Así son los lugares de cultivowww.fuerzasmilitares.org (20AGO2014).- Un hombre viene corriendo a lo largo de la calle polvorienta. Aunque la brisa de la ciénaga sopla desde la lejanía, el carrerón lo fatiga porque es bastante mayor. Debe andar por los 80 años. Lleva una boleta blanca en la mano. Corre hasta donde le dan las fuerzas y su edad se lo permite.

–Niña Ele, espéreme –grita el hombre, jadeando, mientras agita el papel en el aire–. Espéreme, niña Elenita.

Elena Mogollón, alta y resuelta, se detiene en seco ante los gritos. Resollando, el hombre llega hasta ella y le muestra el papel con un ramalazo de orgullo pintado en la cara. Es la factura de un almacén de electrodomésticos. Acaba de comprar la primera nevera propia de su vida. Es uno de los agricultores caseros inscritos en el programa de patios productivos. El sol se derrite como plomo sobre el sector de Rafael Núñez, en el barrio Olaya Herrera de Cartagena. Allí vive el hombre de la nevera con su mujer y dos nietos.

–Por fin vamos a tomar agua helada –dice él, doblando la papeleta, y se la guarda en el bolsillo de la camisa. Es su trofeo.

Estamos en mitad del cordón de miseria que rodea a Cartagena, al pie de la ciénaga de La Virgen, y aquí solo abundan dos cosas: la pobreza y las antenas de televisión. Al frente de nosotros, en la esquina, hay una pared de tablas con un letrero que dice: ‘Se vende desayuno y neumáticos’.

Se llama Elena Mogollón Vélez, pero medio mundo la conoce simplemente como Elenita. Estudió fotografía en Nueva York y hasta hoy ha publicado tres libros. Hace diez años exactos, estaba un día en la casa solariega de su familia, echada en una hamaca, reposando el almuerzo, adormecida por la sopa de calor del mediodía. Se puso de pie porque, de repente, le habían entrado remordimientos. “Yo aquí, meciéndome”, se dijo, “y tanta gente que se muere de hambre”.

Fue a los extramuros y creó una fundación llamada Granitos de Paz. Consiguió una casa humilde en el mismo barrio y le puso un letrero en la puerta: ‘Nuestros propósitos son sueños, pero tienen fecha de vencimiento’. No voy a echar el cuento completo porque no me alcanzaría la crónica entera y yo vine fue a hablar de los patios. Baste decir que, a la entrada, veo a los médicos que reciben a madres y niños en las guarderías de Bienestar Familiar.

Construyeron un club social para los ancianos. Crearon una escuela de modistería para las mujeres. Tienen dos colegios con más de 600 muchachos. Hay una panadería que no solo le da comida al vecindario, sino que tiene clientela propia. Les enseñaron a bailar porque la vida también tiene su lado amable. Hoy asisten a cursos de computadores, de pintura, de mecánica, de belleza femenina. Se pasan el año vacunando a los niños.

Pero tengo que apurarme, porque yo lo que quiero es contarles el cuento de los patios sembrados de hortalizas, una de las mejores ideas que he visto en mi vida. Ahí voy.

Una granja en la casa

El peor problema de la pobreza es el hambre. Eso estaba pensando Elenita en el año 2004 cuando se le acercó una vecina, la señora Elsy Martínez, una líder natural que acababa de terminar un curso de agricultura urbana en el Sena. Elsy le pidió ayuda para sembrar alguna cosita en el traspatio de su casa. Luego, ella misma sería instructora de sus vecinos. Así fue como nació el programa de los patios productivos.

Lo primero que hicieron fue poner el barrio entero a trabajar, limpiaron aquellos basureros llenos de inmundicia, barro y pestilencia. Elenita consiguió que los ganaderos le regalaran camionadas de boñiga seca que sirviera de abono, bolsas para los semilleros y picos, pacas y barretones para remover la tierra.

Sembraron cilantro donde lo único que florecía antes eran los mosquitos. Diez años después, mientras camino por estos recovecos de Dios, da gusto respirar el aire de la mañana. La brisa huele a cilantro y a hierbabuena madura.

Hicieron los primeros semilleros recogiendo botellas plásticas a las que les quitaban el fondo y las enterraban con el pico para abajo. Después vinieron los trasplantes. Los patios se llenaron de verduras y legumbres. Las mujeres se acostumbraron a llamarlas “eras”, como en el español clásico que hablaba don Quijote. Hoy tienen su propia granja experimental, en la que he visto, con estos ojos, las hojas de la yuca, largas y filosas como espadas, que se menean al compás del viento.

Comida y negocio

Así comenzó el milagro de la multiplicación del plátano y la cebolla. Lo primero que hicieron fue asegurar su propia comida. Que nadie volviera a pasar hambre. Pero las cosechas crecían y se fue creando, además, un nuevo concepto de la integración familiar: las mujeres siembran, los maridos desmalezan, las hijas hacen el riego de verano, el hijo mayor lleva la contabilidad. La familia entera trabaja unida. “Mis nietas ya están estudiando”, me dice Candelaria Maldonado, “y los domingos vienen a ayudarme a regar las plantas”.

