia, el sargento fue trasladado a una unidad de combate en Arauca. En Puerto Jordán, cerca del municipio de Tame, iba en la parte posterior de una escuadra que patrullaba la llanura. De un momento a otro sintió una explosión. Voló dos metros por los aires. Habían caído en un campo minado. Al reincorporarse se dio cuenta de que diez de sus compañeros estaban gravemente heridos y varios de ellos mutilados. Sacó de su morral el botiquín y empezó a atender a los que más pudo. Hoy, 12 años después, los gritos y las lágrimas de dolor de sus hermanos de armas aún lo despiertan algunas noches. No es el único a quien el paso del tiempo no le ha borrado las cicatrices que lleva en el cuerpo y en el alma.

Con 16 años en la milicia, Jimmy Muñoz es uno de los más veteranos y curtidos soldados profesionales del Ejército. No recuerda cuántos combates ha sostenido ni en cuántas operaciones ha participado desde que cumplió su sueño de niño de ser militar. Pero no olvida aquella misión en la mañana de un jueves de enero de 2001. Su unidad de la Tercera Brigada recibió la orden de ir hasta el corregimiento de Barragán, Valle del Cauca. Les informaron que la guerrilla había sembrado minas cerca a la escuela del poblado. Junto a sus compañeros se movió con cuidado hasta llegar al lugar. Sin embargo, a pocos metros del sitio señalado, una detonación sacudió la tierra. Afirma que sintió miedo. Y que ese temor se mezcló con un dolor más grande que el físico, producto de la onda explosiva y las esquirlas que lo alcanzaron. Cuatro de sus mejores amigos quedaron destrozados. “Fue muy triste verlos ahí tirados, regados por todo lado. Fue una sensación extraña porque terminamos la misión y cuando quitamos las diez minas cerquita al colegio la gente estaba muy feliz, nos aplaudían y nos daban las gracias. Se dieron cuenta del sacrificio y eso nos dio algo de consuelo”, recuerda.

El sargento Lotero y el soldado Muñoz hablan con dificultad de estos y otros muchos horrores que han vivido y visto en la guerra. No son los primeros ni los únicos. Pero ellos, al igual que cientos de militares, esperan ser los últimos que deban asistir a los entierros de sus amigos y compañeros por cuenta de un conflicto que lleva medio siglo. Aunque no entienden ni les interesa la política, saben que el proceso de paz entre el gobierno y las Farc en La Habana inevitablemente cambiará sus vidas como militares. Ellos y el Ejército se han venido preparando para esa realidad.

La guerra y la paz

Loreto y Muñoz hoy están adscritos a los batallones de Atención a Desastres y Desminado, respectivamente. Se están reentrenando en el sitio que mejor permite medir el pulso de lo que está ocurriendo en el Ejército: el Fuerte Militar de Tolemaida. Ese lugar es el corazón mismo de esa fuerza. Con más de 10.000 hectáreas es la guarnición militar más grande del país, y una de las mayores de América Latina.

Más de 20.000 almas viven en ese lugar, que es la sede de las principales unidades de combate, entrenamiento y reentrenamiento de los militares. Todo lo que sucede en el Ejército pasa por Tolemaida. Las escuelas de Lanceros, Asalto Aéreo, Soldados Profesionales, así como las brigadas de Fuerzas Especiales, Fuerza de Despliegue Rápido, y otras entre 15 unidades, tienen su sede allí.

Oficiales, suboficiales y soldados no solo reciben formación en ese fuerte, sino que, además, desde allí se planean las operaciones militares que se ponen en marcha en todos los rincones de Colombia. Para los militares es un lugar que representa el honor y gloria. Allí se gestó Jaque, la operación que permitió liberar a Íngrid Betancourt, tres contratistas norteamericanos y varios militares secuestrados. En ese lugar también se encuentran muchos de los hombres que participaron en operaciones como Sodoma, que terminó con la muerte del Mono Jojoy, comandante del temido bloque Oriental de las Farc, y Odiseo, que acabó con la vida de Alfonso Cano, jefe de ese grupo subversivo.

Antes del amanecer en ese fuerte, casi tan grande como El Salvador, comienza una rutina que no cambia en toda la semana. Una docena de paracaidistas, con equipos que pesan 30 kilos, tercian sus fusiles y 15 minutos después se arrojan desde un helicóptero ruso MI-17 a más de 1.000 metros de altura en una práctica de asalto aéreo. “El ritmo no ha cambiado. Entrenamos desde la mañana hasta la noche”, afirma el sargento Rafael Tangarife, quien estuvo en los grupos de paracaidistas que formaron parte de los anillos externos en la Operación Jaque.

