Tropas del AfriComwww.fuerzasmilitares.org (23JUN2013).- El Golfo de Guinea. Lo dijo sin pizca de ironía o vergüenza. Esa era una de las grandes historias de éxito del Comando norteamericano en África: el Golfo… de Guinea.

No importaba que la mayoría de los norteamericanos no habría podido encontrarlo en el mapa o hubiera oído jamás de los países que se hallan en sus costas, como Gabon, Benín y Togo. No importaba que apenas cinco días antes de que yo hablara con el vocero principal de AFRICOM, The Economist se hubiera preguntado si el Golfo de Guinea estaba al bordo de convertirse en “otra Somalia” porque la piratería había saltado allí un 41% entre 2011 y 2012, e iba en camino se ser aún peor en 2013.

El Golfo de Guinea era una de las áreas primarias de África en las que la “estabilidad”, me aseguró el vocero del Comando, había “mejorado significativamente”, algo en lo que los militares norteamericanos habían jugado un gran rol. ¿Pero qué decía ello sobre las muchas otras zonas del continente que, desde que se montó el AFRICOM, han sufrido golpes, insurgencias, violencia y volatilidad?

Un examen cuidadoso de la situación de seguridad en África sugiere que está en proceso de convertirse en el Ground Zero de una auténtica diáspora del terror puesta en marcha tras el 11 de septiembre de 2001 y que sólo se ha acelerado en los años de Obama. La historia reciente indica que mientras las operaciones “estabilizadoras” de los Estados Unidos en África aumentaban, la militancia se esparcía, los grupos insurgentes proliferaban, los aliados abandonaban o cometían abusos, el terrorismo se incrementaba, el número de Estados fallidos se alzaba y el continente se tornaba más inestable.

El acontecimiento clave en este tsunami de retrocesos fue la participación de los Estados Unidos en la guerra que derribó al autócrata libio Muammar Gadafi, que ayudó a arrojar a Mali, un bastión contra el terrorismo regional apoyado por Washington, hacia una espiral descendente y provocó la intervención de los militares franceses con apoyo norteamericano. La situación podría empeorar aún más en la medida en que las Fuerzas Armadas norteamericanas se involucren más. Ya están expandiendo sus operaciones aéreas por todo el continente, emprendiendo misiones espía para los militares franceses y utilizando bases antes escondidas en África.

En 2000, un informe preparado bajo el auspicio del Instituto de Estudios Estratégicos del U.S. Army War College examinó el “entorno de seguridad africano”. Si bien se refirió a “movimientos rebeldes o separatistas internos” en “estados débiles”, así como a actores no estatales, como las milicias y los “ejércitos de señores de la guerra”, no mencionó el extremismo islámico o amenazas terroristas trasnacionales significativas. De hecho, antes de 2001, los Estados Unidos no reconocían organización terrorista alguna en la África subsahariana.

Poco después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, un alto oficial del Pentágono afirmó que la invasión norteamericana en Afganistán podría conducir a los “terroristas” hacia África. “Terroristas asociados con Al Qaeda y grupos terroristas locales han sido y continúan siendo una presencia en esta región”, dijo. “Estos terroristas amenazarán, por supuesto, instalaciones y personal norteamericanos”.

Presionado sobre peligros trasnacionales concretos, el oficial señaló los militantes de Somalia, pero eventualmente admitió que aún los más extremos islamistas de allí “no se han involucrado realmente en actos de terrorismo fuera de Somalia”. De modo similar, cuando se preguntó sobre conexiones entre el núcleo de Osama ben Laden en Al Qaeda y los extremistas africanos, ofreció apenas unos lazos débiles, como el “saludo” de ben Laden a los militantes somalíes que mataron a soldados norteamericanos durante el notorio incidente  “Black Hawk Down” de 1993.

Pese a ello, los Estados Unidos despacharon efectivos al África como parte del Combined Joint Task Force – Horn of Africa (CJTF-HOA: Fuerza Conjunta de Tareas – Cuerno de África) en 2002. Al año siguiente, CJTF-HOA se asentó en Camp Lemonnier en Djibouti, donde reside hasta hoy, en la única base oficialmente reconocida de los Estados Unidos en África.

