Oficiales afrodescendientes con el señor Comandante de la Armada NacionalCrítica a la segregación racial en las escuelas de oficiales de las Fuerzas Militares de Colombia.

Dentro del lamentable e injusto proceso segregacionista padecido por la sociedad de los Estados Unidos de Norteamérica, vimos como a lo largo de la historia de ese país se dio a la población afrodescendiente un trato indigno y degradante en todos los campos posibles, negándoseles derechos y oportunidades. Para justificar esta situación se llegó a argumentar que las personas afrodescendientes eran intelectualmente inferiores por naturaleza y que por ello no podían ocupar ciertas posiciones laborales o académicas.

Como si fuese poco, en Tuskegee, Alabama, durante el periodo comprendido entre 1932 y 1972 se llevó a cabo un experimento en medio del cual se infectó con sífilis a cerca de 400 afroamericanos, sin su consentimiento y sin darles nunca el diagnóstico real de su padecimiento. Esto con el propósito de observar la sintomatología y evolución de la enfermedad durante todo su ciclo. Semejante atrocidad, da la medida del nivel de racismo que imperó en ese país, y que en nada se diferencia de los experimentos inhumanos que hacían los nazis con los judíos.

El 16 de mayo de 1997, el Presidente Bill Clinton -después de meter la pata con Monica Lewinsky-, tuvo el detalle de disculparse a nombre del Gobierno de los Estados Unidos con los 8 sobrevientes del Experimento Tuskegee, diciendo estas palabras: “El gobierno de los Estados Unidos hizo algo incorrecto –profunda y moralmente incorrecto. Fue una atrocidad hacia nuestro compromiso con la integridad y la igualdad para todos nuestros ciudadanos… claramente racista.”

En las Fuerzas Armadas de ese país, además de la ya mencionada presunta inferioridad intelectual, se llegó a argumentar que los hombres negros no veían bien en la oscuridad, lo que los excluía de las labores de combate, y los obligaba a ocupar cargos de bajo nivel, como meseros, mayordomos, cocineros, lavanderos y oficios similares dentro del componente logístico. Por fortuna, las presiones políticas y el accionar de oficiales progresistas permitió que en la Segunda Guerra Mundial se incorporara a la población afrodescendiente a unidades de combate de aire, mar y tierra, que aunque segregadas (formadas solo por hombres negros) permitían que estos soldados y oficiales demostraran su valor y sus capacidades.

Por ejemplo, se formó una unidad de aviación que exclusivamente tenía pilotos negros, conocidos colectivamente como los Pilotos de Tuskegee (The Tuskegee Airmen), estos no eran los sifilíticos (Creo. Aunque también es posible, al venir del mismo pueblo donde la enfermedad estaba generalizada, gracias a un grupo de médicos que no tomaron en serio su juramento hipocrático). En fin, sifilíticos o no, estos valientes pilotos demostraron estar dentro del promedio de eficiencia de unidades similares compuestas por racistas blancos, e incluso superándolas en muchos casos. Las tripulaciones de los bombarderos, solicitaban frecuentemente la escolta de los The Tuskegee Airmen, pues estos brindaban una verdadera seguridad a los pesados aviones de bombardeo, sin separase de ellos para combatir con el enemigo en busca de la gloria personal, eran una verdadera escolta. Quizá si los blanquitos de los bombarderos hubiesen sabido que eran negros, habrían preferido morir antes que depender de ellos. Es en serio, a ese nivel llegaba el racismo inculcado a los estadounidenses desde muy niños, y es en serio que no sabían que eran negros. Esa información se mantenía en reserva, pues de cierto modo esta unidad también era “experimental”.

Algunos de los pilotos negros de esta prestigiosa unidad, lograron adelantar una interesante carrera militar -llena de sacrificios y frustraciones-. Uno de ellos, Benhamin O. Davis Jr.,  quien prestó servicio de 1936 a 1970, llegó a ser general de la United States Air Force.

