Vladimir Putin y Barak ObamaHace tan sólo un par de semanas nadie podía imaginarse que el año concluiría con una tensión tan alta en las relaciones ruso-estadounidenses. El año 2012 no prometía ser exitoso en este sentido, los expertos desde el principio advertían de que las campañas electorales en los dos países no servirían para mejorar relaciones. Por eso lo principal era pasar este periodo con pérdidas mínimas.

Tanto en invierno -en la época de la lucha de Vladimir Putin por la presidencia en Rusia- como en otoño, cuando Obama competía con Romney, hubo colisiones. Cuando las pasiones electorales se calmaron, en noviembre las autoridades rusas felicitaron a Obama por su victoria sintiéndose evidentemente satisfechos por el resultado de las elecciones. Sin embargo, la tormenta no tardó en estallar cuando el Congreso de EEUU adoptó la ley Magnitski, (lo que no era una cosa imprevista) y el presidente la firmó.

En respuesta, los parlamentarios rusos elaboraron la ‘ley Dima Yákovlev’ en homenaje al niño ruso de dos años que murió en EEUU cuatro meses después de su adopción, cuando su padre adoptivo lo abandonó encerrado en un coche más de nueve horas bajo un sol abrasador. El padre adoptivo de Dima pudo ser condenado a diez años de cárcel por homicidio involuntario, pero fue absuelto de todos los cargos por un tribunal estadounidense. Así que según la nueva ley, a los estadounidenses les queda prohibida la adopción de los niños de Rusia.

¿A qué se debe la reacción tan fuerte de Moscú ante un acto del cual se hablaba desde hace mucho ya? ¿A qué se debe la decisión de responder a la ley Magnitski no con alguna ley “simétrica” (por ejemplo, elaborando leyes dedicadas a los ciudadanos rusos encarcelados en EEUU en transgresión de las normas del derecho internacional, Víctor Bout y Konstantín Yaroshenko), sino aprovechando el tema más doloroso, añadiendo a ello un ataque político contra EEUU en general? Creo que se puede explicar por dos factores.

Primero, es que en la opinión de Moscú, aprobando la ley Magnitski, cuyas expresiones son tan flexibles que pueden aplicarse a cualquiera dependiendo de la decisión de la Administración o de los parlamentarios, EEUU se pasó de la raya definitivamente. En Rusia desde hace tiempo guardan rencor contra EEUU, que califica su legislación interna como algo extraterritorial.  El último documento, de interpretación extensiva, que quedará vigente para mucho tiempo, superando tal vez la duración de la enmienda Jackson-Vanik, fue la gota que colmó el vaso.

En segundo lugar, el Kremlin intenta poner fin de una vez por todas al uso por parte de Washington de temas internos de Rusia en el contexto internacional.

Vladimir Putin siempre se atenía a un enfoque clásico a las relaciones internacionales. Cree que el principio de la soberanía del Estado no puede ponerse en duda, porque aparte de las demás consecuencias negativas, esto puede arruinar el sistema.  La desaparición de los límites entre lo externo y lo interno socava la estabilidad estructural del mundo. Desde el punto de vista del presidente ruso, los acontecimientos del siglo XXI muestran el efecto negativo del enfoque liberal que proclama la universalidad de los derechos humanos y, por lo tanto, del derecho a intervenir en los asuntos internos de otro país por defender estos derechos. Y EEUU es la encarnación de este enfoque.

Su filosofía política y autoidentificación como un sistema social ejemplar le hace pensar que tiene derecho y debe juzgar sobre la situación en otros países, dictar veredictos y a veces hacerlos cumplir mediante recursos militares. El estatus de EEUU como superpotencia con un amplio abanico de intereses nacionales es inseparable de su autoridad ideológica y moral, la que implicará como herramienta para realizar sus intereses. Así fue y así será siempre mientras EEUU posea el estatus y los recursos que le permiten aplicar de manera extraterritorial su propia visión de un comportamiento correcto.

La Rusia de la década que arrancó en 2010 se niega a ver EEUU como un Estado con algún derecho de servir de modelo. La decisiva respuesta a la ley Magnitski está destinada a mostrar que la esfera de política interna debe quedar, en su totalidad, fuera de la discusión interestatal.

