El atentado se perpetró un sábado en la calle más comercial del barrio Quirigua, que a esa hora estaba concurrida.
El atentado se perpetró un sábado en la calle más comercial del barrio Quirigua, que a esa hora estaba concurrida.

www.fuerzasmilitares.org (13MAY2015).- Para Yudy Chávez, las imágenes de lo que sucedió el sábado 12 de mayo de 1990 siguen siendo borrosas. Tenía 12 años de edad y su último recuerdo de aquel fatídico día es el de su mamá, María del Carmen, quien acababa de comprar unos zapatos blancos como regalo del Día de la Madre, que se celebraba al día siguiente.

Su hermana Nubia, de 22 años, y su sobrino de dos años y medio también la acompañaban. La calle comercial del barrio Quirigua, en el noroccidente de Bogotá, estaba atiborrada de personas que, al igual que ellas, habían llegado para hacer compras.

Lo que siguió fue el caos. Una fuerte explosión sacudió la tierra, el aire se llenó de un denso humo y después todo fue llanto, sangre y desolación. Eran las 4:15 de la tarde y un automóvil Fiat 147 cargado con 100 kilos de dinamita había explotado en la calle justo al frente del lugar en que el que Yudy se encontraba con su familia.

“Quedé nula, no recordaba qué hacía ahí o con quién estaba”, rememora hoy, 25 años después de la tragedia. Empujada por un temor casi incontenible salió corriendo con un destino incierto. Avanzó una o dos cuadras y de repente recordó que no se encontraba sola. “Caí en cuenta y me devolví. Había mucha gente muerta, tuve que pasar por encima de niños y mujeres embarazadas. Al primero que vi fue a mi sobrino. Estaba muerto”.

En medio de la confusión y la angustia de no saber con exactitud qué pasaba, Yudy Chávez tomó en brazos al niño de dos años y comenzó a buscar al resto de su familia. “Vi que mi hermana estaba al lado de un poste quejándose. Tenía heridas en la cabeza, la mano y una pierna. Después vi a mi mamá tendida en el piso”.

Yudy tenía lesiones en el cuerpo ocasionadas por las esquirlas, pero no eran de mayor gravedad. El estado de su madre y su hermana era más preocupante. Las subió a una patrulla de la Policía con destino al CAMI del barrio La Granja. El niño lo entregó a un hombre para que lo llevara a un hospital, pero nunca supo a cuál.

“A mi mamá nunca le vi sangre ni alguna herida fuerte. Sin embargo, cuando la atendieron se dieron cuenta de que ya estaba muerta”. La necropsia realizada posteriormente al cuerpo revelaría que a María del Carmen se le había estallado un pulmón.

Yudy Chávez fue llevada a Cajanal, y pocas horas después, cerca de las nueve de la noche, fue dada de alta. Fue entonces cuando su familia se enteró de lo que había sucedido. Tan pronto como pudo acudió a la casa de unos familiares cercanos, quienes se encargaron de dar la noticia a los otros cuatro hermanos de la familia Chávez. Fue precisamente uno de ellos quien, después de recorrer decenas de hospitales, supo a cuál hospital había sido llevado el cuerpo del sobrino de dos años.

Nubia, la madre del pequeño, permaneció cerca de dos meses internada en cuidados intensivos. En el momento del atentado terrorista tenía dos meses y medio de embarazo y el bebé logró sobrevivir. Cuando salió del hospital le tomó otros cuatro meses entender lo que había pasado. “Ella no entendía nada, no sabía que mi mamá había muerto, había perdido la memoria y estaba ida”, recuerda su hermana Yudy.

La tragedia de los Chávez fue la misma de otras 17 familias que perdieron sus seres queridos en el atentado terrorista de aquel 12 de mayo que además dejó 150 personas lesionadas y pérdidas por varios millones de pesos. Siete de las 17 víctimas mortales eran niños.

