Los habitantes de Hong Kong rechazan que el gobierno de Xi Jing Ping desconozca el pacto ‘Un país, dos sistemas’, base de la devolución de la colonia inglesa en 1997.www.fuerzasmilitares.org (30SEP2014).- El asfalto del campus de la Universidad de Hong Kong se veía desde el cielo cubierto por la nieve. Se trataba de al menos 10.000 estudiantes vestidos con camisetas blancas (el color de duelo en China) que se organizaron la semana pasada para protestar contra el régimen de Beijing por su decisión de restringir el sufragio universal en las elecciones de 2017. Con una cinta amarilla en la muñeca, miles de jóvenes decidieron desafiar sin temor al poder central, el mismo que hace 25 años no dudó en aplastar las protestas democráticas en la plaza Tiananmen.

Las manifestaciones comenzaron el 22 de septiembre, casi un mes después de que el gobierno de Xi Jing Ping dio a conocer su programa para las elecciones del jefe del Ejecutivo en esta región de la República Popular. Según este, solo podrían participar dos o tres candidatos seleccionados por un comité electoral limitado.

Hong Kong es, junto con Macao, uno de los territorios que tienen el estatus de Región Administrativa Especial. Luego de haber sido una colonia británica amparada por un contrato de arrendamiento vencido en 1997, fue devuelto por el Reino Unido con ciertas condiciones. Bajo la fórmula ‘Un país, dos sistemas’, China se comprometió a preservar las instituciones y el sistema económico del territorio durante 50 años. Por ello, en Hong Kong existe un Consejo Legislativo. Sin embargo, el jefe de gobierno es hoy escogido por un comité electoral de 1.200 miembros. Beijing se había comprometido en diciembre de 2007 a permitir que los ciudadanos elijan a esta autoridad en los comicios locales de 2017.

Ante el temor de que eso no se cumpliera, Occupy Central With Love And Peace, el principal movimiento de protestas sin vínculo oficial con los estudiantes, organizó en el verano de este año un referendo extraoficial con tres propuestas hipotéticas para las elecciones de 2017. La alianza de los 26 partidos pro democracia ganó con el 42 por ciento de los votos. Beijing ignoró este sufragio ficticio y anunció el 31 de agosto las nuevas reglas para escoger el jefe del gobierno local, lo que confirmó su deseo de reducir la autonomía.

Con esta tensa situación, ‘Un país, dos sistemas’ muestra sus límites. El reto de Hong Kong desde 1997 ha sido ganar terreno democrático. La región tiene una tradición política y económica abierta. Desde los años setenta es uno de los lugares más atractivos del mundo para invertir, es un reconocido paraíso fiscal y uno de los centros financieros más importantes del mundo. Por el contrario, China, a pesar de su adopción del libre mercado, continúa con un sistema político profundamente antidemocrático. Ceder ante las presiones sería avivar los ánimos de autonomía en otras zonas del Estado. El país busca legitimar su autoridad frente a Hong Kong, como ha hecho hasta ahora con la región de Xinjiang o con el Tíbet. 

Asimismo, la situación de orden público podría empeorar en los días que vienen. El martes miles de estudiantes dejaron el campus para protestar al frente de las oficinas del jefe del gobierno local Leung Chun-ying, quien no contesta la decisión de China. El movimiento Occupy Central prometió que una gran manifestación sería organizada el primero de octubre.

Beijing nunca ha sido abierto a las peticiones democráticas ni a las expresiones de descontento popular. El Cotidiano del Pueblo, órgano de prensa del Partido Comunista Chino, ya amenazó a los rebeldes en sus páginas: “Los estudiantes que participen en las protestas deberán asumir una gran responsabilidad, deberán ser castigados si sus actividades contradicen la ley”. Muchos temen, además, que la comunidad internacional guarde silencio. “Mientras que la masacre de Tiananmen sorprendió al mundo, esta vez el mundo está al tanto”, advirtieron activistas chinos, encabezados por el disidente y exprisionero Hu Jia, en las páginas del periódico The Wall Street Journal. 

Los manifestantes no contemplan detenerse y saben que si logran al menos obtener el sufragio universal, pasarán a la historia. Pero también son conscientes de que nunca nadie ha logrado torcer el brazo de hierro de Beijing.

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