Francisco Galán, exdirigente del ELN, habla de las condiciones necesarias para dar fin al conflicto y de su vida luego de su captura y su renuncia a la lucha armada.

María Jimena Duzán: ¿Le suena seria la nueva propuesta del ELN de abrir unos diálogos de paz con el gobierno Santos? 

Francisco Galán: Quiero responderle de esta forma: en los 60 años que llevan de existencia las guerrillas en Colombia este es el mejor momento para hacer la paz.

M.J.D.: No me respondió la pregunta. Y en cuanto a la frase, me parece haberla oído antes: eso mismo dijeron las Farc hace 20 años cuando el acuerdo de paz de La Uribe, y hace diez en el Caguán. Es más, usted la dijo mil veces cuando estaba adelantando las fallidas negociaciones de paz con el ELN. ¿Por qué ahora le vamos a creer? 

F.G.: No, yo nunca la he dicho, se lo aseguro. Y le respondo la pregunta que no le respondí antes: uno de los problemas que tuvo el ELN para hacer la paz es que nunca llegó a la convicción de que había que dejar las armas, decisión que, creo, no se ha tomado todavía. Y sin esta convicción, estas propuestas de diálogos de paz solo sirven para reeditar luchas políticas pero no para resolver el conflicto de manera definitiva, que es a donde tenemos que llevar la discusión. 

M.J.D.: ¿Pero si las guerrillas no están cerca de querer abandonar la lucha armada, ¿por qué dice que este es el momento propicio para hacer la paz?

F.G.: Por varias razones. La primera es que creo que las Farc y el ELN son conscientes de que no se van a tomar el poder. No solo porque están golpeadas, sino porque sus niveles de crecimiento ya no son los mismos y las movilizaciones que se han hecho en su contra son gigantescas. La segunda razón es que cuando yo estaba en la guerrilla siempre nos planteamos que los gobiernos jamás abordaban las causas del conflicto. Sin embargo, llega Santos y aborda un tema sustancial que originó este conflicto, como es el problema de la tierra, y plantea la Ley de Restitución de Tierras y la de Desarrollo Rural Integrado. ¡Hombre, yo creo que aquí hay un futuro político para las guerrillas! 

M.J.D.: Sin embargo, no es claro que las Farc y el ELN hayan visto esa oportunidad como usted la está viendo. Hay evidencias más bien de lo contrario: de que las Farc estarían oponiéndose a la Ley de Restitución de Tierras porque, como lo advierten los informes de la Superintendencia de Notariado y Registro, ellos mismos se habrían convertido en despojadores.

F.G.: No creo que las Farc ni el ELN sean terratenientes, aunque acepto que conozco menos el caso de las Farc. A lo que yo voy es que la guerrilla debería plantearse cuál es su principal valor agregado. Y yo pienso que hoy no son las armas, ni la política, que está tan desgastada: es el territorio. Y es en el territorio donde se ha de resolver el conflicto. Y este tipo de medidas económicas para el campo serían el espacio propicio para que la guerrilla dijera: 'dejamos estas armas y nos incorporamos a este proceso de desarrollo del campo'. Seguramente esa visión política nos permitiría encontrarles a ellos una salida jurídica para que no terminen en la cárcel. De lo contrario, volveremos al viejo esquema de negociaciones, que ya está agotado. 

M.J.D.: ¿Qué tan cerca estamos de que las guerrillas en Colombia lleguen a la convicción de desistir de la lucha armada?

F.G.: Si la guerrilla ya es consciente de que no se va a tomar el poder, debe estar empezando a preguntarse qué va a hacer con esas armas, con esos hombres. Lo cual nos lleva al cómo jurídico. Si lo único que les ofrece el Estado a los guerrilleros que dejen las armas es pasar el resto de los años que les quedan en la cárcel, van a preferir morirse en el monte. El Estado no tiene instrumentos jurídicos que le permita a ese comandante salirse de la guerra. Mire el caso del Erpac. 

M.J.D.: ¿El grupo paramilitar del difunto Cuchilllo que se quiso desmovilizar pero que no ha podido hacerlo?

