Las 11,30 horas del pasado 16 de diciembre de 2011 pasarán a la historia de los éxitos de la exploración universal. Aquel día, exactamente a las 11,30 horas locales, cinco españoles alcanzaban el Polo Sur geográfico. Desafío importante sin duda, aunque nada excepcional dado que decenas de aventureros lo habían logrado mucho antes que ellos. La cosa cambia cuando se conoce que Ramon Larramendi, Juan Pablo Albar, Ignacio Oficialdegui, Juanma Viu y Javier Selva habían llegado vía terrestre, glaciar más bien puesto que el suelo antártico está cubierto por un inmenso casquete de hielo, a bordo de un vehículo ciento por ciento ecológico y autosostenible.

 

De hecho, la hazaña de la expedición Acciona Windpowered Antártica ya forma parte de los hitos de la exploración polar, pues se trata de la primera vez que un vehículo de esta características de completa autonomía y que utiliza energías, alcanza el punto más meridional del globo.

El vehículo puede verse estos días en Madrid, en una exposición organizada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales, que ha colaborado en la expedición. Sobre una plataforma atada a varios patines se alza una enorme tienda doble. Ha sido el hogar de estos aventureros durante su larga travesía. Dormitorio-comedor-sala de estar-laboratorio y almacén de muestras, aseguran incluso que allí dentro han dormido.

Cuando lo contemplas varado a la entrada de la sala principal del Museo de Ciencias Naturales cuesta creer que este artefacto de aspecto desvencijado, del que cuelgan cabos por todas partes y que parece se va a caer a cachos en cualquier momento, sea protagonista de la hazaña y signifique una revolución de la exploración y la ciencia polares. Pero así es.

Homenaje a Amundsen y Scott

La expedición Acciona Windpowered Antártica ha elegido esta temporada para su viaje con el fin de homenajear el centenario de la llegada por primera vez del hombre al punto más austral de la Tierra, cuando en 1912 lo hicieron las expediciones del noruego Roal Amundsen y el británico Robert Scott.

El catamarán es un enorme trineo articulable, lo que le permite cabalgar sobre los strugis, esas jorobas de hielo que pueden alcanzar dos y más metros de altura formadas por los vientos polares y son una auténtica pesadilla de los que se desplazan por las regiones polares.

Unas enormes cometas accionadas a mano por los tripulantes, logran mover sin problemas al ingenio cuyo peso a carga completa, incluyendo los expedicionarios, es de dos mil kilos. La superficie de la mayor de estas velas es de 80 metros cuadrados. Estas velas han sido la única fuerza motriz que ha movido el catamarán, “esto quiere decir que nuestro vehículo es cien cien por ecológico y ha producido cero emisiones”, aclara Larramendi.

Un viaje de récords

Los récords de los exploradores españoles a bordo del revolucionario vehículo se resumen en 19 días de travesía para llegar desde la costa antártica al Polo Sur, un recorrido de 2.200 kilómetros, para continuar sin descanso hasta el otro lado del Séptimo continente. En total 34 jornadas de travesía en la que recorrieron los 3.500 kilómetros de distancia que hay de costa a costa en la Antártica.

“Aparte de ser el primer vehículo completamente ecológico que ha llegado al Polo Sur, deben destacarse las prestaciones con las que lo ha hecho, jamás antes vistas en la exploración polar”, remacha Larramendi. En efecto, sus marcas son de alucine: 300 kilómetros en una jornada, 500 kilómetros en otras dos. Fantástica autonomía para un vehículo que pesaba dos toneladas con toda la impedimenta y sus tripulantes encima.

Si se compara el catamarán polar español con los últimos todoterrenos especialmente diseñados para moverse por las regiones polares, estos quedan en franca desventaja. Frente a la autonomía y velocidad del primero hay que oponer el desmesurado consumo de los segundos: más de cien litros de gasoil para cada cien kilómetros, con lo que su autonomía es necesariamente muy reducida.

“Es una clara apuesta para el futuro de las exploraciones y aventuras polares una tecnología absolutamente española. Ha despertado el interés no sólo de los exploradores, sobre todo de los científicos que trabajan en la Antártida”, señala Larramendi quien ya trabaja en el futuro. Se trata de un supercatamarán, un comboy de catamaranes formado por cuatro compartimentos capaz de transportar grandes cargas.

“Todo movido por unas enormes cometas, mucho más grandes que las que utilizamos nosotros”, explica Larramendi. Las que han utilizado en su última travesía miden hasta 80 metros cuadrados y son las que tiran del catamarán, manejándose de manera manual. “Ya trabajamos en el diseño de mecanismos que muevan esas supercometas de manera computerizada. Es algo que vamos a ver muy pronto, tal vez en un par de años”, dice.

Si el vehículo utilizado por Larramendi y sus compañeros esta temporada es comparable a un barco que navega sobre el mar de hielo antártico movido por las velas que son sus cometas, este supercatamarán será un auténtico tren de viento polar.

Las ventajas de un vehículo de estas características en un medio tan frágil como la Antártida y resto de las regiones polares son inmensas, pues no produce ninguna contaminación. “Sólo las huellas de sus patines, que en horas borra el viento”, admite poético Ignacio Oficialdegui.

Alfredo Merino / elmundo.es