General Guatibonza www.fuerzasmilitares.org (27MAY2014).- Cuando llegó al Gaula en el año 2000, Colombia encabezaba la deshonrosa lista de los países con mayores índices de secuestro: más de 3500 personas eran víctimas de este delito. Hoy son 161. Solo esta cifra podría ser un indicativo de la gestión de este boyacense de 56 años que primero fue instructor de motos, policía antinarcóticos y luego perseguidor de Pablo Escobar. Aun así, cuando lo nombraron por primera vez a la cabeza de esta dirección de la Policía creada específicamente para luchar contra el secuestro, al teniente coronel Humberto Guatibonza no le tenían mucha fe. El cargo estaba reservado para un general y a él le faltaban por lo menos diez años para alcanzar el merecimiento.

Con lo que no contaron los escépticos fue con que después de 18 años en la Policía, ya se había formado el verdadero sabueso que este hombre lleva dentro. Había pasado por inteligencia, había comandado operativos antinarcóticos, había formado varias generaciones de policías en las escuelas y, sobre todo, había pasado un par de años dirigiendo el Gaula en Bogotá, no solo el más grande sino el que reportaba la mayor cantidad de casos en el país. En esa posición, empezó su carrera contra los secuestradores. Una carrera que se convirtió en obsesión.

“La mejor experiencia en esos dos años en Bogotá fue estar con las víctimas”, dice porque, según él, aprendió sobre las secuelas que este delito deja en las miles de familias que lo han padecido. Entendió que el 80 % de los secuestros deja una separación, porque durante una ausencia que es temporal pero que nadie sabe cuándo termina, se rompen unos lazos que casi nunca se reconstruyen; porque luego de la liberación son muchos los reproches y vacíos que quedan entre el raptado y sus seres queridos.

Fue por esos años que Guatibonza se dedicó a encabezar los operativos, a dirigir las investigaciones. “No soy capaz de sentarme en otro sitio a esperar un reporte”, explica para justificar esa necesidad que lo impulsa a estar en el lugar y en el momento de la acción, bien sea durante las primeras pesquisas, en las negociaciones con los delincuentes y, claro, en la operación de rescate. Siempre ha querido estar cara a cara con los secuestradores y oír los relatos de las víctimas.

Y aquí se comprueba que lo suyo es casi una obsesión. Desde hace 14 años se ha dedicado de manera sistemática a seguirles el rastro a secuestradores de todos los pelambres, incluso después de haberlos mandado a la cárcel. Él mismo, y a veces a través de sus mejores investigadores, busca a los delincuentes que ayudó a capturar. Sin la premura de la investigación, sin la presión que significa un juicio, los victimarios hablan sin apremios. Y la mayoría termina confesando sus trucos, sus limitaciones, sus derrotas y sus victorias frente a las autoridades.

“No hay nada mejor que adentrarse en la mente de un criminal para saber qué piensa, cómo planea sus delitos”, sigue explicando este general, que siempre aparece muy parco respondiendo las preguntas de los periodistas como lo hacen los policías, con la información apenas necesaria, escasa. Pero cuando se le pregunta por los secuestradores, Guatibonza se suelta un poco más.

Encima de su escritorio, al lado de una motocicleta Harley-Davidson armada en piezas de Lego (la mejor manera de estar en contacto con sus dos aficiones), siempre están las transcripciones de las últimas entrevistas a secuestradores. Guatibonza las repasa, las subraya y se las digiere a sus subalternos. De allí saca sus mejores armas para enfrentar a sus enemigos. Por eso sabe quiénes son las potenciales víctimas de los secuestradores y puede determinar casi con exactitud y desde las primeras indagaciones, cuáles son los móviles de un secuestro. Le bastan un par de preguntas en los interrogatorios preliminares para tener armada una hipótesis sobre si los autores son grupos guerrilleros, delincuentes comunes, pequeñas bandas dedicadas a la extorsión o un familiar envidioso y tentado por la codicia.

Nadie como él conoce el perfil de los secuestradores hoy en Colombia: son, en su mayoría, hombres que casi siempre han estado presos y que han cometido otros delitos como extorsión y homicidio. Ser secuestrador implica “graduarse” en una escala criminal porque se necesitan conexiones, saber negociar y estar dispuesto a matar a la víctima en cualquier momento.

Con el tiempo y con su ascenso en la institución, ya no pudo estar pendiente al detalle de cada uno de los casos. Cuando fue nombrado subdirector nacional, tuvo en cambio la posibilidad de conocer casos de todo el país. Vendría otra etapa en su carrera: confiar en sus mejores investigadores, creer en su olfato y, de paso, conocer más secuestradores, más métodos para delinquir. “Los resultados se vieron, se empezó a marcar el descenso, fue lento, pero la gente empezó a ver que valía la pena denunciar y confiar en nosotros”, asegura con cifras en la mano. Entre 2004 y 2005, los secuestros bajaron casi a la mitad (de 1440 a 800). Pero justo por esa época lo enviaron al Putumayo, en pleno desarrollo del Plan Patriota, a dirigir la policía de ese convulsionado departamento. Enfrentó uno de los paros armados más fuertes de aquella época y tuvo que soportar la muerte de 26 policías apenas aterrizó en Mocoa. Aunque tuvo una buena gestión, dos años después estaba de regreso al Gaula.

