El Presidente de la República, con el Alto Mando Militar y Policial.
El Presidente de la República, con el Alto Mando Militar y Policial.

www.fuerzasmilitares.org (28ABR2015).- Luego del ataque de las FARC a una patrulla del Ejército en el Cauca y de que el presidente Santos fuera rechiflado durante una maratón en solidaridad con los soldados heridos en la guerra, gobierno y oposición se recriminan mutuamente por estar usando como trinchera política a las Fuerzas Armadas.
Los senadores Álvaro Uribe y Alfredo Rangel acusaron al gobierno de estar usando políticamente a los militares al sentarlos de tú a tú con la guerrilla en La Habana; mientras el senador gobiernista Roy Barreras acusó al Centro

Democrático de politizar en forma mal intencionada a las Fuerzas Militares, lo que no se veía, según dijo, desde la época de la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla. La controversia estaba subiendo tanto de tono, que la cúpula tuvo que salir a reiterar que no hay divisiones en la institución y a pedir que no se les use para hacer política partidista o electoral.
Desde que comenzó el proceso de paz hay rumores sobre divisiones dentro de las Fuerzas Armadas y cuestionamientos a la lealtad de algún sector de oficiales con el gobierno. Episodios como las chuzadas hechas desde una fachada de inteligencia llamada Andrómeda a los negociadores del gobierno, que aún no han sido aclaradas, y la filtración de información de seguridad nacional, son algunas de las pruebas de que algo pasa en las filas. Y donde claramente se puede palpar una combinación de inconformidad, duda y miedo. Sin embargo, está claro que no hay, ni en los sectores más radicales, un ruido de sables.
En cada proceso de paz que se ha intentado en Colombia, los militares han sido el termómetro para saber qué tan viable es acabar con la guerra en esa coyuntura. Durante los diálogos de Belisario Betancur, en los años ochenta, los militares estaban en contra del proceso, y se volvieron abiertamente deliberantes, al punto que el general Fernando Landazábal Reyes pronunció aquella frase de que “el país tiene que aprender a escuchar a los generales”.
Durante el gobierno de Ernesto Samper, el general Harold Bedoya se opuso abiertamente a la política del gobierno de dialogar con la guerrilla y eso le costó el puesto. Y durante El Caguán, era tan evidente el malestar que renunció el ministro de Defensa Rodrigo Lloreda y 17 generales hicieron el amague de irse. Todos esos intentos de llegar a la paz fracasaron, y vistos en retrospectiva se puede decir que no estaban bien encaminados pues no había una verdadera voluntad política de la guerrilla.
No obstante, esta vez el clima es otro. Si bien dentro de las fuerzas siempre hay corrientes ideológicas más radicales que otras, ningún alto oficial ha salido a desafiar al gobierno ni a cuestionar sus actuaciones. Y los inconformes no parecen estar dispuestos a irse.
La participación de los retirados en la Mesa de conversaciones, con una figura fuerte como el general Jorge Enrique Mora, cuya autoridad y derecho a deliberar nadie cuestiona; y de cinco generales activos en una subcomisión para el desescalamiento del conflicto, ha sido interpretada por los expertos y la comunidad internacional como un paso en la dirección correcta. Esto no quiere decir que no haya resquemores o intereses legítimos en riesgo, y que sean estos, justamente, los que están siendo usados políticamente por el Centro Democrático, entre otros.
Poder, justicia y futuro
Las preocupaciones de los militares son explicables. A diferencia de otros sectores, el proceso de paz tendrá implicaciones prácticas en sus vidas. Decir que nada cambiará con ellos es tan ingenuo como irresponsable. Por un lado, aunque la doctrina militar no esté en juego en La Habana, obviamente esta tendrá que cambiar. “Si cambia la música, cambia el baile” dijo en un foro reciente el ministro del posconflicto Óscar Naranjo. Y tiene razón. En un contexto de paz, es natural que los militares pierdan una fracción de su poder y de la influencia que han tenido en un país en guerra. Durante años, en el fragor del conflicto, en el heroísmo de sus soldados y en la responsabilidad de mantener la seguridad de los colombianos han tenido una gran autonomía y protagonismo en la vida política del país. Sin guerra, serán seguramente un Ejército más silencioso, pero no menos estratégico. Uno dedicado más a la seguridad nacional, a enfrentar las amenazas ilegales transnacionales, a mantener el equilibrio de fuerzas regionales y a la geopolítica con los vecinos, todos estos elementos cruciales para el país, pero en los que pierde protagonismo y el peso político relativo en la agenda pública. Y esa transición para algunos no es fácil de asimilar.
