Un modelo de convivenciawww.fuerzasmilitares.org (03SEP2014).- La entrada es un inmenso portón, como el de cualquier bodega, pero, una vez se abre, aparece, resplandeciente, un pequeño colegio de pulcros pisos y paredes, en el que hasta los casilleros se ven lustrosos y en perfectas condiciones. Los estudiantes están todos debidamente uniformados y no suena grosería alguna.

Esa es la primera impresión de quien visita el plantel. “¡Buenos días!”, y todos responden al unísono con una sonrisa. El liceo Campo David es, si no el mejor, uno de los mejores colegios de Bogotá desde 1986. Lo dicen los resultados de múltiples pruebas académicas, pero también las decenas de historias de vida que se han tejido desde su fundación.

Henry David Romero Vivas, químico de la Universidad Libre, periodista de la Universidad Externado de Colombia y fundador de esta perla de la educación, es de esos tipos bonachones que dan ganas de coger a besos. Así lo describen quienes lo conocen, porque hasta para regañar sus palabras entran para quedarse. “ ‘¡Joven, sin gritar!’. Es que hay que educar, hay que educar”, dice cada vez que se encuentra con una actitud inapropiada.

Por el voz a voz, el país se ha enterado de este centro del saber y cada vez son más los que lo visitan a fin de conocer la fórmula para que el 80 por ciento de sus alumnos tengan

asegurado el cupo en la Universidad Nacional, logren múltiples becas en los Andes y se vayan por el mundo a continuar sus estudios. Ahí las mentes vuelan lejos. ‘Sí se puede’ es la frase que ha salido de las cuatro paredes de este colegio, ubicado en Tunjuelito.

En uno de los muros del patio de formación está incrustada una puerta. Es el símbolo de que por ahí solo está permitido salir a triunfar. Hay otra clave. Lo decía el rector frente a la ministra de Educación, Gina Parody, quien visitó el lugar con el ánimo de que esta experiencia académica se reproduzca en escuelas rurales.

Para el Campo David, el trabajo con los padres de familia ha sido clave en su éxito. “Si tenemos que sancionar a alguien, contamos con la presencia de los padres. Entre todos tomamos una decisión. Aquí no hay permisividad; eso sí, se exige con afecto”, dice Romero.

El respeto hacia los profesores y entre los alumnos es ley y por eso no se ha presentado el primer caso de matoneo. “He logrado convencer a esta juventud de que los maestros son eje fundamental en nuestras vidas, pero también les hago saber a todos que la palabra de los niños vale”, agrega. Hay más. A los profesores se les paga doce meses al año, sus salarios son buenos, se les reconocen sus resultados con premios y se les permite hacer estudios de especialización. Ah, y si tienen un problema familiar, ahí está el colegio para apoyarlos. “Si vemos que un maestro no está comprometido, hablamos con él. Hacemos que se enamore de la causa”, aseguró.

Estos jóvenes brillan en los primeros lugares de los colegios de Bogotá, pero, además, dejan rezagados a sus competidores en olimpiadas de química, física o matemática. Hay profesores que han pasado por Harvard y que se devuelven convencidos de que vale la pena poner sus saberes al servicio de la educación. Estos docentes casi que se esconden para no sucumbir a otras propuestas laborales, porque les llueven. No obstante, este colegio no concentra su currículo solo en lo académico. “El afecto y el ejemplo también son partes fundamentales de la educación. Por ejemplo, ellos saben que la mujer es sagrada”, afirma Romero.

Así es que niños hijos de madres cabeza de familia, de conductores de bus, de latoneros, que en otros contextos estaban confinados a una educación de mala calidad, lograron cursar sus carreras en universidades de alto nivel. Hoy los alumnos estudian inglés y francés, pero a todo esto le suman otros conocimientos, que los directivos del colegio han sacado de situaciones particulares. “Una vez nos fuimos a un paseo a Cartagena. Los niños entraron a un restaurante fino, pero casi todos pidieron carne porque no sabían usar tanto tenedor. ¿Qué hicimos? Pues dar clases de etiqueta porque eso hace parte de la vida”, cuenta Romero. Así también pasó cuando los vieron bailando. “Carajo, eran tiesos. Tocó que aprendieran y ya la cosa cambió”.

A los niños hay que rogarles para que se vayan a las 5 p.m. Clases como las de cocina, que les dicta una exalumna los sábados, que se formó en la escuela de gastronomía Mariano Moreno, les encantan. “Ya saben hacer pasta carbonara y vamos a aprender muchas cosas más, como postres”, dice Camila Sarmiento.

Lo que viene es que los niños se preparen para ser más intelectuales, para que hablen de las Farc, de los problemas internacionales, de literatura, de desempleo.

Romero, hincha de Santa Fe, hace que sus alumnos vistan con las camisetas de su equipo favorito y les enseña que después del juego todos siguen siendo amigos.

El Campo David ha liderado, “en forma clandestina”, como dice su rector, proyectos para reproducir su modelo fuera de la ciudad. Es una forma de decir que ha tocado puertas sin respuestas.

En una visita, Parody dijo públicamente que reproduciría esta forma de educar en varias regiones del país. “A mí no me inviten a tanto foro; más bien llévenme al campo a enseñar”, dijo Romero cuando ella lo invitó a firmar un convenio. También aprovechó para decirle que le urgían dos desmovilizados para contratar. “Tenemos que ser mediadores entre la tiza y la bala”, dijo el directivo. Los logros de este colegio sobran en ayudas a personas en condición de discapacidad y hasta en materia ambiental.

Comenzó a sonar este modelo de educación, que no solo se concentra en el dinero, sino en la firme pasión por enseñar.

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