Mientras CJTF-HOA empezaba a funcionar, el Departamento de Estado lanzó un multimillonario programa contraterrorista conocido como la Iniciativa Pan-Sahel para reforzar a las fuerzas militares de Mali, Níger, Chad y Mauritania. En 2004, por ejemplo, equipos de entrenamiento de las Fuerzas Especiales fueron enviados a Mali como parte de ese esfuerzo. En 2005, el programa se expandió para incluir a Nigeria, Senegal, Marruecos, Argelia y Túnez, y fue rebautizado como Trans-Saharan Counterterrorism Partnership (Sociedad Transahariana de Contraterrorismo).

En el New York Times Magazine, Nicholas Schmidle observó que el programa ha contemplado despliegues anuales de efectivos de las Fuerzas Especiales “para entrenar ejércitos locales en el combate contra rebeliones e insurgencias, y para evitar que ben Laden y sus aliados se expandan en la región”. La Trans-Saharan Counterterrorism Partnership y su programa aliado en el Departamento de Defensa, entonces conocido como Operation Enduring Freedom-Trans-Sahara, fueron, a su vez, subsumidos por el Comando Africa de los Estados Unidos cuando éste tomó la responsabilidad militar sobre todo el continente en 2008.

Como indicó Schmidle, los efectos de los esfuerzos norteamericanos en la región parecen contrastar con los objetivos declarados de AFRICOM. “Al Qaeda estableció santuarios en el Sahel y en 2006 adquirió una franquicia en África del Norte [Al-Qaeda en el Magreb Islámico]”, escribió. “Los ataques terroristas en la región se incrementaron tanto en número como en su carácter letal”.

De hecho, una mirada a la lista oficial de organizaciones terroristas confeccionada por el Departamento de Estado indica un aumento firme en el número de grupos radicales islámicos en África, a la par del crecimiento de los esfuerzos contraterroristas de los Estados Unidos en la región –con la adición del Grupo de Combate Islámico Libio en 2004, al-Shabaab de Somalia en 2008 y Ansar al-Dine de Mali en 2013.  En 2012, el general Carter Ham, entonces jefe de AFRICOM, agregó a los militantes islamistas de Boko Haram en Nigeria a su propia lista de amenazas terroristas.

La caída de Gadafi en Libia a manos de una coalición intervencionista que incluía a los Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, incrementó de modo similar el poder de una nueva tanda de grupos islamistas militantes como las Brigadas Omar Abdul Rahman, que han ejecutado múltiples ataques contra intereses occidentales, y Ansar al-Sharia, ligado a Al Qaeda y cuyos combatientes asaltaron las instalaciones norteamericanas en Bengazi, Libia, el 11 de septiembre de 2012, matando al embajador Christopher Stevens y otros tres norteamericanos. De hecho, justo antes del ataque, de acuerdo con el New York Times, la CIA estaba rastreando “una cantidad de grupos militantes armados en el interior y alrededor” de esa ciudad.

De acuerdo con Frederic Wehrey, un importante analista del Carnegie Endowment for International Peace y experto en Libia, este país es ahora “terreno fértil” para militantes que llegan de la Península Arábiga y otros lugares de Medio Oriente y África para reclutar combatientes, recibir entrenamiento y recuperarse. “Realmente se ha convertido en un nuevo lugar de conexión”, me dijo.

La Guerra de Libia respaldada por los Estados Unidos y los esfuerzos de la CIA en sus postrimerías son sólo dos de las muchas operaciones que han proliferado a lo largo del continente bajo el presidente Obama. Estas incluyen una campaña de la CIA y los militares en varios frentes contra militares de Somalia, consistente en operaciones de inteligencia, una prisión secreta, ataques con helicópteros y con drones, y raids de comandos; una fuerza expedicionaria de operaciones especiales (reforzada con expertos del Departamento de Estado) despachada para ayudar a capturar o matar al líder del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en inglés), Joseph Kony, y sus altos jefes en las junglas de la República Central Africana, Sudán del Sur y la República Democrática del Congo; un flujo masivo de fondos para operaciones contraterroristas en todo el África oriental; y, en sólo los últimos cuatro años, cientos de millones de dólares gastados en armar y entrenar tropas de África occidental para servir como instrumento norteamericano en el continente. De 2010 a 2012, AFRICOM quemó $836 millones mientras expandía su alcance en toda la región, en principio a través de programas para ser mentor, consejero y tutor de fuerzas militares africanas.

