Soldados ugandeses durante un operativo para encontrar a Joseph Kony en una zona boscosa entre la República Centroafricana, la República Democrática del Congo y Sudán del Sur. / Reuterswww.fuerzasmilitares.org (08ABR2014).- Es un hecho bien conocido que toda acción genera una reacción opuesta igualmente fuerte. Entonces, es apenas natural que Joseph Kony, uno de los hombres más buscados del mundo, se esconda en una de las regiones más inaccesibles y peligrosas del planeta, entre miles de kilómetros de selvas tupidas y una dura geografía que abarca territorio de por lo menos cinco países centroafricanos, varios de ellos con su propio conflicto interno y una larga fila de atrocidades, muertos y desplazados.

Líder religioso y comandante, Kony es una superestrella mundial: el protagonista de un famoso (aunque dudoso) documental que en 2012 lo convirtió en uno de los rostros más reconocidos en internet. Toda una contradicción de términos si se tiene en cuenta que su fotografía más popular data de 2006, cuando su milicia, el Ejército de Resistencia del Señor (LRA, por sus siglas en inglés), salió de Uganda para refugiarse en un área ubicada entre la República del Congo y la Centroafricana, dejando tras de sí la estela de una guerra luchada en buena parte por niños soldados: violaciones y mutilaciones fueron parte principal del repertorio del LRA en sus días en Uganda.

Sobre Kony pesan 33 cargos por crímenes de guerra y de lesa humanidad levantados por la Corte Penal Internacional (CPI). Encontrarlo es tarea actual de una fuerza conjunta de la Unión Africana de Naciones que lo busca con la ayuda de Estados Unidos, país que ha intentado darlo de baja desde 1991, cuando menos. En 2002 y 2008 se realizaron dos operaciones más para encontrar al comandante, ambas sin resultados y que terminaron por generar retaliaciones locales por parte del LRA, según reportó Salym Fayad a este diario en 2012.

Este mes, la administración Obama decidió subir su participación en la cacería de Kony al autorizar el despliegue de por lo menos cuatro aeronaves de transporte, así como de 150 uniformados, que se unirán a una fuerza ya existente de 100 soldados y asesores militares que desde 2011 proveen entrenamiento y logística para encontrar al comandante.

Las aeronaves entregadas para esta tarea son CV-22 Osprey, que tienen la facilidad de despegar verticalmente, como un helicóptero, pero volar como un avión de ala fija convencional. Con una capacidad para transportar 24 personas, este recurso pretende ser la ventaja estratégica que permita atrapar al elusivo guerrillero.

Si bien los soldados estadounidenses no pueden entrar en combate, al menos no oficialmente, su presencia en la región resulta interesante por varias razones. La primera es el aumento de efectivos de EE.UU. en Uganda (que subió a 300) después de la proclamación este año de la ley que criminaliza a los homosexuales en ese país, un hecho que la administración Obama condenó y que pondría sobre la mesa una posible revisión de la ayuda que su país le ofrece al gobierno ugandés (US$400 millones).

Lo otro que sobresale en el caso de Kony es que tanto él como su ejército no son una amenaza directa para los intereses de Estados Unidos: la agenda militar de Kony ha sido, principalmente, derrocar al gobierno de Uganda. Y en la consecución de este fin, el LRA terminó siendo uno de los actores primordiales en el embrollo político de una región complicada, por decir lo menos.

En los años noventa, Kony y su LRA sirvieron a los intereses del gobierno de Sudán, que luchaba entonces contra el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (SPLA en inglés) en el sur del país, región que terminó por adquirir independencia bajo la nueva Nación de Sudán del Sur en 2005. En el ajedrez de la región, Uganda apoyaba al SPLA y esto explica la colaboración de Kony con el gobierno sudanés.

El apoyo del gobierno sudanés no ha cesado del todo, según afirma Angelo Izama, periodista y bloguero ugandés, pero el campo de acción de Kony en Sudán se vio reducido con los acuerdos de 2005.

Su siguiente área de influencia fue la República Democrática del Congo, cuyo presidente, Joseph Kabila, sostiene una larga rivalidad con su par ugandés, Yoweri Museveni. “Esta puede rastrearse hasta finales de los años noventa, cuando Uganda ocupó parte del Congo. (…) Kabila prefiere ignorar oficialmente al LRA porque le sirve como contrapeso para la influencia ugandesa en el oriente de su país”, en palabras de Izama.

Hoy, Kony hace presencia en la República Centroafricana, el nuevo escenario para la muerte en África: medio millón de muertos, según cifras de la ONU, más de dos millones de personas que necesitan atención urgente y 400.000 desplazados, cuando menos. El enfrentamiento entre milicias musulmanas y cristianas ha obligado a un millón de personas a refugiarse en el interior del país, en zonas en las que se ha registrado la influencia del LRA.

En este escenario, la cacería de Kony (además del intento por capturarlo para llevarlo ante la Corte Penal) puede resultar un bien estratégico en una zona volátil, pues su detención o muerte dejaría por fuera a una milicia que, jugando siempre contra Uganda, ha enredado aún más el complejo entramado de África Central. Apresar a Kony quizá traiga algo de estabilidad a una región que, en medio de los conflictos y la debilidad institucional, puede convertirse en un territorio ideal para el extremismo de diferentes tendencias, como sucedió en Somalia, de acuerdo con una hipótesis de Hilary Matfess, académica especialista en África de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins.

La actividad militar del LRA ha decrecido en 75%. Su número de combatientes se calcula entre 200 y 300, y cinco de los comandantes más importantes han salido del campo de batalla; incluso hay reportes que indicarían que el segundo al mando, Okot Odhiambo, fue dado de baja el año pasado.

Con todo, la captura o muerte de Kony sería un golpe de popularidad para la Unión Africana, claro, pero también para sus asesores militares estadounidenses en tiempos en los que China parece ser la fuerza dominante en África: el comercio entre ambas partes supera los US$166.000 millones y la inversión china en la región se calcula en, por lo menos, US$40.000 millones. El nuevo edificio de la Unión Africana de Naciones, por ejemplo, fue donado por el gobierno de Pekín.

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