¿Qué fue del agujero de la capa de ozono?, ¿que pasó con aquella amenazante desprotección de la estratosfera que mantuvo en vilo durante años a la población de medio mundo por el temor a sufrir las consecuencias de los rayos ultravioleta?, ¿se ha recuperado ya?, ¿podemos estar seguros?

Si el asunto ha dejado de centrar la atención de los medios de comunicación es porque en buena medida ya no tiene la magnitud y la relevancia que cobró durante los años en que copó la agenda política.

La constatación de que el planeta podía sufrir una completa destrucción de la capa de ozono que lo protege de la radiación ultravioleta colocó a la humanidad ante un reto nuevo y global. La alerta de los científicos en los años setenta surtió efecto y la conciencia de los riesgos se plasmó en un acuerdo internacional, el protocolo de Montreal (1987) contra la sustancias que destruyen la capa de ozono, del cual se pueden extraer importantes lecciones. De ese protocolo se cumplen ahora veinticinco años. 

 

De hecho, este precedente hizo pensar a muchos que sería posible alcanzar un pacto igualmente ambicioso para combatir el cambio climático, un reto de dimensiones mayores y más complejo, pues puso a la defensiva intereses más acusados. Todo indica que ya son apreciables los efectos beneficiosos de las medidas adoptadas para eliminar los dañinos gases clorofluorocarbonados (CFC) y halones, responsables del agujero en la capa de ozono.

Estos gases, empleados en neveras, sistemas de aires acondicionado, aerosoles o extintores de incendios, fueron progresivamente eliminados a partir del protocolo de Montreal (1987) gracias al acuerdo auspiciado por la ONU. El pacto permitió su progresiva sustitución por sustancias inocuas, en una reconversión tecnológica juzgada como ejemplar.

Fue así como la comunidad internacional protegió estas gafas del planeta, pues la capa de ozono actúa como una pantalla natural que absorbe y filtra la radiación ultravioleta, nociva para los seres vivos. El ozono se genera cuando la radiación ultravioleta rompe las moléculas de oxígeno, y, por el contrario, se destruye a causa de las reacciones químicas activadas por el cloro y el bromo emitidos a la atmósfera en los CFC y los halones. Habitualmente, suele aparecer al inicio de la primavera austral (de septiembre a noviembre) y tiene un impacto menor en la región ártica.

"Lo que hemos apreciado en los últimos años es una estabilización de los niveles de destrucción de la capa de ozono en la Antártida, lo que se puede apreciar desde finales de los años noventa", dice Fermín Elizaga, físico de la Agencia Estatal de Meteorología.

Desde principios de los años ochenta y hasta finales de los noventa del siglo pasado, la destrucción de la capa de ozono fue galopante. El agujero de ozono en la estratosfera tuvo un incremento continuo y regular. Pero desde finales de los años noventa, se aprecia una estabilización. "Se ha conseguido frenar la destrucción de la capa de ozono gracias a las medidas que se han tomado en el protocolo de Montreal sobre la destrucción de determinadas sustancias químicas", dice Elizaga.

Las últimas mediciones de la Organización Meteorológica Mundial (OMI) indican que durante la primavera austral del 2011 el agujero de la capa de ozono alcanzó un área máxima en el hemisferio sur de 24,4 millones de km<MD+>2 (el 8 de octubre), mientras que el máximo se alcanzó el año 2006 (con 28.000 km<MD+>2). Se ha estabilizado la destrucción, y se aprecia una ligera tendencia a la baja, pero el problema no está resuelto del todo. De hecho, los gases ya emitidos a la atmósfera siguen interactuando y provocando el mismo efecto en la primavera austral.

La previsión es que la destrucción de la capa de ozono retroceda lentamente y que para mediados de siglo, o algo más tarde, puedan volver a los niveles alcanzados en los años ochenta. "La recuperación va a ser lenta; así lo indican los datos de las observaciones y las predicciones", recuerda Elizaga.

La capa de ozono protege la vida en la Tierra. Su destrucción, por lo tanto, elimina un escudo protector que evita que los rayos ultravioleta lleguen a ella. Esta radiación puede provocar en las personas quemaduras de piel, cáncer, cataratas y debilitar el sistema inmunológico. Esta radiación tendría efectos negativos en los ecosistemas de los océanos, ciertos cultivos agrícolas y en las poblaciones animales.

Los expertos han señalado que, si no se hubiera firmado el protocolo de Montreal, dos terceras partes de la capa se habrían destruido; la radiación ultravioleta se hubiera incrementado seis veces, y, en apenas cinco minutos, la exposición al Sol habría causado quemaduras en la piel.

Buena parte de las oscilaciones de la capa de ozono tiene que ver con las cambiantes condiciones meteorológicas que se producen cada año, pues junto a los CFC, el otro factor que incide es la formación de las nubes estratosféricas polares.

Estas nubes aparecen en la estratosfera cuando las temperaturas son inferiores a 78ºC bajo cero. Su interacción con estos compuestos halogenados y los rayos solares desencadena la reacción. Por eso, es en primavera, momento en que aparece la radiación solar, cuando se dan las mejores condiciones para que se produzca este fenómeno. Es la misma razón por la cual la destrucción de la capa de ozono resulta siempre menor en el Ártico, ya que las temperaturas son superiores a las de la estratosfera de la Antártica.

En las sucesivas reuniones del protocolo de Montreal, los CFC fueron objeto de acuerdos para su progresiva eliminación, hasta que en enero del 2010 ya estaba prohibida su producción y consumo. La mayor parte de estos compuestos se sustituyó por HCFC y HFC. El gran problema es que las sustancias que los sustituyeron tienen una fuerte capacidad de agravar el efecto invernadero y, por tanto, agudizar el cambio climático, hecho que plantea nuevos conflictos de intereses. Los HCFC deben quedar totalmente prohibidos en el 2040, mientras que la mayor parte de los HFC no tiene concretada una fecha de prohibición.

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