El presidente Santos y su ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, pasando revista a las tropas. / PresidenciaEl debate sobre la seguridad en los dos años del gobierno Santos está envenenado por uno de los peores ingredientes que puede tener un debate público: es una discusión llena de verdades a medias. Las verdades a medias son peores que las mentiras, porque las mentiras, una vez develadas, se desechan. Las verdades a medias, por ser verdades, son como las bacterias penicilinorresistentes. Tienen mayores posibilidades de supervivencia y afirman a quienes las predican en la persistencia tenaz.

Es una verdad que las políticas de seguridad han variado. Pero también lo es que, en esencia, son la continuación de la política de seguridad democrática que ejecutó el gobierno anterior, con un protagonismo destacado del hoy presidente Santos en su etapa de ministro de Defensa. Es cierto que la estadística de las acciones de las guerrillas ha aumentado, pero también es cierto que el cambio comenzó en 2008, de tal manera que se reparte entre los dos períodos presidenciales.

El gobierno actual muestra que las estadísticas de seguridad han mejorado en el conjunto nacional, pero también es verdad que se han deteriorado en regiones identificables con facilidad. La percepción de deterioro se da y el Gobierno aduce que no ha sabido comunicar los éxitos. Pero también es verdad que —independientemente de si se comunica bien o mal— la guerrilla ha encontrado la manera de hacerse visible, de presentarse como crecida y como una amenaza mayor de lo percibido por la opinión pública en los años anteriores.

El fin del fin se anunció antes del fin. Tal vez hubiera sido más adecuado plagiar de Churchill aquella frase inmortal que rezó así: “Este no es el fin; ni siquiera el principio del fin; es apenas el fin del principio”, para referirse al milagro de Dunquerque. Nadie pensó que fuera fácil derrotar a la insurgencia armada. Se la contuvo. Se le redujo de tamaño. Se le puso de presente la inutilidad del conflicto armado. Se le hizo patente su derrota política. Pero la inercia acumulada de la guerra no se podía detener sin más ni más. Se crearon expectativas que no consultaban la realidad de todas las guerras: son facilísimas de empezar, como las bolas de nieve, y también como estas, dificilísimas de terminar.

El debate debe volver a la medida de los debates justos. La medida es la objetividad y le esprit de finesse. Dejar que los hechos hablen y que los hagamos hablar sin deformarlos. Mirar lo cuantitativo y mirar lo cualitativo. Ponderar lo uno y lo otro. Desideologizar la discusión. La mirada ideológica hace ver lo que cada quien quiere ver y es por eso conveniente no usar las interpretaciones sesgadas con fines de plazo corto e interesado.

Los datos muestran que la seguridad ciudadana ha mejorado en el conjunto nacional. Muestran también que la actividad guerrillera ha aumentado. Eso es lo cuantitativo. Un examen de lo cualitativo muestra que el aumento de actividad guerrillera no es comparable al de los duros años 90. No muestran combates francos, ni tomas de poblados, ni bases militares o policiales copadas. Muestran hostigamientos, actividad de francotiradores, aumento del uso de las minas antipersonales, terrorismo urbano limitado, lanzamiento de explosivos contra poblados y destrucción de infraestructura. Muestran lo más difícil de controlar en una guerra irregular. Lo más fácil de realizar con un mínimo de exposición, pero también lo más costoso en términos de la posibilidad de avanzar políticamente. Los subversivos ganan exposición mediática, pero pierden la poca legitimidad que hubieran podido conseguir en el pasado.

Más allá de los análisis estadísticos está la necesidad política. Y la necesidad en este momento —la que siente la Nación— es la de rodear al Gobierno. No significa pedir unanimismo. No es descalificar la oposición, que harto se necesita. Es aprender algo que los colombianos no hemos podido conseguir en mucho tiempo: hacer política de mínimos. Si la sociedad rechaza la violencia y pide la paz, hacer de ese anhelo un mínimo posible de unidad. Se puede discrepar, ni más faltaba, pero coincidir en lo esencial. La paz es un valor por sí misma. No la paz como resultado de eliminar (¿milagrosamente?) todos los factores de insatisfacción y de violencia. Ni la paz sobre las cenizas de Colombia. Se trata de la paz como comienzo. Como comienzo de la construcción de una Colombia más justa, más segura y más amable. Todo lo que no se puede conseguir en guerra.

Por: Armando Borrero Mansilla. Sociólogo, exconsejero presidencial en seguridad y defensa.