En años recientes, los Estados Unidos han entrenado y equipado soldados de Uganda, Burundi y Kenia, entre otros países, para misiones como la caza de Kony. También han servido como fuerza delegada de los Estados Unidos en Somalia, parte de la African Union Mission (AMISOM) que protege al gobierno apoyado por los Estados Unidos  en la capital del país, Mogadiscio. Desde 2007, el Departamento de Estado ha puesto su parte de unos 650 millones de dólares en apoyo logístico, equipo y entrenamiento para las tropas de AMISOM. El Pentágono ha agregado otros 100 millones desde 2011.

Los Estados Unidos también continúan financiando a los ejércitos africanos a través de Trans-Sahara Counter-Terrorism Partnership y su análogo del Pentágono, ahora conocido como Operation Juniper Shield, cuyo creciente apoyo fluye a Mauritania y Niger tras el colapso de Mali. En 2012, el Departamento de Estado y la Agencia de los Estados Unidos para el Desarollo Internacioal (USAID) derramaron unos 52 millones de dólares en programas, mientras que el Pentágono puso otros 46 millones.

En los años de Obama, el Comando norteamericano de África también ha construido un sofisticado sistema logístico conocido oficialmente como AFRICOM Surface Distribution Network, pero mencionado coloquialmente como la “nueva ruta de las especias”. Sus nudos centrales están en Manda Bay, Garissa, y Mombasa, Kenia; Kampala y Entebbe, Uganda; Bangui y Djema, República Central Africana; Nzara, Sudán del Sur; Dire Dawa, Etiopía; y la base modelo del Pentágono en África, Camp Lemonnier.

Además, el Pentágono ha conducido una campaña aérea regional utilizando drones y naves tripuladas que han despegado de aeropuertos y bases en todo el continente, incluyendo Camp Lemonnier, el aeropuerto Arba Minch de Etiopía, Niamey en Níger, y las Islas Seychelles en el Océano Índico, mientras que aviones de vigilancia operados por contratistas privados han volado misiones desde Entebbe, Uganda. Recientemente, Foreign Policy informó sobre la existencia de una posible base de drones en Lamu, Kenia.

Otra locación crítica es Ouagadougou, la capital de Burkina Faso, hogar del Destacamento Aéreo de las Operaciones Especiales Conjuntas y de la Trans-Sahara Short Take-Off and Landing Airlift Support initiative (iniciativa de apoyo aerotransportado para despegue y aterrizaje del trans-Sahara), que, de acuerdo con documentos militares, apoya “actividades de alto riesgo” ejecutadas por fuerzas de élite de la Fuerza Conjunta de Operaciones Especiales-Trans Sahara. El teniente coronel Scott Rawlinson, vocero del Comando de Operaciones Especiales en África, me dijo que la iniciativa provee “apoyo a la evacuación de emergencia de bajas a pequeños emprendimientos en equipo con naciones aliadas en todo el Sahel”, aunque los documentos oficiales observan que tales acciones han equivalido, históricamente, a sólo el 10 por ciento de las horas de vuelo mensuales.

Mientras Rawlinson se excusó de discutir el alcance del programa, argumentando preocupaciones de seguridad operacional, los documentos militares indican que se expande rápidamente. Entre marzo y diciembre de 2012, por ejemplo, la Trans-Sahara Short Take-Off and Landing Airlift Support initiative hizo 233 salidas. En solo los primeros tres meses de este año, hizo 193.

El vocero de AFRICOM, Benjamin Benson, ha confirmado a TomDispatch.com que las operaciones aéreas de los Estados Unidos conducidas desde la Base Aerienne 101 en Niamey, la capital de Níger, estaban proveyendo “apoyo para recolección de inteligencia a las fuerzas francesas que conducen operaciones en Mali y a otros socios en la región”. Rehusándose a entrar en detalles sobre misiones específicas por razones de “seguridad operacional”, añadió que, “en sociedad con Níger y otros países de la región, estamos comprometidos a apoyar a nuestros aliados… Esta decisión autoriza operaciones de inteligencia, vigilancia y reconocimiento en el interior de la región”.

Benson también confirmó que los militares norteamericanos han utilizado el Aeropuerto Internacional Léopold Sédar Senghor en Senegal para escalas de reabastecimiento, así como “el transporte de equipos que partipaban en actividades de cooperación en seguridad”, como misiones de entrenamiento. Confirmó un acuerdo similar para el uso del Aeropuerto Internacional Bole de Addis Abeba en Etiopía. Todo dicho, los militares de los Estados Unidos tienen actualmente acuerdos para utilizar 29 aeropuertos internacionales en África como centros de reabastecimiento.

