Por Helene Cooper y Mark Lander  | The New York Times

WASHINGTON.- En un nuevo intento de poner fin a más de un año de derramamiento de sangre en Siria, el presidente estadounidense, Barack Obama, impulsará la salida del poder de Bashar al-Assad con una propuesta que toma como modelo la transición de Yemen, otro país árabe golpeado por la violencia.

El plan convoca a un acuerdo político negociado que dejaría satisfechos a los grupos de oposición siria, pero que prevé que algunos elementos del gobierno de Al-Assad sigan en el poder. El objetivo es lograr una transición parecida a la de Yemen, donde después de meses de violenta agitación social, el presidente Ali Abdullah Saleh aceptó renunciar y entregar el control del país a su vicepresidente, Abdu Rabbu Mansour Hadi, a través de un acuerdo gestionado por los países vecinos de Yemen. Aunque luego fue elegido en una votación sin oponentes, Hadi es considerado un líder de transición.

El éxito del plan depende de Rusia, uno de los aliados más incondicionales de Al-Assad, que hasta ahora se opuso férreamente a su destitución.

El año pasado, Rusia bloqueó todas las acciones directas propuestas por el Consejo de Seguridad de la ONU contra Al-Assad, al argumentar que conducirían a su derrocamiento por la fuerza y a la clase de desenlace sufrido por Muammar Khadafy en Libia, quien fue asesinado, o por el ex presidente egipcio Hosni Mubarak, quien fue encarcelado y llevado a juicio. Pero Rusia enfrenta fuertes presiones internacionales para que utilice su influencia para lograr la salida de Al-Assad, mientras en Siria las matanzas no dan tregua.

El ejemplo de Yemen ha sido debatido ampliamente en Moscú, a tal punto que incluso en Estados Unidos esa alternativa ya se conoce como "la variante Yemenskii", utilizando la palabra rusa. En parte, ese debate refleja la desesperación de los rusos por solucionar la crisis en Siria, donde, según la ONU, miles de civiles murieron desde el comienzo de las protestas, en marzo del año pasado.

Según funcionarios del gobierno norteamericano, Obama presionará con su propuesta al presidente ruso, Vladimir Putin, durante su encuentro del mes que viene, el primero desde que Putin volvió a ocupar la presidencia.

Cuando Obama sacó el tema con Dimitri Medvedev en la reciente reunión del G-8 en Camp David, el primer ministro ruso pareció dispuesto a aceptarlo, según funcionarios norteamericanos, y habría señalado que Rusia prefiere esa opción a otras transiciones que ocurrieron en los levantamientos árabes.

En una región convulsionada por los levantamientos políticos, los líderes de Rusia temen que Siria sea su último bastión de influencia. Siria es la principal aliada de Rusia en Medio Oriente, sede de una base naval rusa y depositaria de ingentes inversiones rusas en petróleo y gas. Siria es también uno de los principales socios comerciales y compradores de armas de Rusia.

PROBLEMA

"Para los rusos, a esta altura Al-Assad es más un problema que otra cosa", dijo Dimitri K. Simes, experto en asuntos rusos y presidente del Centro de Intereses Nacionales, en Washington. "Pero a Putin no le gusta que sus clientes vayan cayendo uno por uno a mano de Estados Unidos, y para él Al-Assad es eso, un cliente."

"Para Washington, el aspecto más importante del modelo de transición yemenita es que se acepta desde un primer momento que el líder -en este caso, Al-Assad- se irá", dijo Robert Malley, jefe de Medio Oriente del Grupo de Crisis Internacional.

"Para Moscú, el rasgo más importante es el apoyo a un proceso muy gradual que preserve las estructuras básicas del régimen, durante el cual el líder no sea corrido a las patadas sin más ni más", añadió.

El principal problema del modelo de la transición yemenita, según varios expertos, es que Yemen y Siria son países radicalmente distintos. En Yemen, Saleh se ha mantenido al mando durante tres décadas gracias a haber conciliado intereses contrapuestos a través de un complejo sistema de patronazgo. Cuando su autoridad se derrumbó, había un vicepresidente, Hadi, que fue capaz de garantizar un control suficiente sobre las divididas fuerzas de seguridad de Yemen.

En Siria, por el contrario, Al-Assad está al mando de un Estado policíaco en el que los alauitas -secta a la que pertenece- temen que si la familia de Al-Assad es derrocada, serán perseguidos hasta la aniquilación a manos de la mayoría sunnita. Por tal motivo, el gobierno mantuvo una notable cohesión interna. Aunque Al-Assad -con una posición menos vulnerable que Saleh- se vaya, admiten funcionarios norteamericanos, no hay un candidato natural para reemplazarlo.

Traducción de Jaime Arrambide

La nacion