Novedosa o no, la idea es excelente, por razones que van mucho más allá del ahorro de tiempo y dinero.

Los presidentes de México, Colombia, Perú y Chile hicieron algo muy inteligente días atrás, que podría ahorrarle a Latinoamérica muchísimo tiempo, dinero e insufribles discursos en el futuro: celebraron la primera cumbre virtual de la región.

Los cuatro líderes, que se disponen a lanzar un bloque de libre comercio en junio, el cual será conocido como la Alianza del Pacífico, hablaron a puertas cerradas por teleconferencia durante una hora, el 5 de marzo. Cada uno de ellos estaba sentado ante una mesa semicircular, flanqueados por sus respectivos ministros de Relaciones Exteriores y Economía, frente a televisores de alta definición en los que podían ver a sus contrapartes en escenarios similares.

El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, dijo más tarde que había sido una reunión “histórica”, porque “no tenemos conocimiento de que se haya realizado en el mundo una cumbre presidencial virtual”.

Cuando pregunté al respecto, un funcionario de la Casa Blanca me dijo que el presidente Barack Obama ha tenido reuniones bilaterales vía teleconferencia con los líderes de Gran Bretaña, Afganistán y otros países, pero que no ha participado en ninguna cumbre virtual con varios integrantes.

 

Novedosa o no, la idea es excelente, por razones que van mucho más allá del ahorro de tiempo y dinero.

Latinoamérica tiene tantas cumbres presidenciales que no sería extraño que ostente el récord mundial en la materia. Y, por lo que he visto, cubriendo docenas de estas cumbres en las últimas tres décadas, casi todas esas reuniones son una seguidilla de discursos emotivos, llenos de fervor patriótico, pero que rara vez producen resultados concretos.

Hay más de una docena de cumbres latinoamericanas económicas al año, varias políticas, sin contar las latinoamericanas con Estados Unidos, las que se hacen con países europeos, con naciones asiáticas, y las reuniones bilaterales.
Casi todas ellas son costosos ejercicios de turismo político, en la que los presidentes llevan enormes séquitos de funcionarios y periodistas en sus aviones presidenciales, y hacen sus discursos para el consumo doméstico. De hecho, al igual que en las Naciones Unidas, en estas cumbres los presidentes no hablan entre sí, sino con sus audiencias en sus respectivos países.

¿Recuerdan cuando el presidente venezolano, Hugo Chávez, estrechó la mano del presidente Obama en la Cumbre de las Américas del 2009, y le entregó un libro que culpaba a Estados Unidos de todos los problemas históricos de Latinoamérica? ¿O de cuando el expresidente colombiano, Álvaro Uribe, señalaba a Chávez con el dedo índice en las cumbres, acusándolo de estar armando a la guerrilla colombiana?

Estos y otros gestos grandiosos en las cumbres ayudan a los presidentes a subir en las encuestas, pero muchas veces no sirven para más que eso.

Recientemente, le pregunté al expresidente peruano Alan García, quien dejó el cargo el año pasado, y que asistió a la mayoría de estas reuniones, si todas ellas sirven para algo. García se rió, y meneó negativamente la cabeza.

“Cada presidente va con su discurso hecho”, me dijo García. “Es un diálogo de sordos”.

García señaló que “normalmente, se llevan sus canales de televisión de su propio país. Sus delegaciones parecen caravanas de camellos en el desierto”, agregando que él solía viajar en aviones de línea, con una delegación muy pequeña.

(Mientras él hablaba, no pude evitar recordar que una de las primeras cosas que hizo Chávez al asumir el poder fue comprarse un nuevo avión presidencial Airbus A 319CJ, de 78 millones de dólares, y los presidentes Rafael Correa (Ecuador) y Evo Morales (Bolivia) siguieron sus pasos, adquiriendo costosos jets presidenciales apenas iniciando sus administraciones).

“Van con su discurso aprendido, a leerlo, y a echarle la culpa a alguien de sus problemas –casi siempre al Tío Sam, o si no al ‘horroroso’ sistema financiero internacional–, en vez de hacer su tarea”, continuó diciendo García. “Y su labor no es buscar reelecciones, ni aceptaciones momentáneas en las encuestas, sino dejar obras a favor del pueblo”.

Cuando le pregunté cómo hacer para que estas cumbres sean más productivas, me respondió que habría que realizarlas “dos días por año” en el mismo sitio, juntando todas las cumbres subregionales y de las temáticas específicas, en el mismo lugar y en la misma ocasión.

Los presidentes de México, Colombia, Perú y Chile, quienes se disponen a lanzar un bloque de libre comercio Alianza del Pacífico, hablaron a puerta cerrada por teleconferencia durante una hora.
ANDRES OPPENHEIMER