Benson fue menos abierto sobre operaciones aéreas desde la Zona de Aterrizaje de Nzara, en la República de Sudán del Sur, sitio de uno de varios oscuros puestos de avanzada (incluyendo otro en Djema, en la República Central Africana, y un tercero en Dungu, en la República Democrática del Congo) que han sido utilizados por las fuerzas de Operaciones Especiales de los Estados Unidos. “No queremos que Kony y su gente sepan… qué aviones estar esperando”, dijo. No es un secreto, sin embargo, que los recursos aéreos norteamericanos en África y sus costas incluyen drones Predator, Global Hawk y Scan Eagle, helicópteros MQ-8, aviones EP-3 Orion, Pilatus y E-8 Joint Stars.

El año pasado, en sus operaciones siempre en expansión, AFRICOM planeó 14 grandes ejercicios conjuntos en el continente, incluyendo a Marruecos, Uganda, Botswana, Lesotho, Senegal y Nigeria. Uno de ellos, un evento anual conocido como Atlas Accord, vio a miembros de las Fuerzas Especiales norteamericanas viajar a Mali para realizar entrenamiento con fuerzas locales. “Los participantes fueron muy atentos, y pudimos mostrarles nuestras tácticas y ver las suyas”, apuntó el capitán Bob Luther, jefe de equipo del Grupo 19 de Fuerzas Especiales.

Mientras la guerra de Libia respaldada por los Estados Unidos derrocaba a Gadafi, los combatientes tuareg saquearon los extensos arsenales del régimen, cruzaron loa frontera con su Mali nativa y comenzaron a ocupar la parte norte del país. El enojo de las fuerzas armadas del país por la respuesta ineficaz del gobierno democrático a la rebelión terminó en un golpe militar. Fue liderado por Amadou Sanogo, un oficial que había recibido extensor entrenamiento en los Estados Unidos entre 2004 y 2010 como parte de la Iniciativa Pan-Sahel. Habiendo derrocado la democracia de Mali, él y sus oficiales se mostraron todavía menos efectivos al lidiar con los eventos en el Norte.

Con el país reuelto, los combatientes tuareg declararon un Estado independiente. Enseguida, sin embargo, rebeldes islamistas fuertemente armados de la local Ansar al-Dine, así como de Al Qaeda del Magreg Islámico, Ansar al-Sharia de Libia y Boko Haram de Nigeria, entre otros, corrieron a un lado a los tuaregs, ocuparon buena parte del norte, instituyeron una dura variente de la Sharia y crearon una crisis humanitaria que causó un vasto sufrimiento, expulsando a torrentes de refugiados.

Estos desarrollos plantean serios cuestionamientos sobre la eficacia de los esfuerzos contraterroristas de los Estados Unidos. “Este fracaso espectacular revela que los Estados Unidos probablemente subestimaron las complejas peculiaridades socioculturales de la región y malinterpretaron las realidades del terreno”, me dijo Berny Sèbe, un experto en África del Norte y Occidental de la University of Birmingham en el Reino Unido. “Esto los llevó a ser groseramente manipulados por intereses locales sobre los cuales tenían, al final, un control muy limitado”.

Tras una serie ulterior de victorias islamistas y extendidas atrocidades, los Fuerzas Armadas francesas intervinieron a la cabeza de una coalición de tropas de Chad, Nigeria y otros países africanos, con el apoyo de los Estados Unidos y los británicos. Estas fuerzas batieron a los islamistas, que entonces cambiaron sus tácticas a una guerra de guerrillas, que incluía atentados suicidas.

En abril, después de que un ataque de este tipo matara a tres soldados de Chad, el presidente de este país anunció que sus fuerzas, largamente apoyadas por los Estados Unidos a través de la Pan-Sahel Initiative, se retirarían de Mali. “El ejército de Chad no tiene la capacidad para enfrentar el tipo de combate de guerrillas que está emergiendo”, dijo. Mientras tanto, los remanente de los militares de Mali respaldados por los Estados Unidos que combatían junto a los franceses fueron señalados por gruesas violaciones a los derechos humanos en su afán por retomar el control de su país.

Después de la intervención francesa de enero, el entonces secretario de Defensa León Panetta dijo: “No está en consideración poner soldados norteamericanos en el terreno por ahora”. No mucho después, 10 efectivos norteamericanos eran desplegados para asistir a las fuerzas francesas y africanas, mientras que otros doce eran asignados a la embajada en la capital, Bamako.

