Equipo antiexplosivos“Al frente de mi casa hay una carro sospechoso”, dice una mujer al otro lado del teléfono. “Es de color azul. Lleva parqueado ahí casi cinco horas. Jamás lo había visto. Dos hombres se bajaron y lo dejaron abandonado. Puede ser una bomba”, agrega un poco nerviosa la denunciante.

Las alarmas se prenden enseguida. Son las 8 de la noche. Una patrulla de la Policía sale a atender el caso, que es apenas uno de los casi tres que se registran diariamente en Cúcuta frente a posibles atentados con carros, cajas con explosivos o cualquier artefacto.

En el carro de la institución verde oliva van los dos únicos uniformados que atienden situaciones con explosivos en toda el área metropolitana. Demoran unos 20 minutos en llegar a atender la situación en un sector cualquiera de la ciudad.

“Siempre se siente un poco de nervios”, dicen. Se acercan al vehículo. Hacen una inspección minuciosa. No observan algún tipo de explosivo. Toman el radio para verificar los antecedentes de la placa. “No es robado”, dice uno de los policías. “Tampoco está en un sitio donde se intente atacar a una persona amenazada. Se trata de una falsa alarma”.

Lo deducen rápidamente por su vasto recorrido en el área de explosivos. Entonces, imitando a unos ‘magos’, abren las puertas del carro para inspeccionarlo. También se cercioran de que no haya peligro en el baúl. Las sospechas fueron ciertas: “no es un carro bomba”.

¿Y si es un carro bomba?

Una pregunta les llega en un abrir y cerrar de ojos. ¿Y si lo fuera? No se toman ni un minuto para pensarlo: “tenemos que confirmar la situación antes de dar la alerta de un positivo. Con esto no se puede jugar”.

Para despejar las dudas, dicen que pueden solicitar la traída de un perro entrenado. El canino olfatea. “Si se sienta tenemos que entrar en acción”, añaden casi que al unísono. Se saben bien la lección. “Cada situación es diferente y trae riesgos distintos. Pero siempre se siente temor. Nada puede salir mal”.Los uniformados tienen que ordenar que se acordone la zona y comienza una titánica labor: alistar, a unos 300 metros del carro bomba, cada uno de los elementos que van a emplear para evitar que mueran humanos y mayores daños materiales.

Tienen que desempacar el equipo de gancho y cuerda para maniobrar el artefacto a una distancia considerable. La tarea, además, incluye armar minuciosamente el cañón de agua que destapa con un golpe un paquete con explosivos. El objetivo es tener una visión ideal del sistema como está armado el paquete con la carga.

También preparan brazos mecánicos, las garras, cordón o mecha, cables, baterías y explosivos, entre un sinnúmero de elementos que guardan en al menos ocho maletas y cajas de seguridad. Si la situación se complica, incluso, pueden optar por poner en marcha a un robot.

“Para usarlo se evalúa la situación. Emplearlo depende del riesgo que pueda correr la persona que atiende el caso”, argumenta uno de los técnicos. “Es mejor perder el robot y no una vida”.

Los especialistas afirman que las herramientas, en su mayoría, son fabricadas de aluminio y platino, lo que les da mayor resistencia y maniobrabilidad.

“Estas son importantes, pero siempre está en riesgo nuestra vida. No garantizan, del todo, que salgamos airosos. La presión generada por una descarga, a veces, no la logra contener ni una pared de 20 centímetros de gruesa”, afirman. 

Los uniformados lanzan el certero apunte mientras uno pide auxilio para ponerse, en medio de la entrevista, un traje verde que lo hace ver como un muñeco inflable en un centro comercial.

No puede vestirse solo. Recurre a dos compañeros. Cada uno pone en su lugar los cierres y acomoda lo que es justo en cada pierna y brazo. En 20 minutos están listos, sobre sus hombros, unos 50 kilos de protección.

“El traje sin duda a permite protegernos de las esquirlas”, aclara. “Pero hay técnicos que han muerto con el traje puesto”.

La desactivación de un carro bomba les puede tomar entre dos o tres horas, dependiendo del tiempo que requiera ubicar la batería y el detonador y cortar el cable indicado, que puede ser rojo, verde, blanco o de cualquier color.

“Si no se pueden hallar toca recurrir a una explosión controlada, por medio de una contracarga (detonación de una cantidad más pequeña para destruir el artefacto)”, agrega el otro especialista.

Otros artefactos

El reto en la labor de neutralización de un explosivo siempre será encontrar el detonador y poder desconectarlo del sistema de corriente.

Para ilustrar sus palabras, ponen a un transeúnte a que presione un cordón atado a un palo con explosivos, el cual está listo para detonar. A los dos segundos, un sonido agudo fastidia en los oídos. “El pitido anuncia que ya estalló”, aseguran los dos policías.

Continúan su explicación con una mina ‘quiebrapatas’. Ahora ponen a otro hombre a presionar con su pie el émbolo de una jeringa y vuelve el pitido.

“La diferencia es que estos sistemas son empleados, por parte de la subversión, en zonas rurales”, agregan. “Son, junto al libro bomba, antipersona”.

En el campo es mejor recurrir a la explosión controlada y evitar desactivar, pese a que en ocasiones se producen pérdidas en cultivos. “Los campesinos suelen entender que es mejor así y no poner en peligro una vida”,  asevera un uniformado de antiexplosivos de la Policía de Norte de Santander.

En los sectores rurales es imposible llevar todo el equipo antiexplosivos. “Ni siquiera trasladamos el traje”. Desactivar una hectárea de campo representa, al Estado, “una inversión de por lo menos $5 millones”, frente a los “$20 mil que le puede costar cada mina” a los grupos al margen de la ley.

El Gobierno debe invertir, además de las herramientas, en la movilización aérea de sus técnicos: un sondeador, un encargado del aparato de gancho y cuerda, una persona que maneje el detector de explosivos, un uniformado de guía con un perro y otras dos personas que asuman la seguridad del bloque.

Según la Policía del departamento, no existe una cifra precisa de cuántos campos minados han sido desarticulados.

“Es complicado consolidar una estadística. Siempre nos enfrentamos a trampas puestas en los cultivos ilícitos. Van dirigidas  contra la fuerza pública”, explica el reporte oficial. “Un solo hombre de antiexplosivos dura medio día revisando una sola hectárea de tierra, que puede ser desminada dos o tres veces”.

Pasó la emergencia

Los antiexplosivos de la Policía Metropolitana terminan de atender, a las 9 de la noche, la supuesta emergencia del carro bomba.

El dueño del misterioso vehículo aparece. Tiene sus papeles en regla. Todo fue un mal entendido. “No pensé que esto fuera a pasar”, le explica a los uniformados, quienes le piden que la próxima vez no lo deje abandonado.

Su descuido no le genera una inmovilización ni la imposición de un comparendo, en un hecho que generó pánico en las personas del sector. La tranquilidad vuelve a la zona y los policías regresan nuevamente a sus estaciones a esperar a que “ojalá siempre sean solo falsas alarmas”.

Recomendaciones anteamenazas con explosivos

Especialistas en atender casos con explosivos señalaron la siguiente lista de recomendaciones para tener en cuenta cuando se está frente a un paquete sospechoso.

- No manipularlo.
- Llamar al 123 de la Policía.
- Si no se es el destinatario del paquete, no intente abrirlo.
- Es sospechoso cuando viene sellado con mucha cinta.
- Observar si está mojada la base del paquete, suele suceder cuando el explosivo es a base de aceites.
- No mojar el paquete con agua, porque esta es conductora de energía.

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