Vladimir Putin ve el mundo como muy peligroso e imprevisible. La globalización y la apertura de la comunicación eliminan las membranas que solían proteger los Estados de los impactos externos, todos los procesos negativos  repercuten entre sí y refuerzan unos a otros.

Es imposible evitarlo por completo, el presidente ruso se da cuenta de que el aislacionismo quedó en el pasado. Pero entonces cabe, al menos, minimizar estos impactos y emplear aquellas membranas como filtros. En opinión de Putin, la política de países grandes -sobre todo de EEUU- que agravan dicha imprevisibilidad con su disposición a intervenir en asuntos ajenos,  es malintencionada o imprudente. Por eso merecen que les pongan en su sitio sin miramientos.

Los cambios que suceden en EEUU justifican esta idea suya. Los estadounidenses se dan cuenta cada vez mejor de que el país ya no cumple con los requisitos para el estatus de la fuerza hegemónica. Primero parecía que esto se debía a Obama como a una figura no típica para la Casa Blanca. Pero ahora parece ya que esta idea se extiende junto con el deseo de compartir el agobio de la administración de procesos con los que puedan asumir alguna parte. Por supuesto, aplicándola no contra EEUU, sino con su consentimiento.

Al mismo tiempo, los que comparten los valores estadounidenses, los aliados tradicionales, resultan inútiles (Europa redujo sus ambiciones y está luchando contra una crisis profunda). Por eso habrá que apoyarse no de los correligionarios sino de los que sean capaces de hacer alguna aportación. Rusia, en todo caso, está situada de tal manera que sin su cooperación (o al menos si no se abstiene de obstaculizar) EEUU no podrá alcanzar sus objetivos.

Putin intuye que estos cambios en la consciencia estadounidense se pueden emplear para cambiar el modelo de relaciones. Rusia está dispuesta a cooperar, pero con iguales derechos y excluida cualquier intención de influir en sus procesos internos. Por eso es inviolable es tránsito afgano, por eso se oye de la manera más brusca el ¡fuera las manos! en cuanto se trata de los asuntos de la propia Rusia.

Calificando la situación de EEUU y el ambiente en el mundo Putin tiene mucha razón. Pero, por desgracia, para responder fue elegido el tema menos oportuno. La imagen del país que para una revancha política especula con niños huérfanos es peor que el sello del agresor que le solían pegar a Rusia. El convertir este tema tan delicado en un instrumento repugnó hasta la parte más influyente de la élite rusa. La cantidad de tejemanejes en la retórica pública excedió los límites de lo admisible hasta para una lucha política.

La reputación de Rusia como de un país que cumple con acuerdos firmados está en tela de juicio, pues el acuerdo de adopción con EEUU, ratificado el pasado verano por el propio parlamento, no entró en vigor tan hasta el 1 de noviembre. Al mismo tiempo, no se consiguió una respuesta eficaz a la ley estadounidense: la campaña contra la adopción no va a causar daños a EEUU.

Lo paradójico es que desde el punto de vista de los intereses prácticos en las relaciones ruso-estadounidense todo está relativamente bien. Ni los roces acerca del tema sirio, ni acerca de los eventos en Oriente Próximo, ni los desacuerdos respecto a la defensa antimisiles, ni las flojas disputas sobre la ampliación de la OTAN que ya parece un mito, ninguno de estos temas puede calificarse como conflicto fundamental.

Donde las relaciones bilaterales abarquen un tema de verdadera importancia para alguna de las dos partes, como por ejemplo el tránsito afgano, tanto Washington como Moscú actúan con mucha precaución, evitando aristas. Hasta las declaraciones de la administración de Obama acerca del perpetuo tema de democracia y derechos humanos son mucho más reservadas que las que normalmente solían hacer las autoridades estadounidenses. Más aun, la notoria ley Magnitski fue adoptada no independientemente, como suponían primero sus promotores, sino a cambio de la abolición de la irrisoria enmienda Jackson Vanik.

Muchos esperaban que los presidentes de los dos Estados aprovecharan sus  mandatos para construir nuevas relaciones sin prestar atención a la coyuntura existente y las emociones electorales. Sin embargo, parece que por ahora  estas esperanzas carecen de fundamento en absoluto.

* El autor, Fiodor Lukiánov, es director de la revista Rusia en la política global, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Es miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa y del Consejo Presidencial de Derechos Humanos y Sociedad Civil de Rusia. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.