Los corales australianos se están quedando blancos por la excesiva temperatura del agua.A grandes males, grandes remedios. Eso deben de pensar los científicos australianos, que ven impotentes cómo la Gran Barrera de coral se está quedando blanca. Por eso, han pensado en distintas medidas para atajar la situación, y además de limitar al máximo la actividad industrial, pesquera y energética en la zona, proponen cosas como «sombrillas» para proteger los corales del sol, usar descargas eléctricas de baja tensión para estimular el crecimiento del coral o echar mano de la ingeniería genética para dotar de vida al lugar. Todas estas ideas se publicaron en la revista Nature en su espacio específico sobre el cambio climático.

La que parece más realizable es la de los «paraguas». Se trataría de colocar gigantes plásticos flotantes, una especie de sombrillas de agua, durante unas horas al día en las jornadas de más luminosidad, para que la luz del sol no llegue al arrecife. El motivo es que este ecosistema es muy sensible al calor, y al aumento de la temperatura del agua se suman las horas de sol, que incrementan el estrés calórico, lo que se traduce en un blanqueamiento de los corales, un efecto comprobado en diferentes zonas de la Gran Barrera. De ahí que las «nubes» artificiales colocadas en las horas en las que el sol da de plano pueden reducir esa presión.

Los científicos asumen que la contaminación atmosférica seguirá creciendo, tanto como que en el 2050 habrá un 80 % más de CO2 que antes de la era industrial. Esta contaminación hace variar el ph del agua del mar -porque los océanos absorben gran parte de ese CO2- y los primeros afectados son los organismos calcáreos, como el coral, las estrellas de mar, los crustáceos y los moluscos.

El profesor Ove Hoegh-Guldberg, del Instituto del Cambio Climático de la Universidad de Queensland, indicaba en Nature que este cambio en el equilibrio oceánico supondrá a la larga que ninguna especie podrá vivir allí. Y Carole Turley, del Laboratorio Marino de Plymouth, cree que el mar se está convirtiendo en algo «caliente, amargo y sin aliento». De ahí que las ideas de criar de forma selectiva especies que se adapten mejor a un entorno más ácido, generar refugios para los seres vivos más afectados o preservar el patrimonio genético de forma artificial estén ahora seriamente sobre la mesa.

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