Aunque se apresura a destacar que la espiral descendente de Mali tuvo mucho que ver con su gobierno corrupto, sus fuerzas armadas débiles y los crecientes niveles de descontento étnico, Wehrey, del Carnegie Endowment, observa que la guerra de Libia fue “un acontecimiento sísmico para el Sahel y el Sahara”. Justo de regreso de un viaje de investigación en Libia, añadió que los efectos de la revolución ya están extendiéndose más allá de la porosa frontera de Mali.

Wehrey citó recientes hallazgos del Grupo de Expertos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que monitorea el embargo de armas impuesto sobre Libia en 2011. “En los 12 meses pasados”, informó el panel, “la proliferación de armas de Libia ha continuado a un ritmo preocupante y se ha extendido hacia un nuevo territorio: África occidental, el Levante (la región oriental del Mediterráneo) y, potencialmente, incluso el Cuerno de África. Flujos ilícitos (de armas) del país están alimentando conflictos existentes en África y el Levante y enriqueciendo los arsenales de una lista de actores no estatales, incluyendo grupos terroristas”.

El colapso de Mali después del golpe liderado por un oficial entrenado por los Estados Unidos y de la huida de Chad del país son sólo dos indicadores de cómo han resultado los esfuerzos militares norteamericanos posteriores al 11 de septiembre en África. “En dos de los otros tres Estados sahelianos involucrados en la Iniciativa Pansaheliana del Pentágono, Mauritania y Níger, los ejércitos entrenados por los Estados Unidos también han tomado el poder en los pasados ocho años”, observó el periodista William Wallis en el Financial Times. “En el tercero, Chad, estuvieron cerca, en un intento en 2006”. Todavía otro complot para un golpe, que involucraba a miembros de las Fuerzas Armadas de Chad, fue descubierto, según se informó, a principios de esta primavera (septentrional).

En marzo, el general Patrick Donahue, comandante del Ejército norteamericano en África, dijo a la entrevistadora Gail McCabe que el noroeste de África estaba volviéndose crecientemente “problemático”. Al Qaeda, dijo, estaba trabajando para desestabilizar Argelia y Túnez. En septiembre pasado, de hecho, cientos de manifestantes islamistas atacaron la embajada norteamericana en Túnez y la incendiaron. Más recientemente, Camille Tawil, en el CTC Sentinel, la publicación oficial del Centro de Combate al Terrorismo de la Academia Militar de West Pointi, escribió que en Túnez los “jihadis están reclutando abiertamente jóvenes militantes y enviándolos a campos de entrenamiento en las montañas, especialmente en las fronteras de Argelia”.

La intervención francesa en Mali, respaldada por los Estados Unidos, también condujo al ataque terrorista de venganza en la planta de Amenas en Argelia. Ejecutada por la brigada al-Mulathameen, uno de varios grupos militantes ligados a al-Qaeda en el Magreb Islámico que están emergiendo en la región, causó la muerte de casi 40 rehenes, incluyendo a tres norteamericanos. Planeado por Mokhtar Belmokhtar, un veterano de la guerra contra los soviéticos en Afganistán en los ‘80 –respaldada por los Estados Unidos–, fue sólo la primera de una serie de respuestas a las intervenciones norteamericanas y occidentales en el Norte de África que pueden tener implicaciones mucho mayores.

El mes pasado, las fuerzas de Belmokhtar también se conjugaron con combatientes del Movimiento por la Unidad y la Jihad en África Occidental –otro grupo militante islamista más, de reciente reaparición—para ejecutar ataques coordinados contra una mina de uranio manejada por los franceses y una cercana base militar en Agadez, Níger, que mató al menos a 25 personas. Un ataque reciente contra la embajada francesa en Libia por obra de militantes locales también es vista como una represalia por la guerra francesa en Mali.

De acuerdo con Wehrey, del Carnegie Endowment, la entrada de los militares franceses allí ha tenido el efecto adicional de revertir el flujo de militantes, enviando muchos de regreso a Libia para recuperarse y buscar más entrenamiento. Los combatientes islamistas nigerianos expulsados de Mali han regresado a su tierra con nuevo entrenamiento y tácticas renovadas, asi como armamento pesado de Libia. Insurgentes islamistas extremos cada vez más endurecidos en batalla de dos grupos nigerianos, Boko Haram y el más nuevo y todavía más radical Ansaru, han escalado un conflicto que venía cocinándose desde hace tiempo en ese gigante petrolero de África occidental.

