El General Kelly en compañía del Ministro de Defensa de Colombia. Imagen de archivo.www.fuerzasmilitares.org (17FEB2015).- El general John Kelly, jefe del Comando Sur de Estados Unidos, ha visto muchas guerras. Sirvió en la Operación Tormenta del Desierto en 1990, estuvo en Irak en 2002 y en 2007, perdió a su hijo en un combate en Afganistán. Pero en toda su carrera cree que “lo más difícil que me tocó enfrentar fue tener que tratar como amigos a los rebeldes islamistas iraquíes que unas semanas antes me querían matar”.

Hay pocas cosas tan difíciles como juntar enemigos que aprendieron a odiarse, a dispararse, a engañarse. Ese es el colosal reto que los militares colombianos empiezan a enfrentar. El viernes pasado, en una reunión de alto vuelo, se sentaron en Cartagena el general Kelly; el ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón; toda la plana mayor de las Fuerzas Armadas; el general Javier Flórez, de la subcomisión para el fin del conflicto en los diálogos con las Farc; el exgeneral y ahora negociador Jorge Enrique Mora y decenas de altos oficiales. El objetivo: escuchar un nutrido grupo internacional de expertos en desarme, desmovilización y reintegración para compartir experiencias reales, aterrizadas del posconflicto.

Esta es la primera gran reunión de este tipo que se hace, pero muchos militares piensan que no será la última. Como dijo el ministro Pinzón, “Tenemos que tener mente abierta, conocer y aprender de las mejores prácticas. Aunque Colombia ha desarrollado sus propias capacidades y tenemos conocimiento, otras experiencias pueden iluminarlos y nos van a servir para contrastar con nuestras prácticas. Hay que buscar el mejor modelo posible”.

Y las preguntas que rondan entre los uniformados frente a un eventual fin del conflicto no son pocas. ¿Cómo evitar un rearme? ¿Es necesaria una reforma de la seguridad? ¿Cómo confiar en las Farc? ¿Habrá paz y justicia al mismo tiempo? ¿Qué pasará con las comisiones de la verdad? Pues al fin y al cabo los más de 500.000 soldados y oficiales que hay en Colombia serán protagonistas mayores del futuro inmediato del país. Las respuestas de los invitados internacionales, protagonistas de sus propios procesos, fueron variadas: algunas muy exitosas, otras preocupantes, pero todas enriquecedoras.

En Nepal tuvieron las mismas dudas hace una década. Allá una guerrilla maoísta lanzó una ofensiva total en 1996 contra una monarquía de dos siglos. Después de  más de 13.000 muertos se firmó un acuerdo en 2006. Ahí surgió la pregunta clave: ¿qué hacer con los rebeldes desmovilizados? Tanto ellos como los militares se sentían ganadores, con derecho a reclamar sus victorias.

Se puso en práctica un plan de rehabilitación, donde los guerrilleros tenían tres opciones: reclamar un dinero, seguir una formación técnica o integrarse al Ejército real nepalés, algo que a muchos uniformados les dolía profundamente. Pero ese era el pacto y les tocó acoger entre sus filas a sus antiguos adversarios, incluso dándoles a algunos rango de oficial. Eso sí decidieron mantener una proporción mayoritaria de soldados propios, para mantener el control. Hasta ahora el Ejército mantiene sus fuerzas íntegras y contempla una posible reducción a mediano plazo.

Irlanda del Norte vivió por siglos un sangriento conflicto religioso entre católicos y protestantes. El gran paso hacia la reconciliación fue  el Acuerdo del Viernes Santo de 1998. Entre las muchas acciones que se adelantaron, una de las que más marcaron el país fue la reforma de la Royal Ulster Constabulary, un cuerpo policial compuesto en un 93 por ciento de protestantes y manchado por terribles abusos contra miles de civiles. En 2001 el gobierno creó el Police Service of Northern Ireland, una nueva agencia, mucho más abierta, menos sectaria y con un apego fuerte a los derechos humanos. Fue la base para reconstruir la confianza.

Ese proceso se demoró casi diez años, un periodo prudente que en El Salvador no se tomaron. Allá entre 1980 y 1992 el Ejército enfrentó  la guerrilla del  Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en una sangrienta guerra civil que dejó 75.000 muertos y desaparecidos. En los acuerdos no se incluyó un capítulo de reinserción y las Fuerzas Armadas tuvieron que desmovilizarse. En poco tiempo sus efectivos se redujeron en un 50 por ciento.

El resultado es agridulce. Desde hace 23 años no se ha disparado un solo tiro por causas políticas y el FMLN conquistó el poder por vía democrática. Pero los niveles de violencia no han disminuido y El Salvador tiene uno de los índices de violencia más altos del mundo, con una tasa de 41,2 homicidios por 100.000 habitantes. Los propios salvadoreños aceptan que no tuvieron una visión a largo plazo y abandonaron grandes zonas del país, que rápidamente reconquistaron las maras, esas pandillas ultraviolentas ligadas al narcotráfico.

Tanto en Nepal como en El Salvador hubo acompañamiento internacional. Y en muchos países de África como Sudán, Congo o Liberia se desplegaron Cascos Azules de las Naciones Unidas para garantizar el cumplimiento de los acuerdos. Pero esa participación extranjera no siempre es una solución. El caso de Afganistán tiene que servir de ejemplo. Allá en 2001 una coalición liderada por Estados Unidos invadió el país, tumbó el régimen Talibán y lleva más de una década tratando de estabilizarlo.

El modelo nunca logró mucha legitimidad, no se lideró una proyección integral y ha sido difícil entender las dinámicas locales de la seguridad y la política. Aún peor, el plan fue extremadamente rígido y los problemas no se atajaron a tiempo. En los pueblos todos los expertos y militares estadounidenses sabían que los comandantes afganos les robaban el dinero a los soldados desmovilizados, pero eso siguió por meses y terminó alimentando un fuerte rearme.

Colombia y sus Fuerzas Militares tienen que mirar todas esas experiencias y sacar conclusiones. Desde ya algunos debates, como se vio con la polémica sobre la creación de una gendarmería con desmovilizados de la guerrilla, embisten con fuerza a la sociedad. Pero la verdadera lección es que no hay una vía mejor que la otra. El único camino real, efectivo, es el propio. Y a los generales presentes en el encuentro de Cartagena les esperan largas noches de reflexión para pensar en su rol en un posible posconflicto. Pues si algo tiene que quedar claro es que no hay paz sin visión a largo plazo, planificación estratégica, flexibilidad, una buena dosis de realidad y mucha imaginación.

semana.com