A varios kilómetros de allí, en uno de los campos de entrenamiento, 22 soldados llegados de todos los rincones del país disparan sofisticados fusiles de última generación a blancos ubicados a 800 metros de distancia. Los dirige un experimentado oficial. “Llevo 20 años en el Ejército. Me gradué en 2000 como subteniente. Estuve en la operación Berlín en la V Brigada y en la Fudra (Fuerza de Despliegue Rápido) tras la zona de distensión de El Caguán. Nosotros obligamos a las Farc a sentarse en la Mesa en La Habana”, dice con orgullo el mayor Yener Uribe, comandante de la Escuela de Tiro de Alta Precisión del Ejército.

A más de media hora en carro desde ese sitio, seis lanceros atados por una cuerda se arrojan por un acantilado de más de 100 metros hasta el fondo de un espeso cañón que deben atravesar en menos de media hora, como parte de su entrenamiento.

No menos intensa es la actividad que ocurre 20 kilómetros más adelante. Allí se encuentra el teniente coronel Willington Benítez, comandante del batallón de desminado humanitario. Está al frente de un grupo de 20 soldados que, a 30 grados de temperatura, atienden con cuidado las indicaciones del oficial en un campo de práctica de explosivos. “Acá el primer error es el último”, afirma Benítez al explicar la delicada labor que cumplen los hombres bajo su mando. “Mi generación nació en el conflicto. Como militares no vamos a descansar hasta conseguir la paz. Yo comando un batallón de héroes”. Al terminar la frase se le corta la voz. No duda en afirmar que la experiencia más dura que ha vivido en su carrera como oficial fue la muerte del soldado Wilson Martínez.

El 15 de julio del año pasado, cuando Benítez y sus hombres trabajaban junto a varios integrantes de las Farc en el marco del piloto de desminado en la vereda El Orejón, cerca de Briceño, Antioquia, el soldado accidentalmente pisó una mina. La detonación le arrancó la pierna derecha desde la cintura, y los esfuerzos por salvarlo fueron infructuosos. “Eso ha sido lo más duro. Para un comandante, un soldado, un subalterno es su hijo. Me va a doler toda la vida. Era un padre, un esposo, un hijo”, dice el teniente coronel quien no duda en afirmar que el mayor aliciente de su trabajo y el de sus hombres es evitar más víctimas como Martínez.

La larga pista de aterrizaje refleja la intensidad con la que viven los militares en un país en guerra. Desde el alba hasta bien entrada la noche despegan y aterrizan aviones de todo tipo, que traen soldados desde el campo de batalla y embarcan contingentes enteros a las zonas de operaciones. Todo hace pensar que los diálogos de paz y la inminencia de la firma de un acuerdo con las Farc es un tema ajeno para militares que han vivido toda su vida en la guerra. Pero no es así.

Vientos de cambio

“Hemos ganado la guerra. Demostramos que nuestros hombres, nuestros soldados son los mejores y los mejor entrenados que existen”, afirma el sargento primero Heriberto Villamizar, suboficial de operaciones, quien lleva 19 años en el Ejército. Se enlistó para seguir los pasos de su padre, que sirvió en la guerra de Corea en 1953.

Esa sensación de victoria es generalizada. Desde el más humilde de los soldados hasta el más galardonado de los generales piensan que ver sentados en la mesa de diálogo a los jefes de la guerrilla más antigua del mundo es la consecuencia de su esfuerzo. Esa mentalidad ha ido ganando cada vez más espacio y ha sido clave para derrotar una serie de temores que existían cuando arrancaron los diálogos de paz hace tres años.

Después de victoria, la palabra que más repiten hoy los militares es posacuerdo, a diferencia de analistas, periodistas o funcionarios del propio gobierno, que hablan de posconflicto. No se trata de un simple asunto de semántica. Para ellos es un tema de fondo que engloba en gran medida el futuro del Ejército, sin las Farc como enemigo. “El posacuerdo es la firma de la paz entre el gobierno y las Farc. Pero eso no implica el fin del conflicto, ya que agentes de-sestabilizadores diferentes a las Farc son una amenaza a la seguridad de los colombianos, como el ELN, las bacrim o la minería ilegal. Para combatir esos escenarios hay que seguir entrenándonos y preparándonos”, afirma el sargento mayor Jesús Mora, orgánico de la Escuela de Suboficiales con 28 años en el Ejército.

Durante 50 años, las Farc fueron el enemigo natural más fuerte a combatir por parte del Ejército y la razón de un crecimiento constante de esa fuerza hasta alcanzar los 240.000 hombres actuales. Si bien, como afirma el sargento Mora, hay otras amenazas, desde 2012 el Ejército, en cabeza de su actual comandante, el general Alberto Mejía, empezó a planear un escenario sin esa guerrilla como amenaza, en lo que denominan el Ejército del futuro. Se trata de uno de los planes más ambiciosos y de más profundas reformas en casi 200 años de existencia de esa institución.

