Se observan algunos de los 187 fusiles encontrados hace un mes en Quindío.En la mañana del viernes pasado hombres de la Unidad Especial de Investigaciones de la Dijín encontraron en una pequeña vivienda cerca de Tuluá, Valle, 116 fusiles de asalto, 15 lanzagranadas, 222 granadas de mano y 30.000 balas. Una fuente reclutada meses antes suministró la información. Y no era la primera vez: el 11 de septiembre, ese mismo grupo de la Dijín, interceptó un vehículo cerca de Montenegro, Quindío, en cuyo interior había 187 fusiles, 91 granadas y 20.000 balas. Y el 24 de mayo se encontraron otros 150 fusiles, enterrados cerca de una finca en San Martín, Meta.

Se trata de más de 300 armas largas tan solo en los tres más recientes decomisos este año. Si bien, encontrarla no es extraño, semejante cantidad llama la atención. En lo que va de 2012, el total de fusiles decomisados llega a casi 1.200. Y se han hallado cerca de 2.000 granadas. En todo 2011 se incautaron 670 fusiles.

¿A qué se debe esta lluvia de material bélico y para quién es? 

Con unas pocas excepciones todas las armas que han sido encontradas son de fabricación china y fueron producidas por la empresa estatal North Industries Beijing Corporation (Norinco). La mitad son fusiles Norinco CQ 5.56, copia del R-15 estadounidense. Los otros son Type 56, una de las versiones chinas del AK-47 ruso. Lo grave es que se trata de apenas parte de un lote de 12.000 fusiles provenientes de China que ingresaron al país a finales de 2007 y comienzos de 2008. Cinco mil llegaron al puerto de Turbo, en el Urabá antioqueño, y el resto ingresó por Buenaventura. Las autoridades no han logrado establecer cómo semejante arsenal salió de una empresa estatal china y terminó en Colombia. Lo que sí tienen claro, gracias a los decomisos, es que los destinatarios eran varias bandas criminales que en ese momento estaban en pleno crecimiento. 

El auge de decomisos de este año tiene una explicación. La desarticulación de varias de esas bandas, así como la captura o sometimiento de varios de los jefes, implicaron que muchas de esas armas terminaran guardadas a la espera de ser vendidas a nuevos grupos. El arsenal descubierto el viernes pasado era propiedad de Los Rastrojos, al igual que el descubierto en mayo. A comienzos de ese mes el jefe de ese grupo, Luis Calle Serna, alias Comba, se entregó a las autoridades estadounidenses. Al mes siguiente, el comandante militar de ese grupo, Diego Pérez, alias Diego Rastrojo, fue capturado en Venezuela. Y el martes de la semana pasada, tres días antes de la incautación de fusiles en Tuluá, el último de los líderes de ese grupo, Javier Calle, se entregó a la DEA en Panamá y fue trasladado a una cárcel en Nueva York. 

La incautación de las armas evitó que estas llegaran a manos de alias Mascota y de Héctor Urdinola, dos pequeños capos que se están disputando a sangre y fuego adueñarse de lo que quedó de Los Rastrojos, incluidos cerca de 100 hombres de esa banda que están en el Cañón de Garrapatas, algunos de los cuales adelantan un proceso con la Fiscalía colombiana buscando desmovilizarse. Gran parte de la oleada de asesinatos y decapitados que han aparecido en Tuluá, El Dovio y otras zonas del Valle hacen parte de ese intento de reacomodo en la mafia. De allí la importancia de haber decomisado los fusiles. 

Los otros decomisos de armas corresponden a un proceso similar en el oriente del país. Los fusiles y granadas encontrados este año en el Meta y Guaviare hacen parte de un remanente que dejaron encaletados los integrantes de la banda Erpac, liderada por alias Caracho, quien se desmovilizó en diciembre pasado junto con sus principales lugartenientes. 

Este debilitamiento de algunos de los grupos del crimen organizado es lo que ha llevado a que las incautaciones de armas se hayan disparado este año. Sin embargo, lo más inquietante es que del lote original de 12.000 fusiles que entraron hace cuatro años, aún quedan cerca de 9.000, cuyo paradero sigue siendo un misterio para las autoridades.

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