En apariencia el problema del racismo en Estados Unidos de Norteamérica parece superado, al tener un presidente negro que además aspira a la reelección, pero la realidad cotidiana en ciudades y pueblos señala que aun es un vergonzoso lastre en esa sociedad del primer mundo.

Como en Colombia queremos ser “gringos”, porque estamos un poco alienados por las películas de Hollywood (que yo también veo porque son mejores que las de los principiantes de Bollywood y mucho menos complejas que las películas europeas), no podíamos quedarnos atrás, tenemos que ser racistas también. Tanto así, que hasta una ley hubo que promulgar para obligar al Estado y a los particulares a darle espacios de participación a los afrodescendientes y permitirles preservar su identidad cultural y sus derechos. Me refiero a la Ley 70 de 1993. A pesar de la cual, el complemento alimenticio llamado “Bienestarina” destinado gratuitamente a los niños de escasos recursos del Chocó, es vendida para alimentar cerdos, y a pesar de la cual mueren de desnutrición en un mismo caserío chocoano 17 niños afro. Caserío en el que por cierto debía haber presencia de la Fuerza Pública, de ser ciertas las declaraciones del -en ese momento- Ministro de Defensa de Colombia, doctor Juan Manuel Santos, cuando aseguraba que TODOS los municipios de Colombia contaban con presencia de la Fuerza Pública, en el marco de la Seguridad democrática. ¿Por qué me extiendo en esto?, porque me indigna que habiendo tropa en el sitio, esos niños hubiesen muerto de física hambre, algo pudieron haber hecho para ayudar. Claro que también es posible que no hubiese tropa y lo del Ministro fuese un cuento para tramar.

Lo que me llevó a reflexionar sobre la segregación racial y el racismo en general, fue ver en diciembre de 2011 en el periódico El Heraldo de Barranquilla, una nota en la que se destacaba que se habían graduado de la Escuela Naval de Cadetes Almirante José Prudencio Padilla cinco afrodescendientes, entre ellos una dama. Por esos asuntos de la semántica, me puse a pensar en un fragmento del artículo que dice: “Los cinco tenientes de corbeta afrodescendientes hacen parte de un nuevo grupo de oficiales de la Armada, compuesto por 107 personas.” En primer lugar, me resulta vergonzoso que en mi país el color de la piel sea algo importante, y que en lugar de exaltar a los 107 graduandos por su logro, se destaque a los 5 afros como algo extraordinario (por lo exótico), y solo se mencione de pasada a los otros 102 nuevos oficiales de nuestra Armada Nacional. Y es que estos hechos forman parte de nuestra realidad macondiana, en donde contando con una abundante población costeña, la mayoría de los oficiales de la Armada son del interior del país, blanquitos que aprendieron a nadar en piscina, mientras que los nacidos y criados a la orilla del mar, son una minoría en la flota. ¿Será porque son negros?

La anterior no es una pregunta retorica, hagamos memoria a ver a cuantos altos oficiales negros logramos recordar, a mi me viene a la cabeza el General de la Policía Nacional Luis Alberto Moore Perea, reseñado como el primer General negro que hay en la historia de Colombia, y quien obtuvo su sol el 7 de diciembre de 2006, ponga cuidado: 200 años de vida republicana y este fue el primer General negro, ¿hace falta ser un genio para entender que a los negros no les gusta la vida en los cuarteles?, o… será que no les dan iguales oportunidades.

El General Moore participó en eventos memorables, como por ejemplo, ser el piloto de ese helicóptero de la Policía que en 1985 -esquivando las balas del M-19-,  llegaba al techo del Palacio de Justicia a descargar comandos de la Fuerza Pública. En 1986 su Bell 212 sufrió una falla en las turbinas y se precipitó a tierra, quedando incapacitado por ocho meses debido a lesiones en la columna vertebral. También ayudó en las labores de rescate en desastres naturales, como la avalancha de Armero, y durante sus muchos años pilotando helicópteros apoyó a fuerzas de superficie en combates contra la guerrilla en distintos lugares de Colombia. Demostrando ser un hombre inteligente, capaz y valiente.

