Imagen satélite del Cículo Polar Árticowww.fuerzasmilitares.org (17MAY2014).- Hace unas semanas Rusia transportaba la primera carga de petróleo extraído por encima del paralelo 66, que marca el inicio del Círculo Polar Ártico. En 2007 ocurrió lo mismo con el gas, aunque en aquella ocasión se trataba de una explotación de la empresa noruega Statoil y su primer destino fue un puerto español, el de Bilbao. Desde entonces muchas cosas han cambiado en el Ártico, y a un ritmo que no era imaginable. «Hace unos años navegaban por el Ártico cuatro buques, el año pasado fueron cien y este año serán 400 o 500», explica Paul Wassmann, de la Universidad del Ártico de Noruega, durante un interesante debate sobre el futuro del Ártico organizado por la Fundación BBVA.

Ahora, la gran mayoría de buques navegan por la ruta noreste, siguiendo la plataforma siberiana, o incluso por posiciones más cercanas al Polo Norte, pero se espera que a partir de 2030 o 2040 la ruta de navegación preferente sea el legendario Paso del Noroeste, a través de las costas de Groenlandia y Canadá hacia el océano Atlántico. «Aunque teniendo en cuenta que en el Ártico muchas predicciones se están quedando obsoletas incluso antes de publicarse -dice Carlos Duarte, investigador del CSIC y de la Universidad de Australia Occidental- esta ruta podría quedar abierta, tanto en verano como en invierno, mucho antes». Y siguiendo la idea de que «este negocio es tan importante que no se puede dejar al capricho de la naturaleza», los rusos ya han creado la flota de rompehielos atómicos más potente del mundo -la Rosatomflot-, que les permitiría romper ese hielo cada vez más frágil incluso en invierno.

La preparación de los rusos no es casual. Ellos están en el principio de esta batalla, cuando en una expedición sin precedentes el batiscafo Mir-1 se posaba el 2 de agosto de 2007 sobre el fondo abisal para plantar una bandera rusa de titanio directamente en el Polo Norte. Un movimiento que fue seguido por el anuncio de Canadá de construir un puerto de aguas profundas en el Pasaje del Noroeste; mientras que Dinamarca enviaba a sus científicos a cartografiar el suelo marino al norte de Groenlandia, los guardacostas estadounidenses iniciaban una misión similar al norte de Alaska y Noruega ponía a funcionar la primera operación de gas en el Ártico fuera de Alaska. Todas las cartas sobre la mesa.

Una carrera por los recursos

Y es que el Ártico nunca ha sido inmune a las políticas. Durante la Guerra Fría, los submarinos estadounidenses y soviéticos navegaron bajo sus gélidas aguas. Pero ahora que el calentamiento global ha hecho al Ártico más accesible que nunca se ha desatado un nuevo frenesí por las rutas comerciales en la «cima» del mundo y por las riquezas que las naciones esperan encontrar bajo el hielo. Nada menos que el 25% de las reservas mundiales de petróleo y gas se calcula se esconden bajo esas aguas, en una zona de partida más tranquila que Oriente Medio, lo que permitiría escapar a los vaivenes de los precios de la energía provocados por los conflictos en esa zona. Además, en esas aguas no hay piratas, explica el profesor Wassmann, lo que supondría una ruta comercial mucho más segura.

Conscientes de ello, las naciones con costas árticas (Rusia, Canadá, Dinamarca, Noruega y Estados Unidos) han extendido sus reclamaciones territoriales sobre el Ártico, dejando prácticamente como aguas internacionales solo una pequeña lengua que incluye el Polo Norte geográfico -«yo creo que lo han hecho casi por pudor», afirma Duarte-, aunque no se puede descartar que Rusia vuelva a reclamar este territorio donde plantó su bandera en 2007. El resto serán aguas territoriales nacionalizadas.

Este es el «statu quo» actual, aunque sigue sin resolverse el conflicto entre Estados Unidos y Canadá por el Paso del Noroeste. Canadá quiere que se reconozca como aguas interiores, pero Estados Unidos considera que deben ser internacionales. «Se juegan mucho -dice Duarte- porqueesa va a ser la ruta de navegación comercial más importante en la segunda mitad del siglo XXI».

Pero el problema en esta carrera por los recursos que brinda un Ártico con menos hielo es que esta zona está cambiando tan rápido que ni siquiera los científicos están preparados para decir de qué manera se puede gestionar su explotación de forma sostenible, sin contar con que ahora no habría forma de gestionar un derrame de petróleo en la zona: «Solo podríamos quemarlo», dice Wassmann.

Programas de investigación

Ahora mismo todas las naciones árticas se encuentran con una demanda importante de sectores industriales para operar en el Ártico yse están preparando grandes programas de investigación que marquen las bases científicas para poder gestionar de forma sostenible esas operaciones, afirma la investigadora Dorte Krause-Jensen, del Centro Ártico de la Universidad de Aarhus (Dinamarca).

El propio Carlos Duarte asistió hace un año a una reunión en la Casa Blanca junto a otros once investigadores de primer nivel para establecer las bases de un gran proyecto de investigación a cinco años de Estados Unidos para regular la operación de la industria en el Ártico. «La idea es que la presión de las industrias por operar en el Ártico es muy fuerte y estas industrias van a hacerlo con conocimiento científico o sin él», dice Duarte. «Esto es un desafío importante para la ciencia, porque los modelos que podríamos plantear solo pueden ser validados a 50 años. Tenemos que bajar de los modelos a los fundamentos de los procesos e intentar formular hipótesis testables en cinco años».

Y es que el Ártico ya ha demostrado lo que puede cambiar en un quinquenio. Entre 2007 y 2012 se perdió tanto hielo como el que se predecía que se iba a perder en cerca de 70 años; en 2012 se formó por primera vez un agujero de ozono en el Ártico y se fundió el 90% del hielo superficial de Groenlandia, cosas que unos años antes ni imaginábamos, explica Susana Agustí, oceanógrafa del CSIC.

Pese a las alertas, la cooperación internacional entre investigadores se está haciendo cada vez más difícil. «Y las noticias de estos días sobre el conflicto entre los países occidentales y Rusia y Ucrania no ayudan a que esto vaya a mejorar -prosigue Duarte-. De hecho, las débiles relaciones que había entre países occidentales y Rusia se están debilitando aún más». Como ejemplo de estos desencuentros, este año Rusia invitó a marcharse de una de sus bases a los investigadores estadounidenses, que trabajaban conjuntamente con los rusos en un programa sobre el Ártico.

Noruega ha sido el único país que durante toda la Guerra Fría logró seguir trabajando constructivamente con Rusia, pero incluso esa colaboración ahora mismo se está debilitando, no porque la comunidad científica rusa no quiera participar, sino porque los dirigentes rusos desconfían de la información que esos científicos puedan estar aportando a investigadores de otros países, dice Wassmann.

Como explica Duarte, «si ya sabíamos poco de la plataforma siberiana, ahora nuestra perspectiva de saber es aún menor. Es muy difícil gestionar algo que no conocemos, y encima esa zona no es trivial, supone casi la mitad del Ártico y en ella desembocan tres de los diez grandes ríos del planeta». Parece que el nuevo telón de acero es de hielo y se está levantando en el Ártico.

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