“Se van a presentar cambios en la organización. Por ejemplo, una brigada móvil podrá convertirse en una brigada combinada, un batallón de contraguerrilla podrá ser un batallón de operaciones especiales urbanas. Habrá un proceso de reingeniería, que ya está en marcha para atender nuevas realidades, pero nadie pierde su trabajo”, explica Mejía. “La capacidad de combate del Ejército sigue intacta, el 95 por ciento se dedica a combatir. Pero hay nuevos portafolios de desarrollo social y económico para garantizar el progreso del país, estos son muy importantes y solo nosotros podemos llegar a esas áreas alejadas para implementarlos”, afirma el alto oficial .

Mejía y sus hombres denominan esos cambios como el Ejército multimisión. Ya están en marcha y han implicado un cambio de mentalidad en los militares que cada vez lo aceptan más. “Las habilidades que adquirí en la vida militar, como descenso en soga o paracaidismo, las hemos puesto en práctica y han sido útiles ahora”, afirma el teniente coronel Jhon Hernández. Este oficial se graduó de subteniente en 1990 y durante años estuvo recorriendo el país en diferentes unidades de combate. Hoy comanda el Batallón de Atención y Prevención de Desastres. Habla de lo que hace actualmente con igual o incluso mayor orgullo que de sus días en el combate. “Cada día este Ejército está mejor capacitado en nuevas líneas de acción. Con los 600 hombres que comando tan solo este año, a raíz de la ola de incendios, hicimos más de 13 intervenciones en todo el país, controlamos conflagraciones, y logramos ayudar a casi 2 millones de personas”, afirma este oficial, quien espera realizar una maestría en gestión de riesgos. Este es uno de los varios batallones de ese estilo que están proyectados.

“Nosotros podemos llegar a donde nadie llega y hacer lo que nadie hace. Por eso hacemos pozos de agua en La Guajira o puentes en zonas donde hay guerrilla o bacrim. En 24 horas, 36 de mis hombres pueden hacer un puente de 60 metros de largo. Este año ya llevamos 15. Hoy estamos construyendo con los indígenas carreteras y pueblos, y comparten todo con los soldados y antes ni nos hablaban”, dice el teniente coronel Luis Hernández, quien estuvo en la convulsionada Arauca y ahora dirige el Batallón de Operaciones Especiales de Ingenieros Militares.

Uno de los hombres clave durante la Operación Odiseo fue el coronel Abadías Capera; con casi 30 años en la milicia ahora dirige la Escuela de Suboficiales. Con un discurso sincero este guerrero sintetiza los vientos de cambio. “El Ejército está preparado para construir una nueva sociedad haciendo obras y ayudando a la población. Esa transformación implica preparar a nuestros suboficiales para los desafíos, la parte militar, el bilingüismo y las tecnologías en diferentes carreras. El Ejército del futuro es un ejército multimisión, también para defender la soberanía y todo lo que amenace al pueblo”, dice el oficial.

Ese cambio de mentalidad y actitud no ha sido fácil pero ha ido ganando terreno en el Ejército. Algunos efectivos tienen miedo y unos pocos quieren seguir en el pasado. Sin embargo, la mayoría ya ve con optimismo lo que está pasando. “Nosotros ganamos la guerra y de eso no hay duda. Por eso, si se logra el posacuerdo vamos a tener que estar mucho más cerca de la población, sin usurpar la función de nadie. Vamos a ser un Ejército más educado. Hoy en día rompimos las cifras de más personal en el exterior preparándose en las mejores universidades del mundo. No para ser doctores o abogados, sino para ser mejores soldados, para poder servir mejor”, explica el general Mejía. “Que los batallones de alta montaña ayuden a cuidar las cuencas y los páramos no nos hace abnegados guardabosques. Es tema estratégico y de seguridad nacional. Que tengamos brigadas que ayuden a apagar incendios y atender desastres no nos hace valientes bomberos. Simplemente usamos las capacidades para ayudar. Eso es parte del Ejército del futuro”, concluye.

La esperanza de poder pasar más tiempo con sus familias, estudiar y capacitarse son algunos de los aspectos que la mayoría de los militares ven como positivo del proceso de paz. “Muchos creen que nos gusta la guerra. Pero lo dicen los que no les ha tocado vivirla. Es hora de cambiar y de tratar que nuestros hijos vean a sus padres y, sobre todo, que puedan vivir sin guerra. Esa es mi ilusión”, concluye el sargento Lotero. El mismo que anhela el día en que pueda dormir sin que lo atormenten los fantasmas del combate.

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