La vida militar es muy difícil, sobre todo para quien está iniciando y si es mujer, es mayor el reto, tal y como le ocurre a la jovencita Scarleth Sosa, originaria del barrio San Felipe de la ciudad de León.

Vestida de uniforme camufle, Ak-47 al hombro, botas llenas de lodo, su mochila verde-olivo y tras más de cinco días de extensa caminata por las espesas montañas de Jinotega, se animó a cantar “Guerrero del Amor” a sus compañeros, un verdadero ícono musical en los años 80 y sirvió de aliciente para aquella generación de jóvenes que defendió la primera etapa de la revolución, en medio de la guerra que financió el gobierno de los Estados Unidos en esa época.
Frente a su tropa compuesta por sus compañeros del primer año del Centro Superior de Estudios Militares "General José Dolores Estrada", estaba Escarleth, firme, valiente y sin muestras de cansancio a pesar de haber caminado más de 70 kilómetros sobre montaña en los últimos cinco días.

“Para eso hay un entrenamiento previo”, contesta Escarleth, la única mujer de un grupo compuesto por 22 jóvenes cadetes, originarios de diversas zonas del país.
Todos ellos tenían un mes de permanecer en las montañas de Jinotega y Matagalpa, recibiendo sus clases de adiestramiento topográfico, que no es más que el poder utilizar la brújula, el GPS, los mapas y otras herramientas de ingeniería militar. La verdad que se dice fácil, pero constituye los conocimientos básicos de todo militar.
Escarleth es una joven de 21 años que encontró en la vida militar, su verdadera vocación. Ella dejó todo atrás para ponerse el traje camufle y aprender las técnicas necesarias para defender la soberanía nacional.“Aquí estamos por tres objetivos. Primer objetivo es el adiestramiento topográfico, cómo usar los medios, la brújula, el mapa y como orientarnos al norte y usar los puntos cardinales. El segundo es por el Plan de Cosecha que se inició en octubre. Y el tercero ver cómo los campesinos se desarrollan en su ambiente”, responde Escarleth, cuando le preguntamos qué hacia una joven como ella aprendiendo el arte militar.

El primer año de la “Academia Militar” constituye la principal prueba que tiene el joven al mostrar sus aspiraciones de convertirse en un “oficial de carrera”. “Aquí es donde demuestran si nacieron para ser militares. La vida militar no es fácil y ellos lo han venido conociendo en los últimos meses”, refiere el Mayor Martín Rolando Carrasco, instructor del curso.
“El objetivo del curso es que ellos se adiestran lo que es el empleo del mapa, la comparación del terreno y la ubicación topográfica respecto a coordenadas planas y topográficas. Este curso es fundamental para todo estudiante, porque a través de él, aprenden a navegar y a realizar itinerarios a corta y larga distancia, tanto de día y de noche”, explica.
En las montañas los cadetes aprenden a racionar sus alimentos fríos, se adaptan y sobre todo aprenden a convivir a la intemperie, soportando las bajas temperaturas.
“Yo me siento muy bien y me gusta lo que hago. Me siento bien porque aquí trabajamos en equipo y eso es muy importante”, refrenda Escarleth, una asidua aficionada a la guitarra y al canto. Al momento de realizar estas entrevistas los cadetes de primer año, estaban en los alrededores de la finca La Fundadora, un centro productor de café.
En este grupo hay muchos jóvenes talentosos, como Josué López Rodríguez, originario del histórico y combativo barrio Monimbó de Masaya, de donde aprendió a elaborar artesanía de su pueblo. Este joven de 20 años, tiene en su sangre, el espíritu guerrero de aquellos que lucharon contra la dictadura somocista para ver una Patria Libre.
“Este primer año ha sido gran experiencia, sobre todo este curso donde hemos aprendido el arte y conocimiento del mapa, brújula y GPS y el traslado de las tropas en el terreno”, señala Josué. Para este joven lo más difícil es acostumbrarse a las largas jornadas que inician a las cuatro de la mañana y culminan a las ocho de la noche, cuando se les permite ir a reposar.

“Hemos cruzado ríos y la experiencia mía ha sido satisfactoria, porque he conocido lugares y las variedades del café que producimos en Nicaragua”.
Este muchacho asegura que ingresó a la academia militar  para “ser un mejor hombre”. “Antes mis aspiraciones eran otras y ahora que entre a la vida militar me he educado, me he disciplinado y tomo las cosas más en serio”, afirmó.

“Es cansado y difícil, pero vale la pena por la Patria”, sostiene cuando le preguntamos porque la vida militar que es tan rígida y no optó por una carrera en la que pueda ver a su familia todos los días. “Aquí en esta carrera adquirimos más conciencia de lo que es nuestro país y conocer la pobreza que vive el país”.
Todos estos jóvenes están conscientes que el Ejército de Nicaragua es una de las instituciones, que transmite mayor confianza al pueblo y por eso cada uno de ellos, están dispuestos a culminar sus estudios de manera honrosa.

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