Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo, Iván Márquez y Pablo Catatumbo.
Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo, Iván Márquez y Pablo Catatumbo.

www.fuerzasmilitares.org (18MAR2015).- “Las negociaciones entre el gobierno colombiano y las FARC en La Habana ya alcanzaron su punto de no retorno, es evidente que ahora toda la narrativa colombiana sobre el conflicto gira alrededor de la negociación y no más sobre la guerra. Esto incluye a quienes están en desacuerdo con el proceso. Ya no se habla de no, sino de cómo”. Quien esto escribe no es un colombiano llevado por la emoción de ver la posibilidad del fin del conflicto armado sino un serio analista extranjero. Se trata de Joaquín Villalobos, exmiembro de la guerrilla salvadoreña y ahora un reputado estudioso. Su afirmación está en la edición electrónica del diario El País.

Para Villalobos la guerra se acerca a su fin. “El cese de fuego de las FARC, la suspensión de los bombardeos por el Gobierno y el inicio del desminado son anuncios extraordinarios; las FARC renuncian a su principal arma defensiva y el Gobierno a su principal arma ofensiva. La guerra está virtualmente terminada, ahora el problema es terminar la negociación”.

Villalobos dice que “existen tres últimos obstáculos importantes: el ELN, una guerrilla más pequeña que las FARC, se resiste a un acuerdo realista que la sume al proceso; la lentitud de las FARC y las dificultades que representa la justicia para tratar las atrocidades cometidas por distintos actores durante el conflicto. Muy a pesar de esto, el peligro ahora no es el regreso a la guerra, sino el empantanamiento del proceso y la pérdida del sentido político del tiempo. El gobierno actual tiene en la práctica menos de tres años en los que debe firmar e implementar; Venezuela y Cuba tienen sus tiempos determinados por graves problemas económicos y políticos; en Estados Unidos podría llegar el próximo año un gobierno que ya no sea tan favorable al proceso; la disposición de Europa para ayudar a reducir los problemas con la Corte Penal Internacional no será eterna y finalmente una negociación prolongada se volverá todavía más impopular entre los propios colombianos”.

Agrega que “la práctica paralización de la guerra entre el Gobierno y las FARC convierte al ELN en el principal objetivo militar del Estado. Esto implica que se concentrarán sobre este grupo guerrillero todas las capacidades policiales y militares de la poderosa y eficaz fuerza pública de Colombia. En términos generales, tanto la lentitud de las FARC como la resistencia del ELN responden a un problema de carácter político religioso. Las insurgencias no son lentas para negociar sólo por estrategia o táctica, sino porque cada acuerdo puede constituir para estas un pecado ideológico. Esto se complica cuando deben explicar los acuerdos a unos seguidores con los que por mucho tiempo rezaron otra verdad”.

Asegura que “la prolongación de la negociación por parte de las FARC y la decisión del ELN de no aceptar un acuerdo a la medida de sus fuerzas van en contra de sus propios intereses. La guerrilla guatemalteca se tomó muchos años negociando, terminó derrotada y los acuerdos que firmó no se cumplieron. Lo perfecto es enemigo de lo posible. En Colombia el predominio de una narrativa de paz y una realidad que evidencia el final del conflicto reducirán la autoridad de los dirigentes y minarán la moral de los guerrilleros.

Es comprensible que el ELN y las FARC tengan dificultades para romper sus amarres ideológicos, pero el pragmatismo se les ha vuelto una emergencia política. No existen las revoluciones sociales de mesa y decenas de victorias electorales de la izquierda en Latinoamérica demuestran que las armas ahora no ayudan, sino que estorban”.

Para Villalobos viene un problema enorme: “La historia colombiana generó dos realidades que lucen como dos países distintos, una Colombia rural salvaje que asusta y una Colombia bogotana sofisticada que asombra. La primera ha vivido dominada por paramilitares y guerrilleros y la otra ha vivido dominada por abogados y gramáticos. Esto plantea los riesgos de una lucha entre extremismo ideológico y extremismo jurídico en la última etapa del proceso de paz”.

Finalmente, les da un consejo a los insurrectos que insisten en retrasar una firma de paz: “A los insurgentes colombianos quizá sirva contarles que en Centroamérica, en medio de los debates y temores ideológicos que desataban las negociaciones para terminar los conflictos, el general Humberto Ortega, jefe del entonces Ejército Popular Sandinista, planteó que nuestra consigna en aquellas circunstancias debía ser: 'patria o muerte, transaremos' y efectivamente transamos con mucho éxito”.

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