Se trata de una mujer de 69 años de edad, que conformaba junto con su familia la banda de los ‘González’, que traficaban estupefacientes en el occidente de la capital. imagen ilustrativa
Se trata de una mujer de 69 años de edad, que conformaba junto con su familia la banda de los ‘González’, que traficaban estupefacientes en el occidente de la capital. imagen ilustrativa

www.fuerzasmilitares.org (14JUL2015).- Luz Amparo González aparentaba ser una apacible abuela de 69 años dedicada a las labores del hogar y preocupada por el bienestar de su familia. O eso parecía de puertas para afuera.

Quienes conocían realmente a esta mujer sabían que tenía un pasado delincuencial y que era la jefa de una peligrosa organización dedicada al microtráfico de estupefacientes y conocidos como, los ‘González’.

Detrás de sus canas y de su actitud serena, los investigadores de la Policía descubrieron que se escondía la cabeza principal de una estructurada organización delincuencial que, con otros seis miembros de la familia, entre hijos, hermanos y primos, distribuía estupefacientes por buena parte de la localidad de Fontibón.

El aparato delincuencial de la mujer estaba tan bien armado, que luego de llegar a Fontibón contactó otra familia, los ‘Tiratoa’, para que se dedicaran a la distribución de marihuana y otras drogas ilegales. Y es que la comercialización no era menor, se calcula que a la semana vendían cerca de 10.000 dosis de marihuana, que en el mercado ilegal tenían un costo unitario de entre 4.000 y 5.000 pesos.

A pesar de su apariencia, lo cierto es que la adulta mayor ya había estado en la cárcel por secuestro y porte ilegal de armas. Los investigadores de la Policía también encontraron que años atrás, la matrona y su familia tuvieron que salir del barrio Tunjuelo (sur de la ciudad) por disputas entre bandas dedicadas a la distribución de estupefacientes.

El operativo

El ‘negocio’ parecía marchar sobre ruedas, hasta que a oídos de las autoridades llegaron las denuncias sobre el tráfico de drogas ilegales. Ahí arrancó la investigación, que tardó un año y que dio como resultado 11 inmuebles allanados y la captura de 22 personas, todas relacionadas con esta mujer. La Policía incautó 12 kilos de estupefacientes, dos armas y munición.

En los 12 meses de pesquisas, los distribuidores de las drogas se mimetizaron al hacerse pasar como empleados en diferentes oficios y aparentando llevar una vida familiar humilde pero organizada. No en vano en la mayoría de las 11 casas, los investigadores encontraron que las ventas se hacían a pesar de que en estas residencias vivían niños.

La comercialización de los estupefacientes estaba tan aceitada, que algunos de los vecinos no se percataron de que en estos lugares tenía lugar el comercio ilícito. Sólo una mujer propietaria de una casa cercana a una de las viviendas allanadas dijo que un mes antes vio cómo empezaron a llegar “‘ñeros’ en bicicletas” que golpeaban la puerta de sus vecinos y que no permanecían mucho tiempo allí.

Dentro de uno de los apartamentos allanados los agentes encontraron una caja herramienta de un hombre que decía ser obrero de la construcción, pero también la Policía halló cinco pacas de marihuana, una bolsa con al menos 20 dosis y dinero en efectivo en billetes de baja denominación. “¿Por qué se metió en esto?”, le preguntó uno de los agentes, “por las amistades”, respondió el sujeto.

La red de distribuidores operaba de la misma forma, tomaba en arriendo los inmuebles de inquilinato y desde allí distribuían las drogas. Para protegerse y mantener el negocio en marcha, todos vivían a escasas cuadras. De hecho, en uno de los allanamientos una mujer dijo que llamaran rápido a la tía -la mujer de 69 años-, ella ya estaba capturada.

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