La racha nefasta de aquel día continuaría después con otros dos carros bombas, uno en el sector de Niza, en Bogotá, y otro en  Cali, que dejaron 13 muertos más (ver balcón).

Los ataques hacían parte de la estrategia desplegada por la mafia del cartel de Medellín, en cabeza del capo del narcotráfico Pablo Escobar Gaviria, para sembrar el terror ad portas de las elecciones presidenciales del 27 de mayo. Era la continuación de la cruenta guerra contra el Estado que se había desatado un año atrás y que había alcanzado su punto máximo con el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán, el 18 de agosto de 1989. Vinieron después bombazos: el diario El Espectador, Vanguardia Liberal, el avión de Avianca y el edificio del DAS.

La persecución contra los capos de Medellín se convirtió entonces en una prioridad que comenzó a arrojar resultados el 15 de diciembre del mismo año, cuando en enfrentamientos con unidades del Cuerpo Élite de la Policía en el departamento de Sucre murió abaleado Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el Mexicano, una de las cabezas del cartel de Medellín. Las retaliaciones de la mafia no se hicieron esperar y 1990 fue ejemplo de ello.

Los carros bombas fueron cada vez más frecuentes en Bogotá, Medellín y Cali. En la capital antioqueña y sus alrededores aparecían casi a diario cuerpos de policías asesinados por sicarios a los que les ofrecían recompensas de hasta $2 millones por la muerte o el secuestro de cualquier agente y $20 millones por la cabeza de un oficial de la Fuerza Élite.

No se trataba ya de un terrorismo dirigido contra quienes perseguían a los narcos; la guerra se transformó en una violencia indiscriminada. Entre agosto de 1989 y mayo de 1990 la mafia detonó 18 carros bombas en el país. Los tres atentados del 12 de mayo fueron el preámbulo. Sólo en cuatro días —entre el 21 y el 25 del mismo mes— tres artefactos más estallaron en Bogotá y Medellín. Ese era el escenario de Colombia en la época del terror.

De los autores materiales de los hechos se supo poco después. En junio las autoridades desmantelaron una red terrorista que era la encargada de armar y poner los carros bombas en Bogotá. Los sujetos operaban desde una casa lote ubicada en el sector de Tibabuyes, en la localidad de Suba, que habían acondicionado para esconder los vehículos.

Cuando la casa fue allanada, la Policía encontró una caleta con más de mil kilos de dinamita oculta en tanques para almacenar agua enterrados en el suelo. Con el avance de las pesquisas se supo también que los hombres trabajaban para Brancey Muñoz, alias Tyson, uno de los sicarios más temibles de Pablo Escobar.

Hoy, 25 años después del atentado terrorista, para Yudy Chávez su tragedia sigue siendo incomprensible. “Nosotros no teníamos nada que ver en esa guerra y fuimos los más afectados. A nosotros el Gobierno nunca nos ayudó en nada. Sólo recibimos un telegrama del entonces presidente de la República, Virgilio Barco, con una frase: ‘Sintiéndolo mucho’”.

Las tragedias de Niza y Cali

Los colombianos no se recuperaban aún de lo ocurrido en Quirigua cuando otra tragedia se desató. Un segundo carro bomba fue detonado en Bogotá, esta vez en la calle 127 con Avenida Suba, frente al centro comercial Bulevar Niza. Cuatro personas perdieron la vida.

La funesta jornada cerró hacia las 8:50 de la noche en Cali cuando un Monza verde con 100 kilos de dinamita estalló en el barrio Alameda, dejando un agujero de dos metros de diámetro.

El atentado ocurrió en un edificio en donde fundionaban las Supertiendas La Rebaja y dejó un saldo de nueve personas muertas, 50 heridas y pérdidas por más de 800 millones de pesos. 

En el último caso se trató de un ataque directo del Cartel de Medellín a sus máximos enemigos los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, capos del Cartel de Cali y propietarios de las supertiendas La Rebaja, contra quienes libraba una guerra paralela a la que le había declarado al Estado.

elespectador.com