Un niño observa a miembros de las fuerzas de seguridad de Egipto que se disponen a disolver una manifestación de apoyo a Morsi, el viernes. / ALY HAZZAA (AP)www.fuerzasmilitares.org (19ENE2014).- Ni siquiera hablar en la mezquita es ya seguro. Ashraf Ismail, ingeniero de 31 años, busca el refugio de una moderna cafetería en el barrio de Maadi en El Cairo para hablar de su pertenencia, secreta pero más inquebrantable que nunca, a la cofradía de los Hermanos Musulmanes. El miedo, admite, lo siente a diario. Sobre todo porque tiene una hija de un año a la que no quisiera dejar sin padre. Pero la represión por parte del régimen solo le ha dado más determinación. “Somos parte de la hermandad porque creemos que nuestra fe, islámica, debe guiar nuestras acciones, también en la esfera pública”, dice. “Queda claro que hemos fallado, y es hora de buscar otros medios”.

Así llega Egipto al tercer aniversario del inicio de la revuelta popular, recordada en las calles de forma gloriosa como la revolución del 25 de enero, cuando las protestas hicieron a Hosni Mubarak caer, tras 30 años en el poder. Entonces, por 18 meses, los generales tomaron el poder, para entregarlo, tras elecciones libres, a los Hermanos Musulmanes. Gente como Ismail abandonó la clandestinidad para encontrar una nueva libertad que sería efímera. Egipto no estaba preparado para ver en el poder a un grupo islamista, aunque fuera moderado como la hermandad. Hoy se les llama, de nuevo, terroristas.

Un golpe de Estado en julio, seguido de una purga que ha provocado cientos de muertes, acabó con el gobierno de Mohamed Morsi. Para dotarse de un aire de legitimidad, el nuevo régimen, amparado por los militares, ha convocado una serie de consultas, como el referendo constitucional del martes y miércoles pasados que, según los resultados anunciados ayer, se aprobó con un arrollador 98,1% de votos favorables, y un 38,6% de participación, suficiente para que los generales interpreten que tienen un mandato popular para seguir adelante con su hoja de ruta. Lo siguiente serán elecciones presidenciales. El general Abdel Fatah al Sisi, ejecutor del golpe, sopesa presentarse.

Los Hermanos Musulmanes tienen a su cúpula en prisión. El mes pasado el Gobierno interino los designó “organización terrorista armada”. “¿Qué mas da? Ya nos mataban antes de declararnos grupo terrorista”, dice Ismail. Los medios a los que recurre la cofradía son, de momento, pacíficos. Pero sus miembros suelen recordar que en Egipto “hay otros grupos”. Se refieren a las milicias yihadistas que operan en la península del Sinaí, versadas en ataques contra los militares, y a células radicales que han atacado con explosivos zonas urbanas.

En las calles de Egipto, por muy alto que los partidarios del golpe griten consignas y traten de convencerse de que la deposición de Morsi “no fue un golpe”, hay algo evidente: se podrá silenciar, pero no erradicar a una agrupación muy bien organizada y acostumbrada a la clandestinidad, reprimida durante medio siglo. La clandestinidad es su medio natural. Debido a ese secretismo que enerva a sus oponentes no hay un censo claro de hermanos musulmanes. Actuales miembros como Ismail explican que ellos y sus simpatizantes votaron al entonces desconocido Morsi en la primera ronda de presidenciales en 2012. Serían pues unos 5,7 millones en un país de 80 millones.

A la revuelta de 2011 le han sucedido tres años convulsos con cinco elecciones que en su mayoría ganó la Hermandad. “Creo que el país no estaba preparado políticamente para un cambio tan súbito”, dice hoy Hisham Kassem, activista que asistió a la hermandad en los años noventa frente a una campaña de represión del régimen de Mubarak y hoy es muy crítico con ella. “Es lógico que se beneficiaran los Hermanos Musulmanes. Su base y organización son fuertes. El problema es la sorpresa que dieron al llegar al poder, mostrando su cara más fea. Se revelaron como una secta supremacista y radicalmente religiosa, tratando de controlar al poder judicial, a la policía y a las autoridades religiosas”.

Es una opinión muy extendida ahora, que casa con la decisión de declarar a la cofradía, nacida en Egipto en 1928, organización terrorista. A Morsi, detenido, se le juzga en varias causas, entre ellas las de conspirar con grupos extranjeros, como Hamás o Hezbolá, para avanzar el islamismo. Él y su gobierno han quedado retratados en el imaginario del país como unos enemigos de la seguridad nacional cuyos errores —y cometieron muchos— obedecieron a mala fe. “Nos dirigíamos a un imperio islámico, es lo que Morsi buscaba”, decía tras votar en el referendo Nadiman Mohamed Alí, una joven de 30 años de El Cairo. “No consideraban Egipto más que como parte de un gran califato”.

Pocos en Egipto consideran abiertamente la deposición a la fuerza del primer gobierno elegido democráticamente como un golpe de Estado. El nuevo régimen y sus medios afines, que son prácticamente todos, lo han bautizado como la nueva revolución del 30 de junio. La luz al final del túnel excavado por los militares es el rosario de elecciones que se celebra ahora. Primero, la consulta constitucional de esta semana. Luego las presidenciales. Finalmente, los comicios legislativos, para dotar al nuevo sistema de un parlamento que al menos aporte un marchamo de pluralidad ahora ausente.

Y los que se opongan, lo hacen por su cuenta y riesgo. Tres años después de la caída de Mubarak, vuelve a estar proscrita la disensión. La veterana comentarista Shahira Amin lo sabe bien. Trabajaba en la televisión estatal y dimitió en febrero de 2011 por la cobertura que esta daba a la revuelta contra Mubarak. Hoy los medios oficiales la acusan de ser una espía extranjera por oponerse a los generales. “Hemos vuelto a aquellos años en los que uno no podía criticar al Gobierno”, dice. “Me siento como si Mubarak se hubiera restituido, o peor, hubiera vuelto con más fuerza y represión”.

Mubarak de hecho está bien y en su casa, bajo arresto domiciliario, con algunas causas pendientes. Incluso pidió votar en el referendo constitucional de esta semana. La nueva carta magna hace perdurar parte de su legado: el del silenciamiento del islamismo, pues prohíbe los partidos religiosos, un intento de golpe de gracia contra la hermandad. Sin embargo, si tres décadas de Mubarak demostraron algo es que esa política de represión solo hace a los islamistas más fuertes.

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