Doce líderes nazis fueron condenados a muerte y otros siete a penas de prisión por un juzgado conformado por Francia, la Unión Soviética, EE. UU. y Gran Bretaña.
Doce líderes nazis fueron condenados a muerte y otros siete a penas de prisión por un juzgado conformado por Francia, la Unión Soviética, EE. UU. y Gran Bretaña.

www.fuerzasmilitares.org (30OCT2015).- En Eichmann en Jerusalén, la filósofa Hannah Arendt recordaba que, a diferencia del juicio contra este líder nazi, en el que Israel juzgaba sus crímenes contra el pueblo judío, los juicios de Núremberg desglosaron una acusación más global: los crímenes contra la humanidad.

Cuando comenzaron los juicios contra 24 nazis, en octubre de 1945, la Segunda Guerra Mundial había terminado con la derrota de la Alemania de Hitler y el examen preciso de sus actos barbáricos era, en cierto modo, una necesidad histórica: las fuerzas alemanas habían desterrado, asesinado y torturado, en formas hasta entonces inimaginables, a millones de judíos, gitanos, rusos y oponentes políticos.

De modo que, para cumplir con la cuota de justicia, los ganadores de la guerra levantaron un tribunal. La Unión Soviética, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña enviaron a Núremberg a sus representantes para investigar, con base en testimonios de sobrevivientes y con las voces del interior del nazismo, qué había sucedido desde que Adolf Hitler fue nombrado canciller en 1933. Tras casi un año de juicios en la ciudad donde se había forjado el movimiento nazi, doce líderes de la maquinaria nazi fueron condenados a muerte, otros siete a penas carcelarias de entre diez años y cadena perpetua y tres fueron liberados. Los juicios de Núremberg, a los que siguieron otros dedicados a numerosos cómplices de la matanza infinita, determinaron las formas jurídicas para juzgar este tipo de crímenes.

Las determinaron en la medida en que nadie imaginaba la crueldad de la guerra. Los actos atroces anteceden, por lo general, a las leyes que los juzgan. Si bien la Primera Guerra Mundial produjo cerca de nueve millones de combatientes muertos, las formas de la guerra mutaron por completo veinte años después. Las leyes carecían de conceptos para pergeñar condenas sobre actos tan desastrosos como los asesinatos en cámaras de gas, la esclavitud en los campos de concentración, las matanzas indiscriminadas, la intención de desaparecer pueblos enteros y la experimentación médica con seres humanos que, de pronto, habían perdido toda la voluntad.

En ese sentido, los cuatro ganadores dispusieron una primera piedra para convenciones futuras dedicadas a los derechos humanos, la contención y las reglas de la guerra y el tratamiento de prisioneros y civiles durante los conflictos bélicos. Su modelo judicial sirvió precisamente para juzgar a Eichmann en Israel. Sin embargo, las ventajas de ese nuevo sistema de reglas (que fue recopilado después bajo el nombre de los Principios de Núremberg) se opacaron por la presencia de los países ganadores como jueces: apenas habían pasado algunos meses desde el término de la guerra y, en muchos sentidos, la presión por una justicia rápida estaba a la orden del día. El juicio careció de un tribunal imparcial (los representantes reconocían de antemano la responsabilidad de los nazis) y era claro desde un principio que, más que un juicio, Núremberg era el escenario de una rendición de cuentas entre los ganadores y los derrotados. Más que un juicio, lo que sucedió en Núremberg fue la reivindicación del poder de las potencias.

Los nazis asesinaron a cerca de seis millones de judíos (el número es aún inexacto), miles de negros (los números varían entre 10.000 y 200.000), centenares de miles de gitanos y entre 5.000 y 10.000 homosexuales. La guerra, sin embargo, hace a todos hermanos en la impiedad. Quienes juzgaban a los nazis tenían, al mismo tiempo, cuentas pendientes con la ley: en una carta al entonces presidente Harry Truman, el representante de EE. UU. en los juicios, Robert Jackson, recordaba que los Aliados “han cometido o están cometiendo los mismos actos por los que juzgamos a los nazis”.

La lista resulta extensa: la policía secreta de la Unión Soviética asesinó a 22.000 polacos en Katyn, los franceses maltrataban a sus prisioneros de guerra, los británicos arrancaban los dientes de oro de los japoneses y disponían sus cráneos en fila en una suerte de ritual de victoria, la Unión Soviética pactó con Hitler para dividirse Polonia y, por último, pero no menos importante, dos bombas atómicas lanzadas por EE.UU. en 1945 asesinaron a más de 129.000 civiles.

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