Operación antinarcóticos de la Policía Nacionalwww.fuerzasmilitares.org (19ENE2014).- Entramos ahora en un período electoral en el que la controversia sobre lo que ocurra en La Habana se agudizará”. Estas palabras del jefe de la delegación del Gobierno en la mesa de conversaciones, Humberto de la Calle, incluidas en su primera intervención pública de 2014 el pasado 12 de enero, empezaron a cumplirse antes de lo esperado. El atentado perpetrado por las Farc en Pradera (Valle) este jueves, con saldo de un muerto y 56 heridos, exacerbó los ánimos, les dio tema a los candidatos y demostró que la paz será el epicentro del debate.

Un día antes había finalizado el cese al fuego declarado por las Farc desde el 15 de diciembre, resaltado por la Defensoría del Pueblo como una “sustancial disminución en la intensidad del conflicto”. Sin embargo, el bombazo en Pradera impactó de inmediato en el escenario político. El expresidente Uribe se despachó con varios trinos en su cuenta de Twitter. Otros candidatos hicieron lo propio. Como “un vil acto terrorista” lo calificó el presidente Santos, agregando: “Qué forma tan irracional y contradictoria la de actuar de las Farc”.

Más allá de la gravedad del hecho, la cadena de reacciones públicas al atentado en Pradera probó que la advertencia de Humberto de la Calle antes de emprender la primera ronda de negociaciones de 2014 era cierta. La campaña política para renovar el Congreso está caliente, y durante los próximos 50 días, antes del domingo 9 de marzo, defensores y detractores del proceso de paz van a sacarse chispas. De cómo queden configuradas estas fuerzas en el Legislativo dependerá en gran medida el futuro inmediato del proceso de paz.

Es probable que en el camino el Gobierno y las Farc firmen un tercer acuerdo, esta vez sobre la solución al problema de las drogas ilícitas, sobre la convicción de que impulsar un nuevo modelo agrario pasa por superar el flagelo del narcotráfico. Pero definitivamente la firma del acuerdo final, como se especuló en los últimos días de 2013 , no está cerca. El propio presidente Santos lo admitió el pasado viernes cuando descartó que sea antes de las elecciones presidenciales del 25 de mayo, aunque aseguró que será antes de concluir 2014.

En esa perspectiva, las prioridades del momento son otras. Si se logra el tercer acuerdo sobre la solución al problema de las drogas ilícitas antes del próximo 9 de marzo será crucial en el escenario político interno. Pero más allá de este avance se requiere un pacto o acta de compromiso entre las partes para garantizar la continuidad del proceso de paz, cualquiera sea el desenlace de la justa electoral. En otras palabras, el objetivo central es que se pueda convenir un blindaje a las negociaciones en La Habana, incluso con respaldo internacional.

El primer mandatario comenzará mañana una gira por Europa y está previsto que tanto en su agenda en España, como en el Foro Económico Mundial de Davos (Suiza), va a dejar el mensaje de que la paz de Colombia es una oportunidad para todos. Además, el próximo 28 de enero viajará a La Habana (Cuba) para participar en el encuentro de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Si el organismo expide una declaración de apoyo al proceso de paz entre Gobierno y Farc, Santos puede darse por bien servido.

En los últimos días se especuló que el jefe de Estado sostendría reuniones con la delegación de las Farc; sin embargo, la Casa de Nariño lo desmintió enfáticamente. Lo que sí es posible es que lo haga con sus delegados en la mesa de negociaciones, si para la época no ha concluido el actual ciclo de diálogo. No se descarta que tenga reuniones a puerta cerrada con el presidente Raúl Castro, e incluso con el propio Fidel, y el tema no puede ser otro que la paz de Colombia, un tema que para los Castro siempre ha sido una obsesión política.

Al margen de los movimientos políticos en La Habana o en su gira por Europa, no cabe duda de que a 50 días de las elecciones parlamentarias la prioridad está en Colombia. La incógnita del momento radica en establecer qué tantos escaños puede alcanzar el Centro Democrático, con el expresidente Álvaro Uribe a la cabeza. Su sola presencia en el Capitolio Nacional causa preocupación en la Casa de Nariño, y si su bancada es amplia mucho más. Por eso, la obsesión del Gobierno es garantizar las mayorías de la Unidad Nacional.

El oficialismo liberal acompaña a Santos y el atractivo de pesos pesados como el exministro Horacio Serpa o la exfiscal Viviane Morales son prenda de garantía. Su apuesta es la misma del presidente: respaldo absoluto al proceso de paz. Cambio Radical, con menos fuerza electoral, también está de su lado y tiene a Germán Vargas como su jefe de campaña. Escéptico frente al proceso de diálogos en La Habana, pero clave en el escenario político porque hoy por hoy es el favorito de las encuestas, al lado del general (r) Óscar Naranjo.

