AlhucemasNo pueden jugar al fútbol o al baloncesto en serio, o con las medidas habituales, porque no hay suficiente espacio y cuando salen a hacer ejercicio por las mañanas dan vueltas y vueltas hasta completar una distancia de decente. Son parte de los inconvenientes de vivir en la frontera, al límite sureste de España: en el Peñón del Alhucemas, separado del mar por Melilla y por el agua, por el idioma, por el pasaporte y los recelos de Marruecos, vive parte del Regimiento Mixto de Artillería nº 32. 

Se turnan y se relevan todos los meses y aunque no quieren dar cifras para no dar pistas (tampoco del armamento), conviven intensamente unos 30 miembros del ejército, bebiendo agua embotellada y esperando la comida perecedera que semanalmente les llega a través de los helicópteros Chinook. Su vida durante ese mes consiste en hacer instrucción, tareas de mantenimiento y vigilar que las posesiones españolas tan cercanas de Marruecos no sean ocupadas y reclamadas por el país vecino. A quien se acerca al Peñón le avisan de que está atravesando territorio español y que debe marcharse. No hay más contacto, no hay nada que decirse. Si un pescador marroquí se acerca imprudentemente se le echa.

La Isla de Tierra, como la Isla de Mar, forma parte de la vigilancia del Regimiento del Peñón de Alhucemas y fueron ellos los que llegaron al islote para inspeccionarlo una vez que la Guardia Civil había desalojado a los inmigrantes subsaharianos. En la isla, alguna vez hubo una valla, pero ya no existe. A veces realizan trayectos de inspección en una lancha para evitar que alguien intente llegar a territorio español. Se va con un megáfono y un traductor que suele ser de origen bereber y se pide que se abandone el lugar. Normalmente con éxito. 

Los militares están para disuadir los impulsos marroquíes de apropiarse del territorio español, y hasta hace muy poco el éxito era rotundo: el Peñón de Alhucemas y sus dos pequeños islotes eran lugares tranquilos. Sin problemas. Pero las mafias que pasan inmigrantes de Marruecos a España han descubierto que esas islas son el camino más corto y el que menos problemas presentaba hace una semana .

Tanto el Peñón de Alhucemas, como las islas de Chafarinas y el Peñón de Vélez de la Gomera son lugares de máxima tensión histórica entre Marruecos y España inversamente proporcional al valor de unas tierras sin nada aprovechable. El Ejército que vigila y vive aislado en ellos son la prueba de que el asunto es bastante serio. Los inmigrantes son actores secundarios, que no entienden el juego, pero lo sufren. Cuando Marruecos quiere presionar un poco a España, que se hable de esas islas, afloja la vigilancia, y de ese modo, los subsaharianos (que llevan meses viajando por África, que han cruzado la frontera marroquí por Oujda, que han llegado a Nador y que no han podido cruzar la alambrada de Melilla) encuentran el atajo de la Isla de Tierra, cercana, deshabitada. Y española. Además el Regimiento del Ejército del Peñón, en temas de inmigración, tan sólo puede disuadir, no actúa. 

Ceuta y Melilla

¿Sirve para algo mantener un grupo de militares, su gasto de manutención, sus extras y obligarles a la rutina en la que viven en unas isletas que lo único que producen son problemas? «Una vez que se ceda un palmo de tierra a Marruecos, en progresión, van a ir surgiendo más peticiones. Cuando sucedió lo de Perejil, la cosa quedó en tablas: se admitió como territorio en disputa. Pero si tú cedes en la Isla de Tierra, en la de Mar... luego, al final, eso puede desembocar en Ceuta y Melilla. Yo creo –asegura Antonio Alonso, profesor de Relaciones Internacionales del CEU– que Marruecos está tomando medida al nuevo gobierno español, a ver hasta dónde llega. Y ya no es una cuestión de seguridad de personas o de los países, es más una cuestión de soberanía, de territorio. Es un hilo que si lo sigues termina en Ceuta y Melilla. Ahora son españolas, pero es verdad que nada es inmutable, que todo puede cambiar. Sobre todo si uno insiste y otro muestra síntomas de flaqueza».

Perejil, hace diez años, fue el ejemplo claro de hasta dónde puede crecer la tensión. Si en Google Maps se busca «Isla de Tierra, España», el buscador ofrece un local llamado «Isla del Tesoro», en la calle Manuela Malasaña de Madrid. La opción de estos islotes no aparece. En cambio, Google no duda si se escribe Isla de Tierra. El mismo buscador te escribe: «Marruecos» y te muestra perfectamente el lugar. 

Marruecos ha intentando presionar a España con acciones aisladas. Y ha protestado cuando el ministro de Interior español aseguró que iba a llevar a la Guardia Civil al Peñón de Vélez. Son quizá los únicos lugares que podrían llevar a un conflicto a España, pero eso contrasta con la vida que en ellos se lleva. Ahora en la islas no se pasa más de un mes seguido, mientras antes se podían estar hasta seis o nueve meses viviendo, había que racionar el agua, esperar con ansia el correo que llegaba en el helicóptero, pero que si hacía mal tiempo, no aterrizaba. Aún hay que tener cuidado con el papel de váter: si se gasta se puede convertir en uno de los objetos más preciados. 

Mejor situación

Es evidente que ha mejorado la situación: ahora hay internet, funciona una desaladora para el agua de aseo y para que el estrés no afecte a los que viven allí, la estancia no supera el mes. El agua embotellada y la pintura, butano y otras materías peligrosas se trasladan a través del «Mar Caribe», uno de los remolcadores de la Armada. Los alimentos como la carne, el pescado o el pan se guardan en cámaras frigoríficas y el pan, según cuenta Beatriz Gonzalo, en un reportaje en la revista el «Ejército», se hornea tres veces al día. Se calcula uno por persona. Aunque a veces se queda corto.

Los miembros del Ejército, conscientes de donde van, no suelen meter en sus maletas nada de ropa civil, porque no es necesaria. Ni van a tener visitas oficiales, ni citas con extraños o extrañas a las que tengan que impresionar. La vida va a ser extremadamente rutinaria, así que en su maleta preparan la ropa, los elementos de defensa, el chaleco, la ropa de gimnasio y el chándal, que es lo más cómodo cuando no se está de servicio. 

Están totalmente alejados de la vida civil durante un mes. Nada que comprar, ni peluqueros ni contacto físico con nadie que no sea de su Regimiento. Hace años, los civiles podían visitar las islas y muchos que han estado allí las conocieron cuando de niños iban con sus padres. Ya no se permite. Vigilar, ver películas, internet, la televisión y bañarse, siempre, por lo menos, de dos en dos, por si ocurre algo, son sus diversiones. En uno de los foros de Chafarinas, comentan la anécdota de cuando se acercó un velero francés con una mujer en «topless» que hizo que se acumularan los hombres en las murallas. Era como vigilar, su trabajo esencial ese mes, mientras viven en la frontera.

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