‘Iván Márquez’, jefe de la delegación de paz de las Farc, junto a ‘Jesús Santrich’, plenipotenciario de la guerrilla. / EFEwww.fuerzasmilitares.org (12ENE2014).- El 11 de abril de este año se cumplen 50 años del inicio de la ‘Operación Marquetalia’ y de fundación de las Farc. Tal vez por eso el presidente Santos ha considerado que los astros están alineados para la paz de Colombia y las Farc han insistido en que ha llegado el momento de dejar las armas. Pero al mismo tiempo las partes han reconocido que este es el tiempo en que aparecen los nubarrones que han impedido por medio siglo un acuerdo de paz. Sin embargo, mañana, la mesa de diálogos iniciará un nuevo ciclo de conversaciones. El decimonoveno desde que empezó el proceso y el primero de 2014, un año que promete ser de noticias políticas.

Esta ronda da inicio a la discusión sobre el problema de las drogas ilícitas, que inicialmente era el cuarto punto de la agenda de diálogos, pero que fue adelantado porque, según dicen fuentes cercanas al proceso, existen importantes concordancias que permitirían evacuar pronto la materia. Incluso, El Espectador conoció que ya existe un borrador del acuerdo parcial y que las proyecciones son darlo a conocer en los primeros días de febrero. Este diario también supo que las fibras sensibles en este punto son la extradición de los comandantes de las Farc, la repatriación de Simón Trinidad —preso en Estados Unidos— y el compromiso de contribuir al desmonte del negocio ilícito por parte de la guerrilla, que significaría la reducción significativa de la producción de coca.

Al mismo tiempo, los equipos negociadores han entrado en un momento de recambios. La delegación del Gobierno fue reforzada a finales de año con la entrada de Nigeria Rentería y María Paulina Riveros, dos mujeres que van a aportar mucho en los temas de justicia transicional y derechos de las víctimas. Lo propio hicieron las Farc, que sorprendieron el pasado jueves con la noticia de que Guillermo Enrique Torres, más conocido como Julián Conrado, quien estaba preso en Venezuela desde junio de 2011, se integró a la delegación de La Habana. La noticia causó revuelo y la opinión pública buscó referencias del llamado “Cantante de las Farc”.

El expresidente Álvaro Uribe, en camino al Senado, puso el grito en el cielo y se despachó contra Santos afirmando que esta era la cuota adelantada de impunidad. Desde Cuba, la guerrilla explicó que Conrado forma parte del equipo de paz, pero que entrará como plenipotenciario hasta que se adelanten los tratamientos médicos que requiere “su precario estado de salud”.

Incluso circulan versiones acerca de que su traslado a La Habana no obedeció a motivos propios de las negociaciones, sino que existió una intención humanitaria, pues el cantautor de la guerrilla sufre graves quebrantos de salud. Otra interpretación sostiene que Conrado cumplirá importantes tareas para lograr la unidad entre las Farc y el Eln en materia de paz.

Pero más allá de si “El Cantante de las Farc” tiene o no ascendencia en la tropa o si representa a algún sector dentro de la guerrilla que no estaba satisfecho con los diálogos, o si su traslado a La Habana fue por motivos médicos, lo claro es que el gobierno Santos dio un claro mensaje de voluntad de paz al solicitarle a Venezuela desatender la solicitud de extradición y poner en libertad al jefe guerrillero. Más cuando el proceso electoral a Congreso y a Presidencia está a pocos meses y el presidente Santos quiere quedarse otro período en la Casa de Nariño, con la promesa de entregar un acuerdo de terminación del conflicto.

En realidad, las elecciones son las que más preocupan en la mesa de negociación. La amenaza de que el uribismo busca retomar el poder, y que el mismo expresidente Uribe encabezará la retoma, siembra muchas incertidumbres. Es por esto que en el Gobierno saben que el proceso de paz es la principal carta de campaña y que entre más avance, mayor apoyo tendrán los diálogos y mayores serán las probabilidades de ganar las elecciones. Entonces las cuentas en la Casa de Nariño son que antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales haya un acuerdo —así sea parcial— de todos los puntos o algo lo suficientemente avanzado para que impulse a Santos. Si este escenario no se da, se buscará que antes de la segunda vuelta, que sería en junio, haya un acuerdo final de terminación del conflicto.

Y es que el cronograma está tan apretado que el presidente Santos, como buen jugador de póquer, ha decidido tomar riesgos y ya confirmó que el próximo 28 de enero viajará a La Habana a un encuentro de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y no está descartado que el viaje sea aprovechado para puntualizar algunos detalles del proceso de paz que requieren su presencia. Y hasta hay quienes especulan acerca de un posible encuentro entre Santos y Timochenko. Sea lo que sea, lo único claro es que el proceso electoral ya se vino encima y el proceso de paz con las Farc es el principal tema del debate electoral.

Incluso la presencia del expresidente Uribe en el debate electoral ha contribuido a que el Gobierno replantee su posición respecto a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente. En principio el Ejecutivo rechazó de plano la idea, pero a medida que el panorama se ha ido aclarando, ha empezado a pensar que podría ser un escenario valioso para barajar de nuevo las cartas de la democracia colombiana, esta vez con las Farc, el Eln y los voceros de la extrema derecha. Para esto existen dos escenarios hipotéticos: incluir en el mecanismo de refrendación de los acuerdos una pregunta para que los colombianos digan si quieren o no una constituyente, o aceptar que la refrendación de los acuerdos sea mediante esa figura. Una idea que significaría aceptar que ese pulso lo ganaron las Farc.

Sea como sea, lo único claro es que el gobierno de Juan Manuel Santos tiene los días contados y que la campaña electoral se vino en medio de un proceso de paz y de una fuerte confrontación armada al mismo tiempo. Santos busca reelegirse y el expresidente Uribe retomar el poder. Un escenario político enturbiado y un debate electoral polarizado entre izquierda y derecha, entre paz y guerra.

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