Al cierre de esta edición, aún faltaba por aclarar cómo los islamistas se tomaron el centro comercial. Tampoco se sabía cuántas víctimas dejó el ataque, pues parte del edificio colapsó y se temía que decenas de cuerpos estuvieran atrapados en los escombros.www.fuerzasmilitares.org (29SEP2013).- Sábado, día de compras, día de familia, día de descanso. De pronto, de la nada, la detonación seca de los fusiles AK-47, los gritos en las tiendas y los charcos de sangre en los pulcros corredores del West Gate Mall de Nairobi. “Cuando llegaron solo disparaban, no preguntaban nada, solo disparaban”, recordó una estadounidense que logró escapar. 

Fueron los primeros minutos de una pesadilla que duraría más de 80 horas, cuatro días de horror desatados por un comando islamista. Como en una mala película de serie B, el centro comercial, ese templo del consumo a la occidental, se volvió la última trinchera de una batalla absurda cuyos tentáculos se extienden por doquier. Un espacio globalizado para un conflicto globalizado, donde el terrorismo mostró su nueva cara, más invisible, más imprevisible, más mundial. 

“Estaba como a diez cuadras de ahí y de pronto mucha gente llamó a decir que tuviera cuidado. Empecé a ver helicópteros, oír movimiento, algunas detonaciones, pero no sabía qué estaba pasando, decían que era un robo”, le dijo a SEMANA Diana Puyo, una colombiana que vive en Nairobi donde trabaja para una ONG. Como casi toda la ciudad, se encerró en su casa. 

“Esos tres días nadie salió, circulaban muchos rumores, Nairobi quedó paralizada, todo el mundo estaba asustado. La gente aún cree que en cualquier momento algo puede volver a pasar”.

Un par de horas después de la toma, Harakat Al-Shabab Al-Moudjahidin (Movimiento de Jóvenes Muyahidines) revindicó el ataque. El grupo se formó en la vecina Somalia en los años noventa y en 2006, junto a otros grupos islamistas llenó el vacío de poder en que estaba ese país cuando cayó el gobierno transicional de Abdiqasm Salad Hassan, elegido en 2000. 

Pero los islamistas pronto enfrentaron la intervención de tropas de Etiopía patrocinadas por Estados Unidos y vencieron a Al-Shabab, que se lanzó a una guerrilla religiosa y nacionalista. En 2009 le juraron fidelidad a Al-Qaeda, lo que supuso la llegada de combatientes extranjeros y de fondos para seguir con la yihad, la guerra santa. 

Aunque se supone que se dividieron y debilitaron, en los últimos años lograron atacar Uganda, Kenia y Somalia, donde secuestraron y asesinaron trabajadores humanitarios. En 2011, para proteger sus intereses, Kenia envió soldados a Somalia y los  Al-Shabab prometieron vengar la invasión de su patria.

Desde entonces una amenaza latente flotaba sobre Kenia, el símbolo del renacimiento africano, una nación que atrae la inversión extranjera, repleta de expatriados de ONG, cosmopolita y con una relativa estabilidad política. Como explicó Puyo, “Westgate es uno de los mejores centros comerciales de Nairobi, ahí van los expatriados, pero también muchos kenianos e incluso africanos de los países vecinos que hacen ‘shopping’ en Nairobi. Atacarlo es atacar la Kenia que crece, la Kenia diversa, la Kenia integrada en la economía mundial. Para el país es un totazo”. 

Pero el ataque también reveló que los centros comerciales no son lo único que se globalizó. En medio de la balacera, varios testigos escucharon que los asaltantes hablaban en inglés. Aunque al cierre de esta edición aún no se conocía la identidad del comando, las autoridades sospechaban que islamistas de nacionalidad estadounidense, británica, sueca, finlandesa, rusa, canadiense, siria y somalí participaron en el asalto. Algunas víctimas señalaron que a la cabeza del grupo una mujer blanca, con acento británico, daba las órdenes. 

Las autoridades declararon que se podía tratar de Samantha Lewthwaite, conocida como la Viuda Blanca. Lewthwaite, de ojos claros y cabello castaño, nació en 1983 en Irlanda del Norte, donde su padre era soldado. En su adolescencia se convirtió al islam y en 2002 conoció a Jermaine Lindsay, británico de origen jamaiquino, que también abrazó la fe musulmana. El 7 de julio de 2005, cuando su esposa tenía ocho meses de embarazo y criaba a su hijo de 14 meses, Lindsay se voló en el metro de Londres y mató a 26 personas.

Samantha calificó de “repugnante” la acción terrorista y afirmó no saber nada de las andanzas de su marido. Pero poco después desapareció. Se cree que huyó a Somalia y se unió a Al-Shabab, con los que planeó varios atentados en Kenia. Al cierre de esta edición aún subsistían demasiadas dudas como para afirmar que la Viuda Blanca lideró el ataque. Lo poco que se sabía era que por lo menos 61 personas perdieron la vida, pero se temía que fueran más, pues un ala del edificio colapsó.

Y desde hace varios años está confirmado que decenas de occidentales, de origen somalí, han viajado a su patria para entrenarse y luchar con Al-Shabab. En forma recurrente las hambrunas, la pobreza y la violencia golpean a Somalia y cientos de miles de familias inmigraron. Hay grandes comunidades en Estados Unidos, Reino Unido, Suecia, Holanda y Noruega. 

En Minneapolis (Minnesota), 32.000 somalíes vive en la “pequeña Mogadiscio”, uno de los barrios más pobres del país. Según el FBI, desde 2007 más de 20 jóvenes combaten en ese país después de que les prometieran experimentar “la auténtica fraternidad”, que la “yihad sería divertido” y que podrían “disparar fusiles”. 

Con esa prédica, que mezcla superación personal, búsqueda de las raíces y desespero, el yihadismo recluta cientos de combatientes en los barrios populares de Occidente. El perfil es ideal: jóvenes con pasaportes y pasados que no son sospechosos, muchas veces hijos de inmigrantes, con la capacidad de mimetizarse en cualquier lado. 

En Siria un estudio del King’s College de Londres estimó que por lo menos 600 europeos de 14 países se unieron a grupos islamistas radicales. Y Estados Unidos calculó que 60 ciudadanos volaron a ese país, hoy epicentro de la yihad mundial. El miedo es lo que pueda pasar cuando estos jóvenes, radicalizados y entrenados, vuelvan a casa. 

Un fenómeno que muestra hasta qué punto el islamismo violento, que hasta hace poco se decía derrotado, mutó para volverse una amenaza global, invisible e impredecible. Según escribió la revista The Economist en su portada “ahora la red terrorista domina más territorio y recluta más combatientes que en cualquier momento de sus 25 años de historia”. 

No de otra manera se puede explicar la presencia en la retoma de Westgate y en las investigaciones posteriores de decenas de expertos israelís, estadounidenses o alemanes. Saben que justamente en Kenia Al-Qaeda dio su primer gran golpe en 1998 al atacar la embajada de Estados Unidos. Solo tres años después las Torres Gemelas colapsaban. 

AFP