Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).Hace 55 años, el 29 de julio de 1957, entró en vigor la Carta del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
Desde entonces, a lo largo de más de medio siglo, esta autoridad se ha encargado de velar por la seguridad nuclear en todo el mundo. Sin embargo, todavía no se ha podido responder a la pregunta de si dicha institución podrá seguir sirviendo con honestidad a dos objetivos a la vez: a la idea del desarrollo técnico sostenible y al mantenimiento de la seguridad estratégica mediante la limitación de la proliferación de las armas nucleares.

¿Es una herramienta para mantener la seguridad estratégica?

La tecnología nuclear, sin miedo a exagerar, permite no dejar piedra sobre piedra en todo el planeta, que parece haber quedado demasiado pequeño para las armas termonucleares y las secuelas del uso de la energía atómica con fines pacíficos, dado que éstas a veces son directamente desastrosas.

De modo que es necesario un organismo internacional que se encargue de controlar las peligrosas tecnologías, con potencial de desestabilizar la situación a nivel planetario: una institución cuyas potestades se vean respaldadas por las principales potencias mundiales y la buena voluntad de la comunidad internacional.
Ha de ser una organización lo suficientemente competente como para emitir juicios críticos en el delicado tema de las tecnologías nucleares, un entramado de avances científicos y ambiciones políticas. Y los argumentos deben ser sumamente concretos, al decretarse que se ha cometido una infracción, anuncio capaz de acarrear las más severas consecuencias para el infractor. La opinión de los técnicos ha de quedar en equilibrio con la retórica política, para que no se devalúe la reputación de la agencia.
En otras palabras, estamos ante un importante componente del gobierno mundial, aunque los aficionados a las teorías de las conspiraciones hayan abusado en demasía de esta expresión, y es el encargado de garantizar la estabilidad estratégica en el planeta.

¿Es una herramienta de la supremacía del llamado “club nuclear”?

En cuanto a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, que son al mismo tiempo las potencias nucleares, uno de los pocos asuntos en los que coinciden es en la necesidad de poner coto a la proliferación de las armas nucleares en los países en vías del desarrollo.
Estados Unidos todavía en los años 40 del siglo pasado intentó promover una prohibición completa de las armas nucleares, reservándose el derecho exclusivo de tenerlas. La idea no resultó fructífera, dado que ninguno de los potenciales rivales de EEUU la habría aceptado, pero el dato no deja de presentar interés.
Curiosamente, la Unión Soviética, seguida por el Reino Unido, Francia y China, tras crear su propia bomba atómica, enseguida empezaron a demostrar una plausible preocupación por la proliferación de la tecnología nuclear fuera de su reducido grupo.
El club nuclear se guía por los requisitos de la seguridad y la estabilidad estratégica. Esto es sin lugar a dudas cierto, pero hay otros datos.
Merece la pena recordar que el control tecnológico en la era industrial es uno de los métodos indirectos más eficientes del mantenimiento de la supremacía mundial. La agresiva defensa de la postura de cada uno se observa también en la esfera del desarrollo de las más avanzadas tecnologías biológicas y en el control de la difusión de los contenidos digitales. El OIEA desempeñó un papel clave en la introducción de un control más estricto sobre la proliferación de las tecnologías nucleares.
No obstante, el propósito fue planteado pero no conseguido. Más bien, el monopolio del club nuclear oficial se está desmoronando a ojos vista y la agencia es incapaz de impedirlo: India, Israel y Pakistán tienen armamentos nucleares. Y Corea del Norte con toda seguridad dispone de artefactos explosivos nucleares y sus técnicos trabajan día y noche para convertirlos en armas operativas.
Sudáfrica ha conseguido entre los años setenta y ochenta del siglo pasado   crear armas nucleares aunque, según aseguran las malas lenguas, era una especie de compensación por parte de Israel por su cooperación en los suministros de uranio y la organización de pruebas pertinentes. No obstante, la existencia de seis municiones acabadas y una sin acabar, desmanteladas después de 1989, es un hecho innegable.

Irán está construyendo una segunda planta de enriquecimiento de uranio

Irán está oscilando con sutileza entre la producción de los materiales fácilmente fisionables de uso civil y la realización de un programa nuclear militar, aguardando un momento políticamente propicio para dar el paso decisivo.
Además, en el mundo existe un número considerable de países que podrían crear las armas nucleares en cuestión de meses. Son Alemania y Japón y también posiblemente, Italia y Suecia. Los Países Bajos, Bélgica y algunos países de Europa de Este, como la República Checa, disponen de una base científica y productiva para conseguirlo.
Y, finalmente, está aumentando el potencial de los más potentes de los países emergentes, sobre todo Brasil y Argentina, que en su momento lanzaron programas nucleares pero más tarde optaron por renunciar a su realización. Están también además algunos Estados involucrados en enfrentamientos tanto encubiertos como evidentes por el liderazgo regional. De ejemplo puede servir Arabia Saudí, aunque Riad habría de invertir muchos esfuerzos para crear por su cuenta una infraestructura nuclear nacional. 

Una entidad con tareas poco envidiables

Parece extremadamente difícil operar en este mundillo de ansiosos pretendientes a la soberanía nuclear, sobre todo dadas las cada vez más devaluadas garantías de seguridad nuclear para los “actores menores”. El futuro de Yugoslavia, Irak, Libia y posiblemente también Siria exige a sus gobiernos que busquen maneras de protegerse de los líderes mundiales que podrían un buen día y sin previo aviso ponerse de mal humor.
No tienen muchas opciones, deben ceder el espacio de su política exterior y de la economía nacional a alguno de los “actores mayores” o asegurarse la tranquilidad, creando sus propias armas nucleares. Algunos miembros del Consejo de Seguridad de la ONU tampoco son ninguna excepción. Así, hace poco el exprimer ministro de Rusia, Alexei Kudrin, declaró: “Cuando se empieza a hablar de las armas nucleares, dejo de ser liberal”. Y, teniendo en cuenta la actual situación de Rusia, no es difícil entender su postura.
Incluso si dejamos aparte los problemas puramente militares, las condiciones en las que ha de operar el OIEA no son nada envidiables, dado su importante papel en la limitación de la competencia y la defensa de los intereses de los principales actores de la esfera nuclear. Para el uso en los llamados países “del tercer mundo” se recomiendan los reactores de agua ligera que, a pesar de ser una ventaja para el desarrollo de estos Estados, representan también una manera de limitarlo a un nivel determinado.
Ocurre que las principales potencias nucleares no escatiman esfuerzos para introducir los más prometedores reactores de neutrones rápidos. Sin embargo, esta tecnología es claramente de doble uso y permite producir a gran escala materiales militares. Será complicado crear en base a esta tecnología una herramienta igual de inofensiva que los reactores de agua ligera, de modo que su uso se reservará exclusivamente a los miembros del club nuclear. Tal vez se permita algún caso de desarrollo por su cuenta, como ocurrió con el proyecto indio. El argumento será más que convincente: es imprescindible velar por la no proliferación de las armas nucleares.
Y el OIEA seguirá nadando “entre dos aguas”: los cinco Grandes y el resto del mundo. Sus expertos continuarán demostrando unas envidiables capacidades diplomáticas y buscando las más sutiles maneras de establecer diálogo profesional.

RIA Novosti