Su mamá, es la señora Dorila Perea, chocoana, quien fuese gobernadora de su departamento durante el gobierno de Alfonso López Michelsen, y su papá, José Tomás Moore, fue secretario de Educación en Santa Marta. Es decir, que podemos suponer que platica tenían, no porque en su mayoría los políticos colombianos sean corruptos y se apropien de los dineros públicos, lo deduzco porque para ocupar esas posiciones hay que poseer cierto nivel intelectual, al que no se llega si no se poseen recursos en el seno de la familia. Mi General Moore contó entonces con el apoyo moral y financiero de su familia para poder adelantar estudios, pero hay que recordar que él pertenece a la Policía no a las Fuerzas Militares.

John Restrepo Valoyes, Yirleza Rodríguez Murillo, Edwin Benítez Bedoya, John Freddy Murillo Mosquera y Luis Enrique Vergara Arriaga, nuestros nuevos oficiales navales afrodescendientes, no nacieron con platica, y tuvieron que apoyarse en becas del ICETEX para poder pagarse los estudios en la Escuela Naval de Cadetes,  donde el valor de cada semestre alcanza la suma de 2.500.000 pesos, una suma exorbitante para sus familias de escasos recursos. Si alguien había pensado que en Colombia las escuelas de oficiales no eran para negros, deberá repensarlo, las escuelas de oficiales en Colombia en realidad no son para pobres. Coincidencialmente y debido a una historia de exclusión, la mayoría de nuestros negros son también pobres.

El Heraldo reseña en su artículo, que la Armada está recibiendo jóvenes afro desde 1993 (que es cuando sale la Ley 70). También nos dice que en ese año ingresaron 10 aspirantes becados (es decir, que por ser pobres no tenían plata para pagarse los estudios), que de esos 10 se graduaron 4, mismos que siguen activos en el grado de Capitán de Corbeta, y resalta como la cosa más maravillosa que uno de los graduados en esa “camada” es actualmente edecán del Presidente de la República. Espero que lo sea por sus méritos personales y no porque lo estén usando para “legalizar” una postura incluyente con las minorías étnicas, cosa que está de moda entre los políticos en cargos públicos. Lo mismo va para las Ministras afrodescendientes.

Resulta curioso que esta Escuela de Formación lleve el nombre del Almirante José Prudencio Padilla, quien -para los que no lo sabían- era negro. Es curioso, porque según entiendo, de no ser por la Ley 70 de 1993 ahí no recibirían personas afrodescendientes. El Almirante debe estar en el cielo de los héroes muy enojado ante semejante despropósito, cuando él mismo -antes de ser fusilado por falsas acusaciones- tuvo una carrera ejemplar y heroica, que inicia participando en la mítica Batalla de Trafalgar, como tripulante en un navío español, transcurre con una serie de importantes victorias sobre el enemigo -en la tierra y en el mar-, para unos años después, verse coronada por la victoria en la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, que es aquella por la que generalmente se le conoce.

Es ilógico tener que pagar varios millones de pesos para poder acceder a una vida llena de privaciones y sacrificios por la patria, en el seno de las instituciones militares. Por eso, muchos jóvenes con inteligencia, aptitud sicofísica y verdadera vocación -pero sin dinero-, no pueden cumplir su sueño de hacer una carrera militar en la categoría de oficiales, lo cual vulnera el principio de igualdad constitucional. Si esta situación hubiese existido en los mismos términos hace 200 años, nuestro Almirante Padilla jamás se hubiese subido a un barco, porque él era negro y humilde de nacimiento.

El Almirante Padilla dijo en 1823: "Esa espada que yo levanté contra el rey de España, la levantaré también para defender a mi clase..."

Escuela Naval de Cadetes, haz honor a tu nombre.


Sociólogo DOUGLAS HERNÁNDEZ
Editor de www.fuerzasmilitares.org
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