Mapa del aire de Bogotáwww.fuerzasmilitares.org (25ENE2014).- ¿Qué fue lo más difícil de regresar a Bogotá?, me preguntaban los amigos luego de pasar un año fuera de la ciudad. “El aire contaminado”, respondía sin titubeos. Había olvidado lo difícil que era convivir con un aire que irrita los ojos, la garganta, que mancha las paredes, que deja un rastro en la piel, en las superficies de las cosas...

El borde de los carriles de Transmilenio de repente me espantó: parece una chimenea por dentro. Y ver pasar gente en bicicleta por la Caracas o la Séptima dejó de lucir como una moda ecológica. Me parecía un acto suicida. Ni hablar de la estela de humo negro que va dejando cada bus.

Por casualidad, la segunda semana de diciembre me topé con un artículo sobre el tema de calidad de aire. Lo acababa de publicar la revista The Lancet, una de las más prestigiosas entre la comunidad médica mundial. Eran los resultados del estudio más amplio que se ha realizado en Europa para intentar establecer hasta qué punto la calidad del aire que respiran en el Viejo Continente está enfermando y matando a sus habitantes.

Aunque desde 1661, en tiempos del rey Carlos II, ya se había descrito la relación entre el aire contaminado y la salud, ha resultado extremadamente difícil establecer hasta qué punto la exposición diaria de los habitantes de una ciudad al aire contaminado resulta en una pérdida de meses o años de vida.

El artículo, firmado por Rob Beelen, de la Universidad de Utrecht (Holanda), y colegas europeos, era un intento por poner en cifras una respuesta a ese interrogante. Su estrategia consistió en reunir datos de 22 estudios a lo largo de Europa, en los que se hizo seguimiento por 14 años a más de 36.000 personas. Esa información se combinó con datos de monitoreo de calidad del aire.

Saltemos la explicación estadística sobre cómo Beelen y su equipo juntaron todos los datos de España, Italia, Holanda, Suecia, Dinamarca, Alemania, Austria y Grecia en un mismo paquete. Lo que interesa es la principal conclusión. La exposición a largo plazo al material particulado en el aire (específicamente a las partículas más pequeñas, PM 2.5) está asociado con lo que llamamos “muerte natural”, es decir, aquellas que resultan de otras causas distintas a heridas, accidentes o suicidios. El límite de concentración en el aire en Europa, como en Colombia, para esta partícula es un promedio anual de 25 ug/m3.

El estudio concluyó que aún esa cantidad acorta la vida. Por cada 5 ug/m3 de exposición a esas partículas aumenta en 7% el riesgo de muertes naturales y 18% por cáncer de pulmón.

En un editorial, los editores de la revista recordaron otra gran investigación que aportó datos similares: la de la Sociedad Americana de Cáncer, que analizó datos de 500.000 personas y mostró que por cada 10 ug/m3 de partículas aumenta 6% todas las causas de muerte, 9% la enfermedad cardiopulmonar y 14% el riesgo de cáncer pulmonar. Por esto la Organización Mundial de la Salud sugiere que el límite sea 10 ug/m3.

¿Y el aire de Bogotá?

En la carrera Séptima con 53 está ubicada una de las 13 estaciones de monitoreo del aire con que cuenta Bogotá. “Podríamos sobrevivir entre 30 y 45 días sin comer, hasta una semana sin beber agua, pero no más de dos o tres minutos sin aire. ¡Cuídalo!”, se lee a un costado de la estación.

Bogotá lleva varios años luchando por limpiar su aire. Entre los años 2009 y 2012 la concentración promedio anual de las partículas más grandes, PM 10, se redujo progresivamente en un 20%. Sin duda una mejora. Pero no se puede olvidar que la norma anual para esas partículas grandes está establecida en 50 ug/m3 y la ciudad va en 48 ug/m3.

La mala noticia es que esa medida no es la que nos dice si el aire que respiramos nos está matando o no. De acuerdo con lo que Beelen explicó en una entrevista a este diario, su estudio no encontró una asociación entre PM 10 y mortalidad. Las que están quitándonos meses de vida a todos son las partículas más diminutas: PM 2.5. Y, de esas, desafortunadamente no hay casi datos. Sólo una de las 13 estaciones de Bogotá las mide: la estación de Kennedy.

De acuerdo con el último reporte de la Secretaría de Ambiente, el promedio anual en esa zona de la ciudad es 28 ug/m3, tres puntos por encima de las normas europea y colombiana. Y según el estudio “La calidad del aire en América Latina”, realizado en 2011 por el Clean Air Institute de Washington, ese promedio para Bogotá fue de 35,1.

Si Beelen no se equivocó ni tampoco lo hizo la Sociedad Americana de Cáncer, esas cifras significan que todos en Bogotá estamos en un riesgo mayor de morir de “muerte natural”.

Carolina Wiesner, subdirectora de investigaciones del Instituto Nacional de Cancerología, añade un dato preocupante: en octubre de 2013 la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer decidió clasificar el aire contaminado que se respira fuera de los hogares dentro del Grupo 1 de sustancias cancerígenas.

Rafael Chaparro, de la red de monitoreo de calidad de aire de Bogotá, explica las fuentes de este desastre. En cuanto a fuentes móviels, el mayor emisor son los buses y las busetas. Sólo corresponden al 1,4% de la flota, pero aportan el 39% del material particulado. Siguen los camiones, que aportan 33%, y en tercer lugar están las motos, con 20%. En cuanto a las llamadas fuentes fijas, el dedo apunta a los hornos ladrilleros (48%) y las calderas de empresas que funcionan con carbón (25%).

Chaparro cuenta que un estudio elaborado por la U. de los Andes ayudó a definir, entre 54 estrategias, las cinco que más impacto podrían tener en reducir esas cifras: instalar sistemas de control de emisiones en industrias, vehículos de carga, motos y en transporte público, además de convertir las calderas de carbón o gas.

“Necesitamos políticas más estrictas sobre el material particulado, mejores redes de monitoreo y diseñar las ciudades para abrir más áreas verdes”, sugiere Wiesner.

Francisco Leal, experto en modelos de calidad de aire con maestría en la U. de Wageningen (Holanda), añade una lista más larga de tareas para las ciudades: sistemas de control de emisiones, buenas prácticas de conducción, promover el transporte con energías limpias, dar mayores incentivos para vehículos híbridos y eléctricos (incluidas motocicletas), facilitar estilos de vida sostenibles y crear centros peatonales y redes de ciclorrutas.

Pero hay una opción más fácil: cambiar el significado de “muerte natural” y no seguir como si nada estuviera pasando.

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