Conectividadwww.fuerzasmilitares.org (02JUN2014).- Con el transcurrir de los años, hemos encontrado una serie de reflexiones (y esta no es una excepción) alrededor de la tarea del maestro, que casualmente se desligan de lo que se puede llamar también el “qué hacer” del estudiante. Maestros y estudiantes estamos inmersos en los cambios del mundo, acentuados los últimos años: crecimiento de la pobreza, recrudecimiento de la violencia urbana y rural, impacto de la modernización de las comunicaciones, predominio del mercado en la industria cultural, con todas las implicaciones propias de la ética individual. Ante esta avalancha de situaciones, ambos, maestros y estudiantes, debemos asumir una postura activa, crítica y participante. La educación hoy no acepta espectadores.

La necesidad de dominios científicos, culturales y espirituales que permitan comprender y transformar el mundo que vivimos extiende sus tentáculos y toca a unos y otros; sumados a la parálisis ideológica, la crisis de la imaginación y la participación han generado un sistema que destruye los medios propios de la creatividad, provocando una sobredosis de información, acompañada de una ausencia del sentido de lo humano.

Por lo anterior, hablar de la adquisición de conocimientos y de actitudes flexibles, abiertas para el “saber hacer”, nos hace pensar que el énfasis se pone no tanto sobre los contenidos como en el estilo y las formas del cómo se conoce. Es, de alguna manera, ver el proceso de aprender y de enseñar con otros ojos, lo que significa replantear la relación de las personas con la información y el conocimiento; superar viejos modelos de formación y pedagogía limitados a disciplinas rígidas y aisladas e inoperantes para formar sujetos capaces de vivir en una evolución constante de su saber– hacer. Desarrollar actitudes flexibles implica

desarrollar también la capacidad de aceptar que existen otras formas de ver el mundo, de aproximarse a la realidad para comprenderla y, por tanto, de explorar el conocimiento de diferentes maneras y de forma permanente. Capacidad que se alcanza, en el plano del aprendizaje y en el espacio del maestro, cuando se conocen suficientemente los límites de las disciplinas; a su vez, la flexibilidad de las disciplinas se alcanza cuando sus objetos de estudio se conocen y se estudian, haciendo aproximaciones al conocimiento científico desde todos los niveles educativos (aproximación al conocimiento por parte del maestro) y adecuando, a través de metodologías y estrategias de aprendizaje, los caminos que llevan a ese conocimiento (aproximación al conocimiento por parte del estudiante). La educación hoy comprende que en el siglo XXI la híper especialización no cabe.

Por todos es bien sabido que la sociedad contemporánea se enfrenta a una época de cambios constantes y rápidos, producto de la revolución provocada por la “invasión de las nuevas tecnologías”; definir esa revolución es difícil (lo decía Toffler) pues estamos viviendo dentro de ellas. En este ámbito, como maestros ¿estamos preparados para vivir en un contexto determinado por los multimedios, o en el mundo de la inteligencia artificial? ¿Estamos preparando a nuestros estudiantes para ser lectores plurales de ese mundo?

En el ambiente más cercano de las tarjetas de crédito y débito, los videojuegos, los programas computacionales, la robótica, entre otros, realizamos un movimiento pendular entre lo local y lo global; a un lado tenemos el transbordador espacial y en el otro, la búsqueda de la identidad individual. Ese movimiento de un extremo a otro se vuelve cotidiano, de tal forma que si queremos sobrevivir en esos micro mundos debemos enfrentarlos y comprenderlos porque dichos sistemas de computación expertos y redes de información satelital nos enfrentan a otra forma de vida y, por tanto, a otra forma de aprendizaje que por tradición aceptábamos o que por formación repetíamos.

Si reconocemos que las tecnologías de la información juegan un papel importante en el desarrollo de nuevas formas de pensar, de aproximación y construcción del conocimiento, tendremos claro qué tipo de educación deseamos impulsar: una que trascienda los límites de la escolaridad, que dure toda la vida y que se centre en el desarrollo del individuo en todo su potencial. Del aprendizaje dirigido por el maestro se pasa al aprendizaje auto dirigido; de la transmisión al diálogo; del algoritmo de la repetición a la heurística de la autogestión.

