OTANwww.fuerzasmilitares.org (29JUN2014).- Dice un viejo refrán español que “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Las aguas han bajado especialmente revueltas en Ucrania desde el pasado mes de noviembre, cuando el presidente Yanukóvich anunció su decisión de posponer la firma del acuerdo de asociación y libre comercio con la Unión Europea, dando inicio a una crisis de graves consecuencias.

Todo lo sucedido en Ucrania y la consiguiente tensión entre Rusia y Occidente ha sido estudiado con profusión, pero hay un efecto colateral que merece un plus de análisis: el papel de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), cuyos responsables se han apresurado a capitalizar la crisis para hacerla resurgir y devolverle parte del protagonismo perdido.

En particular, el secretario general Anders Fogh Rasmussen se ha mostrado especialmente hostil hacia Moscú, anunciando sucesivos envíos de tropas al Este de Europa para hacer frente a la supuesta amenaza rusa. Y todo esto ocurre en vísperas de la retirada de Afganistán, que dará fin a la operación que desde 2003 ha centrado los esfuerzos de la Alianza Atlántica.  

Rusia y la OTAN al final de la Guerra Fría

Parece por tanto que la OTAN ha redescubierto a Rusia como antagonista que justifica su razón de ser, ya que el temor de los aliados más orientales (en particular Polonia y los países bálticos) a las políticas del Kremlin ha devuelto el foco a la función primigenia de la Alianza Atlántica, la defensa colectiva de sus miembros conforme al Artículo 5 del Tratado de Washington.

Sin embargo, Rusia nunca ha dejado de servir, de un modo más o menos explícito, como excusa para la pervivencia de la OTAN. Tradicionalmente, las alianzas militares se disolvían una vez desaparecida la amenaza frente a la que se crearon, lo que en este caso debería haberse producido tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y el posterior desplome de la URSS.

Pero la administración Bush fue capaz de convencer a sus aliados a lo largo de 1990 de la necesidad de mantener viva a la OTAN. A Francia se le prometió que la transformación de la Organización sería compatible con el progreso de la Comunidad Europea hacia una unión política, y a la URSS se le aseguró que las fronteras de la Alianza no avanzarían “ni una pulgada” hacia el Este.

En el Concepto Estratégico de la OTAN aprobado en noviembre de 1991 se afirmaba respecto a la URSS que “sus fuerzas convencionales son significativamente mayores que las de cualquier otro estado europeo, y su gran arsenal nuclear es comparable sólo con el de EE UU. Esas capacidades deben ser tenidas en cuenta si la estabilidad y seguridad de Europa deben ser preservadas”.

De ese modo, en lugar de avanzar hacia un espacio común de seguridad como reclamaba el Kremlin, se estigmatizó a la URSS como un riesgo a contener, etiqueta que heredó la nueva Federación de Rusia nacida en enero de 1992.  

La evolución de las relaciones Rusia-OTAN

En la década de los 90 la Rusia de Yeltsin perdió su condición de gran potencia, lo que permitió a Occidente ignorar sus intereses en el rediseño de la arquitectura de seguridad europea. Así por ejemplo, en 1994 el presidente Clinton olvidó los compromisos adquiridos y anunció una primera ampliación de la OTAN, que incluiría a Polonia, República Checa y Hungría.

Ese proceso se produjo con la constante oposición del Kremlin. En 1994 Yeltsin advirtió del comienzo de una 'paz fría' entre Rusia y Occidente, ante lo que EE UU le ofreció acuerdos preferentes de colaboración. De ese modo se firmó en 1997 el “Acta fundacional sobre las relaciones mutuas OTAN-Rusia”, que reconocía el papel fundamental de Rusia en la seguridad euroatlántica.

Sin embargo, en 1999 se produjo la intervención militar de la OTAN en Kosovo, pese al veto de Moscú en el Consejo de Seguridad de la ONU. Además, ese mismo año se aprobó en la Cumbre de Washington un nuevo Concepto Estratégico, en el que se mencionaba la posible amenaza de una agresión convencional a gran escala, en una clara referencia a la Federación.

El cambio de siglo encontró a Rusia arruinada tras la crisis financiera de 1998, con los recursos del estado expoliados por los oligarcas, y humillada en el plano internacional. Era sólo cuestión de tiempo que Moscú impulsase una política revisionista del sistema de seguridad post-Guerra Fría, algo que se logró con la llegada a la presidencia de Vladímir Putin en el año 2000.

Por lo que respecta a la OTAN, tras los atentados del 11-S, EE UU ignoró la activación de la defensa colectiva del Artículo 5. Esto pareció poner de manifiesto la falta de vigencia de la Organización, pero su maquinaria burocrática de Bruselas supo buscarle una nueva utilidad, al hacerse cargo en 2003 de las mencionadas operaciones de estabilización en Afganistán.

Otro ejemplo de la instrumentalización de la OTAN se produjo tras lasRevoluciones de colores, cuando EEUU pretendía ofrecer a Ucrania y Georgia un plan de ingreso. Aunque ese propósito fracasó en la Cumbre de Bucarest de 2008, fue un nuevo motivo de tensión con Rusia, como lo han sido desde 2010 los planes de despliegue de un escudo antimisiles en suelo europeo.

Conclusión

Durante la Guerra Fría, la OTAN era la principal herramienta de contención del bloque soviético. Tras la desaparición de la URSS, la pervivencia de la Organización pasó a convertirse en un fin. Por ello, se usó a Rusia como excusa para mantener su costosa maquinaria defensiva, a pesar de que en la etapa de Yeltsin la Federación sólo representaba una amenaza para sí misma.

El actual revival de la OTAN a cuenta de la crisis de Ucrania no es más que otro episodio de ese mismo guión. Por tanto, y aunque la situación finalmente se estabilice, Rusia habrá servido una vez más como chivo expiatorio para que nadie, al menos durante unos años, vuelva a cuestionar la utilidad de la OTAN.

RBTH