En cuanto al Partido de la U, después de la desbandada de quienes migraron al uribismo, como los senadores Juan Carlos Vélez y Liliana Rendón o el representante Miguel Gómez, la colectividad tiene el aval del presidente. De hecho, Santos, por razones legales, tiene que vestir la camiseta de la U en su aspiración a reelegirse. Tiene sonoros refuerzos políticos, como el excomandante de las Fuerzas Militares general (r) Freddy Padilla de León o el líder cristiano Jimmy Chamorro, y, lo más importante: apoyo al proceso de paz.

Sin embargo, para enfrentar al expresidente Uribe, fuerte en Antioquia y otras regiones, las cuentas no están claras ni son suficientes. Falta que el conservatismo, que el 26 de enero tendrá convención nacional, tome decisiones. La del presidente Santos es no dejar que se vayan de la Unidad Nacional. Pero las cosas no son fáciles en las toldas azules. Una facción del partido, encabezada por la exministra Marta Lucía Ramírez, quiere irse con el uribismo. El oficialismo prefiere al Gobierno. A la hora de la verdad, la paz va a ser el tema de discordia.

En cuanto a la izquierda, el miércoles en la noche en la Casa de Nariño quedó claro que Santos la necesita. A pesar de los reclamos del senador Jorge Robledo, la presencia en ese encuentro del representante Iván Cepeda, de los voceros de Marcha Patriótica, Piedad Córdoba y Carlos Lozano, y de la candidata presidencial por la Unión Patriótica, Aída Avella, constituyen una demostración de que la paz es argumento para tender puentes. En el fondo se trata de asegurar mayorías en el Congreso para que el proceso en La Habana siga su marcha.

El Partido Verde y los Progresistas, ahora llamados Alianza Verde, también apoyan los diálogos de La Habana, pero en la actual coyuntura política están alinderados en una causa aparte: defender a Gustavo Petro. Y ahí surge el otro lío que tiene que resolverse mientras el Congreso se renueva: ¿cómo se va a definir el dilema de la destitución del alcalde de Bogotá? Otra disyuntiva para el presidente Santos. Con un agravante: hoy por hoy nadie sabe qué va a pasar en este asunto. Lo único cierto es que hay que hilar delgado para no equivocarse.

En el fondo de las posibles alianzas, los trueques políticos o las componendas de última hora, los diálogos de La Habana son el tema determinante de la campaña. Santos aspira a reelegirse y necesita mayorías en el Congreso para sacar adelante esta empresa. Sin leyes que les pongan piso a los acuerdos con las Farc en Cuba el tema cojea. Además, se necesita un poder legislativo que haga viable las leyes de justicia transicional que salde las cuentas penales. Es decir, si se quiere llegar a la paz con las Farc, se necesita un Parlamento dispuesto a ella.

Después del 9 de marzo, cuando se definan las cuentas, empezará la otra pelea: la justa presidencial. Aunque en apariencia Santos no tiene rival a la vista, necesita ganar en primera vuelta. De no hacerlo, puede surgir una tercería de la que nada se sabe, pero, sobre todo, el dilema de las alianzas cambia. Y el Gobierno necesita que la perspectiva de llegar a la paz, y cerrar el capítulo de la guerra con las Farc, se imponga. Un escenario que empieza en 50 días, cuando Colombia elija al Congreso que va a hacer las leyes entre los años 2014 y 2018.

Hasta ahí la política. Lo demás es la guerra, y ésta continúa, como se demostró el pasado jueves en Pradera (Valle). La ofensiva de las Fuerzas Militares no va a detenerse, como ha insistido Santos, y en el fondo el primer mandatario sabe que un golpe resonante contra algún jefe guerrillero suma votos. Si en el camino se formaliza un cese de hostilidades unilateral de la guerrilla, al Estado le sirve. Pero las Farc también saben qué quieren y lo hicieron saber el pasado lunes en una diatriba contra Santos poco divulgada.

Al criticar su postura en el acto de clausura de los cursos de Altos Estudios Militares en el ocaso de 2013, le pasaron una cuenta de cobro por la forma en que se presentó como el hombre que llevó con actos de guerra a una mesa de negociación a las Farc, pero dejaron claro cuál es su norte específico en estos tiempos electorales: canalizar la inconformidad y la fuerza, incluyendo el voto en blanco y la abstención, y privilegiando “la exigencia de una Asamblea Nacional Constituyente por la paz”, antes que la perspectiva electoral de siempre.

Todo está por verse. 2014 parece ser el año definitivo, justo cuando se cumplen 50 años desde que las Farc se constituyeran en grupo armado rebelde en busca del poder. Nunca antes se había visto tan cerca el final de este conflicto. Ya no vive Manuel Marulanda, el fundador de esta guerrilla. Tampoco el Mono Jojoy, que la convirtió en una máquina de guerra. Ni siquiera Alfonso Cano, que moldeó su ideología. Pero los que persisten no son aprendices de guerra ni meros campesinos. Ahora manda una generación que quiere hacer la paz con un presidente que también la busca.

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