Durante años, las fuerzas nigerianas han sido entrenadas y apoyadas por los Estados Uniods a través del programa de Asistencia y Entrenamiento para Operaciones de Contingencia. El país también ha sido beneficiario del Financiamiento Militar Externo de los Estados Unidos, que provee préstamos y donaciones para comprar armamento y equipo norteamericanos, y para pagar entrenamiento. En años recientes, sin embargo, respuestas brutales de las fuerzas nigerianas contra lo que había sido una secta islamista marginal han transformado a Boko Haram en una fuerza terrorista regional.

La situación se ha vuelto tan seria que el presidente Goodluck Jonathan declaró recientemente un estado de emergencia en el norte de Nigeria. El mes pasado, el secretario de Estado John Kerry habló sobre “acusaciones creíbles de que las fuerzas de seguridad nigerianas están cometiendo gruesas violaciones a los derechos humanos, lo que, a su vez, sólo escala la violencia y alimenta el extremismo”. Después de que un militante de Boko Haram mató a un soldado en el pueblo de Baga, por ejemplo, las tropas nigerianas atacaron el lugar, destruyendo más de 2.000 casas y matando a unas 183 personas.

De modo similar, de acuerdo con un reciente informe de Naciones Unidas, el Batallón de Comando 391 del Ejército congolés, formado con apoyo de los Estados Unidos y entrenado durante ocho meses por fuerzas de Operaciones Especiales norteamericanas, tomaron parte más tarde en violaciones masivas y otras atrocidades. Huyendo del avance del recientemente formado y brutal grupo rebelde (no islámico) conocido como M23, sus efectivos se unieron a otros soldados congoleños para violar a cerca de 100 mujeres y más de 20 niñas en noviembre de 2012.

“Este magnífico batallón fijará una nueva marca en la continua transformación de un ejército dedicado y comprometido con el profesionalismo, la rendición de cuentas, la sostenibilidad y la seguridad significativa”, dijo el Brigadier General Christopher Haas, cabeza del Comando de Operaciones Especiales en África de los Estados Unidos en la graduación del batallón tras su entrenamiento, en 2010.

A principios de este año, el entrante comandante de AFRICOM, general David Rodríguez, dijo al Comité de Servicios Armados del Senado que una revision de la unidad encontró que “sus oficiales y soldados parecen motivados, organizados y entrenados en maniobras y tácticas de pequeñas unidades”, aun cuando había “sistemas limitados para medir la efectividad de combate y la performance del batallón en proteger a los civiles”. El informe de Naciones Unidas cuenta una historia diferente. Por ejemplo, describe a “un muchacho de 14 años… muerto de un tiro el 25 de noviembre de 2012 en la aldea de Kalungu, en territorio Kalehe, por un soldado del Batallón 391. El muchacho regresaba del campo cuando dos soldados intentaron robarle su cabra. Como intentó resistirse y huir, uno de los soldados le disparó”.

A pesar de años de asistencia militar norteamericana a la República Democrática del Congo, M23 ha dado serios golpes a su ejército, de acuerdo con Rodríguez, del AFRICOM, y está ahora desestabilizando la región. Pero no lo han hecho solos. De acuerdo con Rodríguez, M23 “no sería la amenaza que es hoy sin el apoyo externo, que incluye evidencia de apoyo del gobierno de Ruanda”.

Durante años, los Estados Unidos ayudaron a Ruanda a través de varios programas, incluyendo International Military Education and Training initiative and Foreign Military Financing. El año pasado, cortaron $200.000 en ayuda militar –una señal de desaprobación del apoyo de ese gobierno a M23. Aún así, como admitió Rodríguez ante el Senado a principios de este año, los Estados Unidos continúan “apoyando la participación de Ruanda en misiones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas en África”.

Después de años de asistencia norteamericana, incluyendo el apoyo de consejeros de las fuerzas de Operaciones Especiales, los militares de la República Central Africana fueron derrotados recientemente y el presidente expulsado por otro grupo rebelde recientemente formado (no islamista), conocido como Seleka. Poco después el jefe del ejército expresó su lealtad al líder del golpe, mientras la hostilidad de los rebeldes forzaba a los Estados Unidos y sus aliados a suspender su cacería de Joseph Kony.