“La competencia con que nos enfrentamos es tecnológica. Las invenciones de hoy son los productos del mañana. Quien no se encuentre en el grupo de cabeza de la investigación científica y tecnológica tendrá, a la larga, grandes dificultades para aguantar el ritmo de la innovación” (Eglau, Lucha de gigantes). Un maestro que comprenda los avances tecnológicos y cambie su postura frente al aporte que éstos hacen al proceso de aprendizaje, potencia la capacidad en sus estudiantes, de ver el mundo más allá de las relaciones estáticas y lineales de causa y efecto, para contemplarlo como un proceso en marcha, dinámico que se auto sustenta y del que constituimos la pieza central.

Si la labor del maestro se traduce en entender con responsabilidad el acto de permitir ser, de permitir hacer uso de, de permitir cultura en... Estamos frente a maestros capaces de enseñar y asumir la posibilidad que tienen sus estudiantes de tomar conciencia de su ser y su quehacer como seres humanos. Este maestro guarda un secreto: es consciente de que en el espacio educativo no existen los maestros, porque se hacen discípulos de sus estudiantes; ha ganado conciencia también del sí mismo.

En su proyecto de vida el maestro permite que otros trasciendan, busca la filosofía de la aceptación, del re-encuentro consigo mismo, reconoce que somos materia y cuerpo en condiciones de ser perfectibles. Reconoce sus límites y busca el diálogo; se inclina ante su discípulo cuando reconoce que su saber ha trascendido el propio; respeta la diferencia y la hace en cada uno de sus estudiantes, sin agotar la identidad.

En su proyecto personal trabaja diariamente consigo mismo; busca crecer con otros a través de la comunicación profunda y progresiva y se abre al trabajo grupal; asume creativa, comprometida y desapegadamente la diversidad. En ese proyecto se hace consciente de que en cada momento, actitud que asume, hecho que concreta, está siendo un ejemplo, un modelo de formas posibles de relación, expresión y producción para quien observa, participa o se encuentra involucrado en su accionar, modela el comportamiento de sus estudiantes y por tanto el suyo.

¿Dónde nace ese proyecto personal? En su lugar de acción, en donde percibe y recibe situaciones que lo desequilibran permitiendo la re-construcción del mundo que lo altera. Así es como aprende a desear y en ese estado de recuperación de su sensibilidad, unida a su capacidad de pensar, se desarrolla como ser humano. 
Su proyecto de vida se inicia y está lleno de intencionalidad porque lo entiende, lo piensa y le encuentra sentido a lo que hace y ese sentido lo comparte con otros. Presupone en el futuro, se apropia del presente para descubrir sus posibilidades y las transfiere en el tiempo. Como proyecto es un encuentro constante entre la realidad (que es reinterpretada) y la imaginación (que matiza las formas de concebir el mundo); es un encuentro con lo incierto y es allí donde potencia su capacidad de conocer para disminuir la incertidumbre. El proyecto de vida del maestro adquiere sentido en la realización de sus estudiantes, en su capacidad de poder saber-hacer.

A través de la palabra argumentada del maestro se inicia el camino hacia el conocimiento, la reflexión, la deliberación y la participación en el campo del saber del otro. El estudiante no está frente a un maestro corriente, aquel que domina - de forma inmodesta- el conocimiento aniquilando la visión del mundo de quien lo escucha o lee. Está frente a un maestro que se expone al deseo de aprender de sus estudiantes, al cuestionamiento ávido de argumentos que apacigüen ese deseo; que cede y accede al dominio del saber que emerge por la vía de la dialéctica y de la retórica. Esta iniciación al diálogo da lugar al conocimiento. Comprometer al otro en la búsqueda permanente del conocimiento es responsabilidad del maestro y allí es donde estriba el verdadero poder de su palabra.

Este maestro transformado desarrolla y posibilita momentos de creación y de invención; ofrece caminos para que sean recorridos utilizando la intuición; plantea retos que se convierten con el tiempo en fuente de cuestionamientos que fertilizan el núcleo problema-solución. Tiende a la formación de individuos capaces de conducir sus decisiones hacia la autorrealización, sin olvidar que forman parte de una sociedad ávida de aportes que solucionen problemas asertivamente.
La búsqueda del conocimiento constituye una herramienta multiplicadora de nuevos conocimientos permeables a la transformación, apropiados de valores y desprovistos de verdades absolutas.

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