Un segundo punto, quizá el más importante, es que actualmente se está discutiendo en La Habana el tema de la justicia para los crímenes atroces cometidos durante el conflicto. Al colombiano de la calle, obsesionado con que los jefes de las FARC vayan a la cárcel, se le olvida que la contraparte de la guerrilla son los militares, y que cualquier fórmula que se le aplique al uno, se le podría aplicar al otro.
Este es un punto muy sensible. Para empezar, el tema de la Comisión de la Verdad se volvió un coco para ellos. Los militares tienen espejos en toda América Latina donde constatan cómo estas comisiones han desembocado en juicios contra los generales por graves violaciones de derechos humanos. Violaciones cuyo récord en Colombia supera a casi todos en el vecindario producto de la intensidad del conflicto. Muchos militares sienten que ganaron la guerra, que fueron ellos quienes pusieron el pecho, y por eso consideran que en La Habana se debería hablar más de una claudicación que de una negociación.
El otro problema es que no tienen claridad sobre su futuro. Si bien el gobierno les asegura que el tamaño de las Fuerzas Armadas tampoco se está discutiendo en Cuba, está claro que si la realidad del conflicto cambia, las necesidades de seguridad también. Más que el tamaño de la institución lo que seguramente va a ser muy diferente es su rol. No cabe duda de que la Policía ocupará un lugar más preponderante para garantizar la seguridad ciudadana, como ya se está viendo en las distintas regiones.
En últimas, durante estos dos años el gobierno no ha podido mostrarles una foto clara de lo que será su futuro. Y de la incertidumbre y el miedo surgen los rumores, la desconfianza, y la rechifla.
¿Sin riesgos?
Ahora, que las preocupaciones del estamento militar tengan fundamento no significa que no se conviertan en un riesgo. El gobierno se ha equivocado desde el comienzo del proceso al darles un doble mensaje. Mientras el presidente intentaba crear confianza en el proceso de paz, el ministro de Defensa salía con vehemencia a poner en duda las intenciones de las FARC. Por eso cuando el presidente suspendió los bombardeos, dentro de las filas esto se entendió como concesión prematura y excesiva de Santos, y en los sectores más radicales, como una traición.
El clima también se ha enrarecido con una campaña sistemática de la oposición para hacerles creer a los militares que su destino es una moneda de cambio en La Habana. Fotos ficticias, mentiras tan burdas como que la Fuerza Aérea se ha negado a prestar apoyo a soldados en combate, son parte de una estrategia de desinformación y confusión que algunos sectores han puesto en marcha con cierto éxito. Al punto, que el propio procurador Alejandro Ordóñez tuvo que hacer un llamado público para que los militares recuerden que no pueden deliberar.
Frente a las Fuerzas Armadas, como en muchos otros ámbitos, al gobierno le ha faltado liderazgo. Y eso no es bueno, pues las corrientes más conservadoras que hay dentro de la institución pueden terminar por convertirse en un palo en la rueda para la negociación con las FARC.
La experiencia pasada del país, y también la de otros conflictos, demuestra que la paz se construye con los militares, y que es inviable sin ellos. Que su papel es fundamental para que los acuerdos de paz sean sostenibles. El reto que tiene la cúpula militar es encauzar las dudas y los temores de sus hombres, y liderar el cambio mental y pragmático que inevitablemente traerá la firma de un acuerdo de paz.

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