Socio estratégico y bastión de los esfuerzos contraterroristas de los Estados Unidos, Kenia recibe alrededor de 1.000 millones de dólares en ayuda norteamericana cada año y elementos de sus fuerzas armadas han sido entrenados por las fuerzas de Operaciones Especiales norteamericanas. Pero en septiembre pasado, Jonathan Horowitz, de Foreign Policy, informó sobre denuncias de “escuadrones de la muerte del contraterrorismo de Kenia… que matan y desaparecen gente”. Luego, Human Rights Watch llamó la atención sobre la respuesta de los militares de Kenia a un ataque de noviembre realizado por un tirador desconocido que mató a tres soldados en el poblado de Garissa, al norte. El “ejército de Kenia rodeó el pueblo, evitando que nadie entrase o saliese, y comenzó a atacar a residentes y comerciantes”, informó el grupo. “Los testigos dijeron que los militares dispararon a la gente, violaron mujeres y atacaron a toda persona a la vista”.

Otro receptor de ayuda norteamericana de larga data, el ejército de Etiopía, también estuvo involucrado en abusos el año pasado, tras el ataque de un tirador contra una granja comercial.

En respuesta, de acuerdo con Human Rights Watch, miembros del ejército de Etiopía violaron, arrestaron arbitrariamente y atacaron a pobladores locales.

Las Fuerzas Armadas de Uganba han sido delegadas primarias de los Estados Unidos en lo que se refiere a controlar Somalia. Sus miembros, sin embargo, estuvieron implicados en golpear y aun matar ciudadanos durante los disturbios domésticos de 2011. Burundi también ha recibido significativa ayuda militar norteamericana y altos oficiales de su ejército han sido ligados recientemente con el tráfico ilegal de minerales, según un informe del grupo de control ambiental Global Witness. Pese a años de cooperación con los militares norteamericanos, Senegal parece hoy más vulnerable al extremismo y crecientemente inestable, de acuerdo con un informe del Instituto de Estudios sobre Seguridad (Institute of Security Studies, en inglés).

Y así sucesivamente en todo el continente.

Además del golfo de Guinea, el vocero en jefe de AFRICOM nombró a Somalía como otro importante caso de éxito de los Estados Unidos en el continente. Y es cierto que Somalía es ahora más estable de lo que fue durante años, aún cuando un debilitado al-Shabaab continúa realizando ataques. El vocero incluso señaló un informe reciente de la CNN sobre un flujo de turistas entrando al país en guerra y la construcción de un resort de lujo en una playa de la capital, Mogadishu.

Pregunté por otras historias de éxito de AFRICOM pero sólo esas dos le vinieron a la mente –y esto no debe sorprender a nadie–.

Después de todo, en 2006, luego de que surgiera AFRICOM, 11 naciones africanas se ubicaban entre las primeras veinte del Index de Estados Fallidos del Fondo por la Paz. El año pasado, el número había subido a 15 ( o 16, si se cuenta a la nueva nación de Sudán del Sur). En 2001, según la Base de Datos de Terrorismo Global del Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y las Respuestas al Terrorismo (en su nombre en inglés, National Consortium for the Study of Terrorism and Responses to Terrorism) de la Universidad de Maryland, hubo 119 incidentes terroristas en Africa subsahariana. Para 2011, el último año en el que hubo números disponibles, había cerca de 500. Un reporte reciente del Centro Internacional para Estudios sobre Terrorismo del Instituto Potomac para Estudios de Políticas Públicas contó 21 ataques terroristas en las regiones del Maghreb y Sahel de Africa del norte en 2001. Durante los años de Obama, los números han fluctuado entre 144 y 204 por año.

Del mismo modo, un análisis de 65.000 incidentes individuales de violencia política en Africa entre 1997 y 2002, reunido por investigadores vinculados al Instituto Internacional de Investigación por la Paz (International Peace Research Institute, en inglés) reveló que “la actividad islamista violenta aumentó significativamente en los últimos 15 años, con un aumento especialmente pronunciado a partir de 2010”.

Además, según la investigadora Caitriona Dowd, “también hay evidencia de una propagación geográfica de la actividad islamista violenta tanto en el sur como en el este del continente”.

De hecho, la tendencia refleja cruel e inquietantemente las declaraciones de los líderes de AFRICOM.

