El presidente Juan Manuel Santos y su homólogo de los Estados Unidos, Barak Obama, en la Cumbre de las Américas.Una bisagra es regularmente una pieza entre otras dos que sirve de punto de unión o articulación. El liderazgo internacional al estilo ‘bisagra’ —proyecto principal del gobierno— busca articular dos elementos claves en su entorno: el bloque latinoamericano y Estados Unidos. Un análisis de la política exterior Santos, durante sus dos primeros años, requiere identificar las posibilidades y los desafíos que ha enfrentado este nuevo intento por redefinir la identidad internacional colombiana.

Pero para mayor claridad, es esencial no confundir medios con fines. Una identidad internacional caracterizada por el liderazgo mediador es un mecanismo que sirve para alcanzar metas, mas no es un objetivo en sí mismo. Por tanto, una de las preguntas fundamentales que es necesario contestar para poder medir los costos y los beneficios de esta estrategia es: ¿Para qué quiere Colombia constituirse en líder ‘bisagra’? ¿Qué gana el país con ello? ¿Qué tipo de objetivos en el corto y el largo plazo se satisfacen con esta estrategia?

Hasta ahora, la respuesta más recurrente a esta pregunta es que ello contribuiría a mejorar la imagen del país en el exterior. Pero, de nuevo, una buena imagen es un medio, no un fin. Más específicamente: los colombianos hemos sufrido por largos años el costo de una identidad internacional definida alrededor de sus problemas (narcotráfico, conflicto, criminalidad), ¿cómo nos va a beneficiar el ser identificados como ciudadanos de un país ‘bisagra’?

Ahora bien, para que el liderazgo empiece a dar dividendos de cualquier tipo, debe contar con un nivel de aceptación, reconocimiento y legitimidad mínimo. Valdría la pena hacer una encuesta en la región para saber cuántos ciudadanos latinoamericanos ven a Colombia como un líder regional y me temo que muchos serán más proclives a ver a Brasil jugando ese papel. De la desbandada en la Cumbre de las Américas tampoco se puede deducir ningún nivel de aceptación del liderazgo colombiano por parte de los mandatarios de la región. En este plano no se ha avanzado prácticamente nada.

Y no es necesaria sino la intuición para saber por qué la cosa no ha funcionado. Para empezar, intentar hacerle la competencia a un Brasil grande, poderoso y con un aparato diplomático que de lejos supera el nuestro, no es realista. Adicionalmente, asumir el papel de articulador es un proyecto que se basa en la existencia de divisiones en el hemisferio que, seamos claros, existen pero que nadie está interesado en tramitarlas a través de Colombia, un país que lejos está de ser percibido como neutral o imparcial frente a Estados Unidos.

Unos (Venezuela, Bolivia y, en cierta medida, Ecuador) no tienen interés en negociar con la potencia del Norte (si algo, todo lo contrario) y, por tanto, el papel de un mediador no les podría interesar menos. Otros (Brasil, Perú y Argentina) están en condiciones de tramitar sus propias diferencias desde hace rato, y no quieren permitirle a Colombia que se erija como mediador porque ello sólo proyectaría una imagen de confrontación y gran distanciamiento con Estados Unidos que no corresponde a la realidad. ¿Conclusión? Nadie necesita un país ‘bisagra’. Si acaso, el único que puede estar relativamente interesado en tener un portavoz en la región es Estados Unidos. Insisto: un portavoz, no un mediador.

Dos cosas están claras: no se sabe qué ganamos con nuestro anhelado estatus de líderes ‘bisagra’ y nadie —fuera de las fronteras colombianas— reconoce o demanda ese nuevo papel que pretendemos jugar. Nos fuimos de un extremo al otro: pasamos de ser los indeseables y peligrosos a querer ser líderes regionales. Todo esto sin una reflexión nacional, sin saber por qué ni para qué y, más grave aún, sin siquiera estar preparados institucionalmente para semejante ambición.

*Profesora e investigadora del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes.

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