USS San Antonio (LPD-17)www.fuerzasmilitares.org (13OCT2013).- No hay como la madrugada para lanzar un asalto. El sábado pasado a esas horas fuerzas especiales estadounidenses atacaron a Libia y Somalia con la meta de capturar cabecillas del terrorismo islamista. En Trípoli todo salió perfecto. El blanco era Abu Anas al-Libi, acusado de planear los atentados de 1998 contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y en Tanzania. 

El hombre volvía a su casa después del primer rezo del día cuando varios hombres, armados de pistolas con silenciador y cubiertos con pasamontañas, surgieron de camionetas con vidrios polarizados. Rompieron los del vehículo de Al-Libi, lo neutralizaron y se lo llevaron. Su hijo contó que “diez hombres lo rodearon, gritándole ‘sal, sal’. Su cuerpo estaba como blando, no hablaba, creo que lo drogaron”. 

En Somalia, en cambio, la operación se complicó. A las dos de la mañana el SEAL Team Six, el mismo que mató a Osama Bin-Laden, se lanzó desde lanchas ultrarrápidas sobre Barawe, un puerto controlado por Al-Shabab, la milicia islamista que atacó un centro comercial en Nairobi hace dos semanas. El objetivo era Abdulkadir Mohamed Abdulkadir, uno de sus jefes. Pero las tropas anfibias fueron detectadas y no lograron tomarse la casa donde dormía el líder. Después de un tiroteo de más de una hora, los SEAL se retiraron. 

Esos dos operativos relámpago impulsaron inmediatamente un debate legal sobre este tipo de acciones, sin órdenes de captura, en países supuestamente soberanos. Como era de esperarse, el secretario de Estado, John Kerry, dijo que el gobierno libio estaba enterado, lo que lejos de aquietar las aguas logró que el primer ministro, Ali Zeidan, fuera brevemente secuestrado por sus propios milicianos, furiosos por la posibilidad de que eso fuera cierto. El gobierno de Trípoli lo negó y sostuvo que el operativo fue un secuestro. La polémica no paró ahí. 

Se supo que Al-Libi estaba preso en el buque USS San Antonio, anclado en aguas internacionales, para ser interrogado por el FBI, la CIA y la inteligencia militar. El Pentágono evocó el mismo tipo de argumentos que en la era de George W. Bush para justificar la acción extralegal. Un terreno pantanoso que Barack Obama había prometido acabar. 

La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles dijo que “con esta administración tenemos el mismo tipo de preocupaciones (que con la de Bush), pues se apoya en lógicas de guerra para escapar a las restricciones de la Justicia penal”.  

La convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra prohíbe explícitamente detenerlos en “barco, botes o barcazas”, a menos que sea para trasladarlos. Algo poco probable, pues congresistas estadounidenses ya dijeron que Al-Libi se demoraría semanas en el buque. El problema es que si lo envían a Estados Unidos no le pueden negar los derechos a guardar silencio, a no autoincriminarse o a tener un abogado.  

Y se supone que la CIA ya no tiene cárceles secretas y Obama no quiere mandar a nadie más a la prisión de Guantánamo en Cuba, donde los agentes secretos podían exprimirle toda la información a los yihadistas sin preocuparse por los métodos.  

Para no complicarse, usaron sus barcos, Guantánamos flotantes que navegan en aguas internacionales, lejos de las leyes y los escándalos. En 2011 ya habían interrogado en el USS Boxer por más de dos meses al somalí Ahmed Abdulkadir Warsame antes de juzgarlo en Nueva York. Y hasta hace unos meses Washington se ahorraba ese dolor de cabeza con sus drones. En vez de capturar e interrogar a los islamistas, los mataba. El propio hijo de Al-Libi dijo que “siempre pensamos que éramos un blanco, pero todos esperábamos un bombardeo aéreo, no algo así”.  

En los últimos meses Al-Qaeda se reactivó en varios países de África. Y Obama está frente a varios dilemas: matar sin juicio a los terroristas desde el aire y perder información vital; ser eficaz sin respetar las leyes; o ceñirse a las convenciones y poner en riesgo su país. 

El gobierno prometió tratar de manera “humana” a Al-Libi. Pero en alta mar ninguna ley prohíbe torturar. ¿Qué garantiza que en el USS San Antonio no se repitan los horrores de Guantánamo, Abu Ghraib o Bagram? Hay que confiar en las promesas de Obama. Se trata, al fin y al cabo, del mismo presidente que en 2009, en su primer discurso en la ONU, dijo que “las leyes internacionales no son promesas vacías”.

Agencias