En marzo de 2009, luego de años de entrenar a fuerzas nativas y de cientos de millones de dólares gastados en actividades contraterroristas, el general William Ward, el primer líder del U.S. Africa Command, dio su discurso inaugural sobre el estado de situación en el Comité de Servicios Armados del Senado. Era sombrío. “Al-Qaeda”, dijo, “aumentó su influencia dramáticamente en el norte y el este de Africa en los últimos tres años, con el crecimiento de Al-Qaeda de Africa oriental, al Shabaab, y al-Qaeda en la Tierra del Maghred Islámico (AQIM)”.

En febrero pasado, luego de cuatro años más de compromiso militar, asistencia en seguridad, entrenamiento de ejércitos nativos y cientos de millones de dólares más en financiamiento, el nuevo comandante de AFRICOM, general David Rodriguez, explicó al Senado la situación actual en términos más ominosos. “La prioridad número uno del comando es Africa oriental, con foco particular en al-Shabbab y las redes de al-Qaeda. Esta es seguida por (movimientos) extremistas violentos y al-Qaeda en el Norte y Oeste de Africa y el Maghreb islámico. La tercera prioridad de AFRICOM son las operaciones contra el LRA (Lord’s Resistance Army)”

Rodriguez advirtió que “con la creciente amenaza de al-Qaeda en el Maghreb islamista, veo un mayor riesgo de inestabilidad regional si no la enfrentamos agresivamente”. Además de ese grupo, nombró como principales amenazas a al-Shabaab y Boko Haram. También mencionó los problemas planteados por el Movimiento por la Unidad y la Jihad en Africa Occidental y Ansar al-Dine. Libia, les dijo, estaba amenazaba por “cientos de milicias diversas”, mientras que M23 estaba “desestabilizando la región entera de los Grandes Lagos (de Africa central)”.

En Africa Occidental, admitió, también había un gran problema de tráfico de narcóticos. Del mismo modo, Africa Oriental estaba “experimentando un aumento en el tráfico de heroína a través del Océano Indico de Afganistán y Pakistán”. Además, “en la región Sahel de Africa del Norte, el tráfico de cocaína y hashish está siendo facilitado por, y beneficia directamente a organizaciones como al-Qaeda en el Maghreb islámico llevando a un aumento de la inestabilidad regional”.

En otras palabras, diez años luego de que Washington comenzara a volcar dólares de sus contribuyentes hacia esfuerzos de contraterrorismo y estabilidad a lo largo de Africa y que sus fuerzas comenzaran a operar en Camp Lemonnier, el continente ha experimentado cambios profundos, pero no los que los Estados Unidos buscaban. Berny Sèbe, de la Universidad de Birmingham, señala la Libia post-revolucionaria, el colapso de Mali, el surgimiento de Boko Haram en Nigeria, el golpe en la República Centro Africana, y la violencia en la región de los Grandes Lagos de Africa como evidencias de la creciente volatibilidad. “El continente es, ciertamente, más inestable hoy de lo que era a comienzos de los 2000, cuando los Estados Unidos comenzaron a intervenir más directamente”, me dijo.

A medida que la guerra en Afganistán –un conflicto nacido del efecto boomerang—llega a su fin, habrá mayores incentivos y oportunidades para proyectar el poderío militar de los Estados Unidos en Africa. Sin embargo, aún una lectura superficial de la historia reciente sugiera que este impulso difícilmente logre los objetivos de los Estados Unidos. Ya que correlación no equivale a causalidad, existe abundante evidencia que sugiere que los Estados Unidos han facilitado una diáspora del terror, poniendo naciones y poblaciones en peligro en toda Africa. En la estela del 11 de septiembre, oficiales del Pentágono fueron presionados duramente para que mostraran evidencia de una amenaza terrrista importante en Africa. Hoy, el continente está lleno de grupos militantes que crecientemente cruzan fronteras, siembran inseguridad y empujan los límites del poder estadounidense. Luego de diez años de operaciones estadounidenses para promover la estabilidad mediante medios militares, los resultandos han sido los opuestos. Africa se ha convertido en la central del retroceso.

TomDispatch.com, publicación original de este texto, en inglés.

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Nick Turse autor de este escrito, es el editor general de TomDispatch.com y fellow del Nation Institute. Periodista premiado, su trabajo se ha publicado en Los Angeles Times, The Nation y, con regularidad, en TomDispatch. Su libro más reciente, bestseller en la lista del New York Times, es Kill Anything that Moves: The Real American War in Vietnam (The American Empire Project, Metropolitan Books).