–Porque esto no es con caridad ni con lástima –me dice Elenita–. Esto es trabajando.

Un día apareció por allá Felipe Arboleda, que era jefe de cocina de un hotel turístico, y les propuso que sembraran albahaca, porque la poca que se conseguía en Cartagena tenían que traerla de Bogotá. “Nosotros seremos sus clientes”, les dijo. Entonces hicieron la prueba.

Diez años después, tengo en mi poder una lista de 72 restaurantes refinados y hoteles de lujo que son clientela permanente de las verduras que se siembran en esos patios. Como si fuera poco, ahora la misma fundación organiza talleres de formación para meseros, expertos en licores, auxiliares de cocina, recepcionistas de hotel, contabilistas, especialistas en abonos.
‘Dame tu mano, hermano...’

Hay 2.600 vecinos dedicados a los cultivos de patio. De ellos, 40 familias forman el núcleo de los que venden cosechas y 400 más que siembran para producir su propia comida. Si algo les sobra, lo venden en la tienda del barrio. Han aprendido a ayudarse mutuamente y a tenderse la mano: el que siembra berenjena le cambia una parte al que siembra calabaza y así ambos comen de las dos cosas.

Crearon un área comercial que se entiende con los pedidos, relaciones con los compradores, mercadeo y captación de nueva clientela. Tres verdaderos apóstoles acompañan a Elenita en esa tarea: María Patricia Salgado, Fernán Castaño y Samir Esquivia. Prácticamente se han mudado para el barrio.

Los fines de semana, cada uno de ellos se lleva por su lado unas bolsitas plásticas con pequeñas muestras de los cultivos. No es raro verlos sentados en un restaurante y, de pronto, sacan la bolsita y le dicen al dueño o al cocinero:
–¿Dónde compras la verdura? Prueba esta, a ver si te gusta. ¿No será que de pronto necesitas un cocinero o un barman? ¿Un mesero profesional?

La cosa es con disciplina

Todo el que trabaja progresa. Ya compraron su primer camioncito de reparto, blanco y reluciente. Reciben pedidos tres días a la semana, entre 2 y 4 de la tarde. Luego, los vecinos llevan sus productos al centro de acopio. Ustedes tienen que ver a Elemileth, una jovencita del barrio, recibiendo las verduras con su tapabocas y sus guantes. A las 7 de la mañana, en punto, el camión sale a llevar los encargos. Con disciplina y en orden.

A finales de mes, cada vendedor recibe el pago por su cosecha. Se ha generado, incluso, una cultura bancaria que antes no conocían ni por el forro: ahora tienen una cuenta de ahorros o una chequera. Con esa plata, el señor Alfredo Palacio está pintando su casa. El de la otra calle le cambia el techo. Don Alberto pudo comprar, por fin, una mesa cuadrada para su comedor.

Una noche le pedí a Pacho Montoya, gerente del legendario Hotel Caribe, que me dijera la verdad: ¿les compran a los patios por caridad?

–Al principio, sí –contestó él, con una franqueza cruda–. Nos daba lástima esa pobrecita gente. Ya no. Si les seguimos comprando es porque son los de mejor calidad.

La fundación ha construido 45 casas nuevas en el barrio. Cada año, Elenita Mogollón organiza dos cenas, una en Bogotá y otra en Cartagena, para recaudar dinero con la ayuda de sus favorecedores, a los que ella llama “aliados”, y que hoy son como cincuenta. Con esa plata pagan empleados, contratan expertos, hacen estudios de suelo, construyen las eras.

Epílogo con ‘hierbaca’

Una sembradora del barrio, llamada Damaris Guerrero, que tiene siete hijos, logró crear un injerto de hierbabuena y albahaca. Ella misma le dice “la hierbaca”. Inventó también una limonada de hierbabuena que ahora vende como refresco. Está ahorrando, según me dice, para comprar un enfriador, porque planea montar una industria de helados caseros con sabor a su ‘hierbaca’.

Como ya no les alcanzaban los patios de 20 metros cuadrados para sembrar tanta cosa –espinaca, candia, col, ají, habichuela, pepino, pimentón, orégano, rúgula, tomates gordos–, entonces se les ocurrió apelar a la agricultura vertical: ahora siembran también en las paredes. El otro día vino a visitarlos el alcalde de Sáchica, una población de Boyacá, a ver cómo es que lo están haciendo.

Hasta los ancianos trabajan. Como los lumbagos no les permiten agacharse sobre el suelo, construyeron para ellos unas trojas altas en las que cultivan de pie. Y pensar que todo esto comenzó aquel mediodía sofocante en que Elenita se arrepintió de estar echada en una hamaca...

eltiempo.com