Alcanza a esbozar una sonrisa cuando se le pregunta por qué lo volvieron a traer, esta vez como director nacional. “Los resultados”, dice con un asomo de timidez. Se le sale el boyacense. Cuando ingresó al Gaula, hace 14 años, el mayor secuestrador eran las Farc, aunque también era una práctica del ELN. Sus milicianos, o grupos de delincuencia común que luego se los vendía a un frente guerrillero, estudiaban detenidamente a sus víctimas, grandes comerciantes y empresarios, gente muy adinerada a la que capturaban en las ciudades o en las fincas y las llevaban a los campamentos en la manigua, donde permanecían rodeados de minas antipersona.

Allí tomaban pruebas de vida con las que negociaban multimillonarios rescates una, dos, tres, y más veces. Muchas de las víctimas morían en las primeras semanas, pero los familiares seguían recibiendo presiones y amenazas y pagaban una y otra vez, corriendo el riesgo de ir hasta el monte a entregar el dinero en efectivo en los campamentos. Los secuestros duraban varios años. No había afán.

Cuando los grupos guerrilleros perdieron el control de esas zonas en las que podían mantener y negociar secuestrados durante años, la delincuencia común se adueñó del negocio. Cambió el protagonista y cambiaron los métodos. Las bandas de delincuentes tienen una forma distinta de actuar. No tienen la posibilidad de retener por mucho tiempo al secuestrado y por lo tanto, necesitan una negociación rápida. De esa manera, las víctimas predilectas son hombres, comerciantes con alguna solvencia, que son capturados mediante engaños (ya no hay espectaculares y riesgosos operativos con hombres armados hasta los dientes) por los que piden entre 20 y 200 millones de pesos. Luego de la terrible experiencia de pagar varias veces un rescate para luego recibir la noticia de la muerte del secuestrado, la ciudadanía empezó a denunciar ante las autoridades. Y al ver los resultados, se dieron cuenta de que era mejor hacerlo que ser víctima de un engaño continuado. Y como los delincuentes lo saben, intentan negociar rápido: piden sumas que las víctimas puedan pagar y tratan de finiquitar la negociación en diez o doce días. Saben que si las autoridades intervienen, pueden ser capturados y pasarían en prisión casi el resto de sus vidas, ya que en Colombia las condenas por secuestro oscilan entre 25 y 40 años.

Los rescatados, sus nuevos amigos

Y así como les sigue la pista a los victimarios aún después de estar pagando sus condenas, el general Guatibonza ha tejido lazos de afecto con varios de los 1500 ciudadanos que él mismo ha rescatado. Algunos lo llaman para conmemorar la fecha de la liberación, otros lo visitan para presentarles a sus hijos o nietos o para compartirle logros familiares, lo han nombrado padrino de otros tantos y para muchos sigue siendo su confidente. Por eso sabe que hay traumas imposibles de superar para los secuestrados. Pesadillas, dificultades para dormir, delirio de persecución, miedo a enfrentarse a multitudes, pavor a quedarse solos, a la oscuridad... Pero su conexión más profunda es con los niños. A Nohra Valentina, la niña de diez años que paralizó el país durante los 19 días que duró secuestrada en Arauca, en 2011, le profesa un afecto especial. “Ya es una señorita”, dice. Cuenta que habla con ella y está pendiente de sus estudios, de sus aptitudes artísticas, la está viendo crecer. A Brigitte, la bebé de 17 días de nacida que fue raptada en un hospital de Bogotá en enero de este año, Gautibonza le regaló cuna, pañales y ropa, días después del rescate.

Guatibonza recuerda especialmente a Vytis Karanauskas, el niño lituano de tres años secuestrado por las Farc. El recuerdo es triste, porque lo encontraron en una caleta, en un foso oscuro y húmedo. “Sufrió mucho”, confiesa. Igual de conmovedora fue la historia de otro niño rescatado en un campamento guerrillero en el Huila al que no le cabía una sola picadura de mosquitos en su pequeño cuerpo. “Se necesita mucha sangre fría para hacerle eso a un niño indefenso”, sentencia, y agrega que los captores lo hacen porque saben que secuestrar a un hijo “arrodilla” a los padres y los hace pagar más rápido. Un niño no da mayores problemas, es sumiso, no intenta escaparse y responde ante las personas que les dan comida y los cuidan. Guatibonza reconoce que así como este delito posicionó a Colombia en una lista negra y macabra, también les dio a sus hombres y mujeres el título de ser los más conocedores de este flagelo en el mundo. Han ayudado a resolver casos en Ecuador, Honduras y Panamá. Cada tanto reciben comisiones extranjeras en la Escuela Antiextorsión y Antisecuestro para recibir formación y con frecuencia él mismo da conferencias en diferentes ciudades del mundo contando su experiencia persiguiendo estos delincuentes.

Ahora que ha logrado bajar las cifras del secuestro, le preocupan las de la extorsión, que van en aumento. Este delito está liderado por pequeñas bandas locales, casi de barrio, que se organizan y les cobran a tenderos, vendedores de plazas de mercado o conductores de buses, pequeñas sumas de dinero en efectivo. Pero de alguna manera se siente satisfecho porque, ad portas de un seguro traslado, cree que ha formado varias generaciones de investigadores y ya tiene listos a varios que podrían ser su reemplazo.

PERFIL DEL SECUESTRADOR

Hombre entre 25 y 45 años.Antecedentes delictivos: porte de armas, extorsión, robo y homicidio.Características: sabe negociar, tiene sangre fría para amenazar y está dispuesto a matar a la víctima en cualquier momento.Modus operandi: estudio detallado de víctimas, preferiblemente hombres entre 25 y 50 años. El secuestro se logra mediante engaños; es más fácil y barato que una operación armada.Cobro: entre 20 y 200 millones de pesos, cifras fáciles de recolectar por los familiares.

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Cifras sobre el Secuestro en Colombia