F.G.: 300 hombres se presentaron ante la Justicia con la idea de entregarse y la Fiscalía lo único que pudo decirles es que no los podía recibir porque no había ninguna orden de captura en su contra. ¿Y sabe qué les dijeron? ¡Que si se iban a la vuelta de la esquina y cometían un delito, ahí si los podían coger!… Tantos años de violencia han forjado una sociedad apta para atender las necesidades de la guerra: cualquiera que se quiera incorporar a ella encuentra las facilidades para hacerlo, encuentra cuarteles, bacrim y guerrillas, pero el que se quiera incorporar a la paz no encuentra por dónde. 

M.J.D.: Si mal no estoy, eso es lo que está planteando este gobierno a través de ese nuevo marco para la paz.

F.G.: Sí, yo he estado asistiendo a todas las reuniones con Roy Barreras en el Congreso, pero creo que tal como está pasando no es suficiente. Por ejemplo, hubo un gran debate sobre si se le reconocía a los guerrilleros que dejaran las armas una favorabilidad política y eso se les negó. La propuesta tiene de bueno que ha hecho pensar a la guerrilla en un tema que antes no existía para ellos: el de la justicia transicional. Pero le repito: uno en la guerrilla empieza a pensar en estos temas solo cuando llega a la convicción de que hay que dejar la lucha armada. Antes no. 

M.J.D.: ¿Cómo fue que usted llegó a esa convicción?

F.G.: El día que yo tomé la decisión de abandonar las armas, lo hice de manera pública. ¿Y sabe qué me pasó al otro día… ¡Que me di cuenta de que me había quedado sin oficio!  No podía ser elegido a ningún cargo público porque fui condenado -incluso ahora salió una nueva ley que dice que tampoco puedo contratar con el Estado-. ¿Qué me pongo a hacer , me pregunté. ¿Cuáles son los nuevos objetivos de mi vida? 

M.J.D.: ¿Y cuáles son esos nuevos objetivos que se trazó?

F.G.: Cuando me capturaron fui llevado a Paloquemao y allí en un calabozo, sobre un colchón sucio, empecé retomar mi vida. Yo venía de ser un hombre muy ocupado en la guerra -dirigía los frentes del nororiente desde el oriente hasta Valledupar-, y de pronto me vi ahí solo en ese calabozo. ¿A dónde vine a parar, me pregunté. Fue entonces cuando tomé tres decisiones que aún no he culminado: la primera, que tenía que volver a encontrarme con Dios -yo fui seminarista, le recuerdo-. Segundo, que quería reencontrarme con mi familia: la guerra lo separa a uno de sus seres queridos y de los amigos. Un principio de la guerra es que toda persona es susceptible de ser su enemigo. Le enseñan a uno a desconfiar del otro, hasta el punto en que uno se va quedando solo. La guerra, María Jimena, es un acto de soledad. Usted termina adorando a un arma y confiando en ella a tal punto que se le vuelve la extensión de su cuerpo y de su espíritu. Y la tercera decisión que tomé fue la de buscar la paz. Al cabo de unos tres años, estando yo todavía en la cárcel, le mandé una comunicación al comando central del ELN diciéndole que podía observar con mayor objetividad y realismo al Estado por la ventana de una cárcel que desde la guerrilla. Pensaron que me había enloquecido. 

M.J.D.: ¿Y sí está lista esta sociedad para posibilitar esas salidas jurídicas distintas a la de encarcelar a los guerrilleros que quieran dejar las armas? 

F.G.: No, no la veo lista. Y el miedo que yo tengo es que si este conflicto no encuentra salidas ahora, va a terminar generando una nueva forma de violencia en el país. El empantamiento histórico que nos ha impedido buscarle una salida política a este conflicto ha llevado a que las guerrillas se degraden en sus objetivos; de la misma forma que, por no haber logrado darle una salida a los paramilitares, estos se han degenerado en las bacrim. Todos esos grupos ilegales que han quedado dispersos porque han sido producto de soluciones parciales podrían juntarse, y en territorios como Nariño pueden llegar incluso a disputarse el poder territorial. Me temo que hacia allá nos dirigimos si no aprovechamos este momento. 

Semana.com