Imagen de archivowww.fuerzasmilitares.org (02ENE2014).- 2013 pasará a la historia de África como el año en que murió Nelson Mandela. Sin embargo, en materia de paz y seguridad, este año que ahora acaba supone la confirmación de que el Sahel, esa enorme zona situada al sur del desierto del Sahara que atraviesa el continente de este a oeste, así como su zona de influencia, son el escenario de nuevos conflictos que protagonizan nuevos actores bélicos. De las viejas guerras africanas de los años noventa, como las de Angola, Liberia, Sierra Leona y el Congo, guerras mortíferas y atroces de machetes, amputaciones, niños soldado y diamantes de sangre en los que se peleaba por el poder y por los recursos, se ha pasado a los conflictos de Malí, República Centroafricana y Sudán del Sur, guerras asimétricas que surgen en la periferia de estados débiles que se alimentan de diferencias étnicas y religiosas. El Sahel y sus zonas próximas están en plena ebullición.

En los años noventa, un puñado de guerras sacudían al continente africano. Los medios de comunicación de todo el mundo daban buena cuenta de la mortal guerra del coltán en el Congo (RDC), del largo conflicto angoleño o de las atrocidades de Liberia y Sierra Leona. La imagen que esos medios exportaban de África era la del machete y el kalashnikov. Sin embargo, a comienzos de la década pasada, esas guerras vieron su final, una paz frágil y luego violada en el caso de RDC, pero la estabilidad parecía tomar el relevo. Y así fue. África ya no es ese continente de violencia interminable que algunos parecen seguir vendiendo. Sin embargo, la relativa calma de los últimos años se ha visto truncada en este 2013 con el estallido de nuevos conflictos, la mayoría de ellos en el Sahel. No toda África está en guerra, pero este año no ha sido precisamente un remanso de paz.

A comienzos de enero, los grupos narcoterroristas y yihadistas que controlaban desde hacía nueve meses todo el norte de Malí comenzaron a avanzar hacia el sur del país. La incapacidad del Ejército para frenarles ponía en peligro a una inmensa nación que incluso podía convertirse en un estado terrorista, una suerte de Afganistán de los talibanes en pleno corazón de África. Francia decidió reaccionar y movilizó hasta 4.500 soldados en la llamada Operación Serval. Con el decidido apoyo de su aliado chadiano, el impresionante despliegue bélico galo lograba frenar este avance y recuperar las ciudades del norte en menos de un mes para luego dar caza a los radicales en fuga hasta sus bases en el desierto. Entre los cientos de fallecidos estaba Abu Zeid, uno de los más peligrosos, aunque el terrorista más buscado, Moctar Belmoctar, conocido como Mr. Malboro, pudo escapar.

Malí recupera ahora, lenta y dificultosamente, la normalidad. Porque nadie podía imaginar aquel mes de enero de 2013 que en el verano siguiente se iban a celebrar unas elecciones presidenciales, que dieron la victoria a un antiguo primer ministro conocido por su inflexibilidad, Ibrahim Boubacar Keita, y que el capitán golpista que contribuyó a hundir al país en el abismo, Amadou Haya Sanogo, estaría en la cárcel a la espera de juicio meses después. Mientras tanto, adeptos del grupo terrorista Muyao siguen protagonizando algún que otro ataque en el norte del país, con coches bomba o lanzamiento de obuses, ante los ojos de los soldados africanos de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Malí (Minusma) o con ellos como objetivo, como ocurrió recientemente en Kidal.

Opacado por la mediatización del problema terrorista, el principal problema al que debe hacer frente Malí durante este año que ahora empieza es la cuestión tuareg. El proceso de paz con los rebeldes del Movimiento Nacional de Liberación del Azawad (MNLA), que contribuyeron como pocos a lo que ocurrió en el norte del país desde que se alzaron en armas en enero de 2012, avanza a trompicones. Siguen armados en su feudo de Kidal, donde el Ejército francés les ha permitido quedarse, y en difícil y conflictiva convivencia con los soldados malienses.

Otro país que ha atravesado un auténtico vía crucis en materia de seguridad y terrorismo ha sido Nigeria. El gigante africano, unos 120 millones de habitantes y principal productor de petróleo del continente, tiene un serio problema en el norte con dos grupos armados muy activos y sanguinarios, Boko Haram (que significa la educa-ción occidental es pecado) y Ansaru, una escisión de este. Más de 1.200 muertos en 2013, algunos de ellos fruto de la violenta represión del Ejército nigeriano que no ha dudado en responder con dureza, decenas de atentados y la declaración del estado de emergencia en tres regiones atestiguan que estamos ante una auténtica guerra no declarada, en la que, al igual que en el caso de Malí, el enemigo no es un ejército propiamente dicho ni tiene un proyecto político.

Pero si las guerras de Malí y Nigeria, así como la entrega de armas del M23 en la República Democrática del Congo tras la entrada en escena de la Brigada de Intervención de la ONU, dominaron la escena informativa durante buena parte de 2013, otros dos conflictos emergentes justo al sur del Sahel han venido a ocupar las noticias internacionales africanas. El primero de ellos se está desarrollando en la República Centroafricana. La rebelión Seleka, surgida en el norte del país, logró desalojar en marzo al presidente Bozizé y hacerse con el poder. Sin embargo, su unidad de acción, si alguna vez la tuvo, ha saltado por los aires y ha sumido al país en un caos de pillajes, violencia y muerte. La situación ha empeorado desde septiembre tras la aparición de las milicias cristianas anti-Balaka en respuesta a los abusos cometidos por los miembros de Seleka, mayoritariamente musulmanes. Y de nuevo ha sido Francia quien ha dado un paso al frente e intervenir enviando tropas a Bangui.

Y, para finalizar, la disputa por el poder en Sudán del Sur entre el presidente Salva Kiir, de la etnia dinka, y su ex vicepresidente Riek Machar, de la etnia nuer, degeneró el pasado 15 de diciembre en un conflicto en el seno del Ejército entre soldados de ambas etnias que ha provocado ya miles de muertos, muchos de ellos civiles asesinados por el mero hecho de pertenecer a una u otra comunidad. Viejas rencillas entre los dos grupos de población más importantes del país salieron a la luz y han provocado una grave crisis humanitaria en la nación más joven del mundo que vio la luz en 2011 tras desgajarse de Sudán en un proceso de independencia largo y complicado que también se gestó con un conflicto armado.

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