Planificadores israelíes analizan la situaciónwww.fuerzasmilitares.org (13JUL2014).- Los peores temores del gobierno israelí se confirmaron el 30 de junio. Ese día, aparecieron en un bosque al norte de Hebrón los cadáveres de tres adolescentes estudiantes de Teología que habían sido secuestrados algunas semanas antes. A la mañana siguiente, los cuerpos de Naftali Fraenkel, Gilad Shaer y Eyal Yifrah fueron enterrados en un emotivo funeral en el cementerio de la localidad de Modi’in, situada en el límite entre Israel y Cisjordania. Aunque no se tenía claridad sobre los autores del crimen, más tardaron sus despojos en ser enterrados que los medios, las redes sociales y hasta el Ministerio de Defensa de Israel en hablar de “venganza” y en señalar a la contraparte palestina de haber perpetrado los asesinatos. 

Y, en efecto, no habían transcurrido 24 horas cuando Mohammed Abu Khdeir, un palestino de 16 años, fue secuestrado durante la madrugada en las calles de Jerusalén oriental. Poco después las autoridades lo encontraron muerto. Su cuerpo presentaba quemaduras en el 90 por ciento y había humo en sus pulmones, señal de que lo quemaron vivo. Para agravar el drama de esa familia, el pasado sábado la Policía israelí propinó una brutal paliza, filmada por los vecinos, a Tariq Khdeir, un primo de 15 años de Mohammed. Su evidente estado de indefensión –los uniformados lo golpearon incluso cuando estaba en el suelo, maniatado e inconsciente– pero sobre todo su nacionalidad estadounidense

hicieron que el Departamento de Estado reaccionara con un comunicado en el que expresaba su “profunda preocupación”. El 6 de julio, la Policía israelí detuvo a seis judíos sospechosos de haber cometido el crimen con motivaciones “nacionalistas” y, el mismo día, el primer ministro de ese país, Benjamin Netanyahu, expresó sus condolencias a los familiares de las víctimas y describió a los perpetradores del asesinato como “terroristas”. 

Lo que siguió parece la repetición de años pasados. Desde la franja de Gaza militantes de Hamas (el grupo que detenta el poder en la zona) multiplicaron los lanzamientos de misiles hacia los territorios israelíes vecinos, incluyendo algunos de mayor alcance como los M 302, que prácticamente pueden impactar cualquier punto del territorio israelí. Según le dijo a SEMANA el embajador de Israel en Colombia, Yoed Magen, tras la intensificación de los ataques a su país “se le agotó la paciencia con Hamas y tuvo que tomar medidas para proteger a su población ante un grupo que, por diversos medios, solo quiere su destrucción”. Pese a la amenaza que esos ataques representan para la población civil y para la integridad territorial de Israel –un hecho al que las autoridades de ese país han atribuido el estancamiento de las negociaciones–, el sistema defensivo antimisil Cúpula de Hierro, que funciona desde hace tres años, interceptó casi todos los lanzamientos. 

El martes, el discurso de Tel Aviv se hizo mucho menos conciliador y sus Fuerzas de Seguridad reaccionaron con violencia. La consigna según la cual “la calma será respondida con calma y el fuego con fuego” se aplicó con una severidad tal, que es altamente probable que uno de sus objetivos sea sacar a Hamas –que no reconoce al Estado de Israel– del poder en esa región. Como le dijo a SEMANA la doctora Aitemad Muhanna-Matar, del Middle East Centre de la London School of Economics, “Israel, en colaboración con Egipto, quiere reemplazar en Gaza a los líderes de Hamas por Mohammed Dahlan, el dirigente de Fatah (el otro integrante de la coalición palestina) en quien los israelíes tienen mucha más confianza”.

