El jueves, en Moscú, el estadio Luzhniki parecía más el escenario de un concierto de rock que de una manifestación política. Y allí, en medio de una puesta en escena diseñada para impresionar, el primer ministro y candidato presidencial Vladimir Putin habló como si Rusia estuviera en guerra. Recordó la batalla contra Napoleón de 1812 y los versos de Lérmontov: "Moriremos en Moscú como nuestros hermanos murieron, y morir prometimos". Su corto discurso le alcanzó para afirmar que no permitirá que nadie se meta en los asuntos de Rusia ni que imponga su voluntad. "La batalla por Rusia continúa y el triunfo está adelante", terminó.

Las grandilocuentes palabras de combate contrastaban con el aire de fiesta que se vivía afuera del estadio, donde se festejaba el Día del Defensor de la Patria, fecha que conmemora la creación del Ejército Rojo por León Trotsky que se ha transformado en el día de todos los hombres. En los alrededores, cientos de puestos ofrecían blinis (panqueques), en la semana de la Maslenitsa, una tradición religiosa que coincide con los carnavales occidentales.

En realidad, su batalla por Rusia parece ganada. Es una certeza que el próximo domingo 4 de marzo Putin será elegido presidente por tercera vez. Ya ganó en 2000, repitió en 2004, y luego le cedió el lugar a su amigo Dmitri Medvédev, pero se mantuvo en el poder como primer ministro. 

De manera inesperada, en septiembre de 2011, en un enroque digno de uno de los muchos maestros rusos de ajedrez, Putin anunció que se postularía para un nuevo periodo presidencial, esta vez de seis años, que podrá extenderse por otros seis. Si sus planes se cumplen, Putin habrá estado 24 años en el poder, más que cualquier otro gobernante de la Rusia moderna, con excepción de Stalin.



Esta perspectiva ha generado, por primera vez desde 2000, un amplio movimiento de protesta y de descontento que se manifestó en las elecciones parlamentarias de diciembre, en las cuales Rusia Unida, el partido de Putin, ganó, pero no logró la mayoría parlamentaria. Aún así, pasadas las elecciones, decenas de miles de opositores se manifestaron en enormes marchas por toda Rusia para protestar contra lo que, afirmaban, había sido un enorme fraude. 

Es que para la generación que no llegó a conocer la Unión Soviética, la idea de tener el mismo gobernante durante la mayor parte de sus años no resulta atractiva en absoluto. Se trata de jóvenes a los que los estrategas de la campaña de Putin hacen enormes esfuerzos por atraer y que ya no se dejan seducir por la idea de un presidente espía y karateca, a pesar de que su imagen de protector del pueblo ruso se vio magnificada por su lucha contra el terrorismo y el separatismo checheno. 

Los esfuerzos publicitarios son ingeniosos: en un sitio de internet de apoyo aparece un video en el cual una joven pide a su doctor una protección para su "primera vez". El médico le muestra la foto de Putin y le dice: "con él es seguro". En la siguiente escena la chica aparece votando, implicando que, en realidad, su consulta era por quién votar la primera vez.

"En diciembre comenzó un proceso de deslegitimización de este sistema, que va hacia abajo", explicó a SEMANA en Moscú Andrey Riabin, analista del Fondo Carnegie. "Se cansaron los que más fueron favorecidos por este gobierno. La gente siente que no puede ascender en su carrera, está cansada de la corrupción y de la desigualdad ante la ley", dice. "Putin no entiende qué pasó, por qué lo critican, piensa que son ataques provenientes del exterior", agrega.

No se trata solo de un fenómeno de las grandes ciudades. La semana que pasó hubo una revolución en miniatura en Lermontov, una ciudad en el Cáucaso. Representantes de los partidos de oposición ocuparon la Alcaldía después de que las autoridades les impidieron presentar sus listas para las elecciones municipales del 4 de marzo. La Policía fue enviada a reprimir, pero se unió a los que protestaban. Luego vinieron los de las fuerzas especiales, pero sus hombres se pasaron la noche tomando té con los manifestantes.

Sergei Guriev, rector de la Nueva Escuela de Economía, explicó a esta revista que "la situación a largo plazo se complica porque Rusia tiene que derrotar la corrupción y en este punto la situación se agravó. No hay libertad de elección, ni de palabra, ni transparencia, y por eso la lucha contra la corrupción es el punto de unión de toda la oposición, de izquierda, de derecha, nacionalista".

Esta es la razón por la cual, a pesar de la bonanza que se vive, la fuga de capitales fue del 5 por ciento del PIB el año pasado. "Putin dice que después de las elecciones habrá estabilidad política, pero esto también asusta. A muchos les preocupa la inestabilidad, y a otros les asusta que, si Putin continúa, la corrupción no será derrotada", asegura Guriev. "Por eso prefieren ganar menos en el exterior, que más en Rusia".

Si la victoria de Putin parece asegurada es porque no existe una alternativa política que convenza. Los principales candidatos son Guennadi Ziugánov, el eterno candidato del Partido Comunista, y Mijaíl Prójorov, un millonario de 46 años y principal accionista de Norilsk Nickel, la mayor productora de níquel del mundo con una fortuna estimada en 18.000 millones de dólares, construida gracias a sus lazos con el Kremlin. Por eso, es difícil que se gane la confianza de los votantes. A pesar de la buena situación económica, vuelven a aparecer nubarrones políticos en el horizonte. Para Andrey Riabin, el principal problema será "el déficit de credibilidad de Putin".

Por un lado Putin promete doblar los salarios de la Policía, aumentar el presupuesto militar, invertir en cobertura médica y crear más puestos de funcionarios. Propuestas algo populistas pero que, sobre todo, subrayan los límites del modelo Putin-Medvédev, completamente petróleo-dependiente. En Rusia, el primer productor mundial del crudo, si se cae el precio del barril, todo el andamiaje económico se iría al piso. Algunos analistas incluso dicen que, como Grecia o Portugal, Rusia vive por encima de sus capacidades y Putin está jugando con su suerte.

A esto se añade cierto cansancio de la economía rusa. Entre 1999 y 2009, según el Fondo Monetario Internacional, el nivel de vida aumentó142 por ciento. Así fue como muchos rusos estuvieron dispuestos a olvidarse de la erosión de sus libertades, siempre y cuando hubiera crecimiento. Desde entonces este se ha estancado. Eso sin contar las terribles desigualdades entre los grandes oligarcas y el resto de la población. En Rusia hay cerca de 4 millones de personas que viven en las calles, una tragedia que, combinada con la ola de frío que golpeó al país las semanas pasada dejó a 215 rusos muertos en las calles.

A nivel internacional Moscú tampoco pasa por el mejor momento. En Libia no apoyó la intervención de la Otan. En Siria la ayuda del Kremlin ha sido clave para que el régimen de Bashar al-Assad se mantenga. Pero ahora gran parte del mundo árabe y de la comunidad internacional culpa a los rusos de estimular la brutal guerra civil que incendia ese país, y que amenaza con extenderse a todo Medio Oriente. Y si en Irán llega a estallar un conflicto con Occidente por el programa nuclear de Teherán, Moscú podría perder su último aliado en la región. 

Y justamente la gran debilidad de Putin es esa obsesión por mantenerse, a pesar de todo, en un status quo temerario. La corrupción institucionalizada, el rechazo a su manera de hacer política, su modelo económico arriesgado y su testaruda diplomacia lo están aislando de la comunidad internacional. No por nada la revista Time tituló su última portada, junto a una foto de Putin diminuto, "El increíble primer ministro ruso que se encoge". 

Semana.com