Ese día, el Ejército de Israel lanzó la Operación Margen Protector, con la cual militarizó la frontera con Gaza, desplegó a 1.500 reservistas y llamó a otros 40.000. Tan solo en la noche de ese día lanzó 40 ataques, tres desde buques de guerra apostados en el Mediterráneo, contra objetivos dentro de ese minúsculo territorio que alberga a más de 1.800.000 de personas en un área inferior a la quinta parte de Bogotá y prácticamente desconectada del resto del mundo. Según informó la agencia Reuters el jueves, en tres días Margen Protector acabó con la vida de 74 personas, algunas de ellas miembros del grupo Hamas y enemigos jurados de Israel y los judíos, pero en su mayoría civiles. Entre ellos, 22 niños, según el Centro Palestino de Derechos Humanos, lo que las autoridades israelíes atribuyen a la costumbre de Hamas a utilizar a la población civil como escudo humano. Una situación de extrema gravedad, que además encuentra a esa región en una situación humanitaria crítica, con cortes eléctricos de hasta 12 horas al día, tres de cada cuatro habitantes sin suministro habitual de agua y una escasez cada vez mayor de material sanitario, por lo que sus habitantes no se pueden enfermar ni mucho menos sufrir las heridas que un bombardeo produce. 

Como le dijo a SEMANA la doctora Lori Allen, especialista en Derechos Humanos en el Medio Oriente del King’s College de la Universidad de Cambridge, “Margen Protector es una intensificación de lo que ha estado sucediendo desde 1991, cuando comenzó el bloqueo de la franja de Gaza, y significa para los palestinos una mayor inseguridad física, más destrucción de vidas y de medios de subsistencia, así como más angustia y frustración”. Un diagnóstico que confirma el informe de la Oficina de las Naciones Unidas Para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (Ocha), según el cual el desempleo, la pobreza y la inseguridad alimentaria se encuentran en niveles extremadamente altos, el desarrollo económico y estructural están paralizados y las oportunidades educativas están severamente suprimidas. Una situación a la que se agrega la inestabilidad que actualmente atraviesa la región (ver recuadro).

¿Podría esta situación desembocar en una tercera intifada? Aunque aún puede ser temprano para saber a qué conducirá este nuevo capítulo, las declaraciones de Netanyahu, quien afirma que un alto al fuego “ni siquiera está en la agenda” y que “todas las opciones están sobre la mesa, incluida una invasión por tierra”, permiten albergar muy malos presentimientos. Como le dijo a SEMANA Stephen Zunes, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Francisco especializado en el Medio Oriente, “se ha hablado de una tercera ‘intifada’ desde hace mucho tiempo, no solo por la reciente violencia, sino por la colonización en curso de Israel de tierras palestinas ocupadas y la negativa de ese país a comprometerse, incluso tras las concesiones sin precedentes de los palestinos en los recientes diálogos de paz”. En ese sentido, advierte el profesor Zunes, la gran pregunta es si se tratará de una revuelta no violenta, como la intifada de finales de los años ochenta, o más violenta, como la de principios de la década pasada.

Una región incendiada

La crisis se desarrolla en un área devastada por el grupo Estado Islámico (antiguo Isis), la guerra en Siria y la llegada al poder en Egipto de Abdel Fattah el-Sisi.

Desde el inicio de la primavera árabe en 2010, Oriente Medio ha sufrido cambios que –lejos de cumplir con las expectativas democráticas suscitadas– han devuelto la región a tiempos medievales.

Por un lado, el avance del grupo Estado Islámico (EI) ha subrayado las debilidades de los gobiernos de Siria e Irak hasta el punto de hacerlos ver como Estados fallidos. Aunque hasta ahora EI ha sido un movimiento local, con preocupaciones específicas en esos dos países, su deseo de proyectarse a escala internacional y su objetivo explícito de acabar con Israel lo convierten en un actor en el conflicto de Gaza, que podría ganar protagonismo a medida que se desarrolla la crisis. Como le dijo a SEMANA la doctora Maria Holt, especialista del Centro para el Estudio de la Democracia de la Universidad de Westminister, “la fuerza que ha tomado la militancia islamista en la región podría servir eventualmente como una fuente de inspiración para algunos palestinos, como lo fue Hezbolá en Líbano”. 

Por el otro, el golpe de Estado que derrocó en Egipto a los Hermanos Musulmanes y que llevó al poder al general Abdel Fattah el-Sisi ha coincidido con una grave crisis económica, desencadenada entre otras razones por el desplome de la industria turística en el país de las pirámides, el segundo renglón de su economía. Allí, la semana pasada, el aumento en más de un 80 por ciento del precio de la gasolina y del diésel coincidieron con las declaraciones del ministro de Petróleo de ese país, Sherif Ismail, según el cual hacer negocios con Israel “ya no es un tabú”. Un claro guiño a Tel Aviv, que recientemente descubrió importantes yacimientos de gas en sus costas del Mediterráneo.

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