Miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia vistiendo un uniforme con el mismo patrón de camuflaje empleado por las tropas gubernamentales.
Miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia vistiendo un uniforme con el mismo patrón de camuflaje empleado por las tropas gubernamentales.

www.fuerzasmilitares.org (08AGO2015).- Las acciones de guerra psicológica que se generan por el conflicto interno en Colombia, sumadas a la disputa política entre los líderes de distintos movimientos y partidos, llevan a discursos de coyuntura o de conveniencia, que si bien pueden presentar un resultado positivo en el momento, producen en la población y en las tropas confusiones que tendrán posteriormente repercusiones no deseadas.

El poder de la palabra

En un primer momento, cuando se necesitó justificar que el Gobierno era el “bueno” y las guerrillas una organización criminal que atentaba contra las leyes y el orden social, a los alzados en armas se les llamó “bandoleros” -negando el trasfondo político del problema-. Sin embargo luego de varios años, los bandoleros no desaparecieron, pues las condiciones que generaron su surgimiento seguían allí.

Cuando se necesitó justificar ante el mundo la lucha antisubversiva que se libraba aquí -con algunos excesos- se hizo énfasis en que las guerrillas eran comunistas, que obedecían a Europa Oriental y que amenazaban la zona de influencia de los Estados Unidos. Los campesinos colombianos que tomaron las armas durante el periodo denominado “La Violencia”, y que eventualmente se organizaron en lo que hoy son las FARC, eran en su mayoría analfabetas que seguramente no habrían sido capaces de nombrar al autor de “El Capital”. Pero en el país y en el exterior creyeron que la amenaza era real. Naturalmente se hizo necesaria hasta una dictadura militar (como en la mayoría de los países de Latinoamérica), y el incremento de nuestra participación en la “Escuela de las Américas” del Comando Sur de los Estados Unidos. Gracias a lo aprendido allí -en un contexto de Guerra Fría-, la doctrina de la “Seguridad Nacional” tuvo un auge en la región, así como tuvieron un auge la represión estatal, las ejecuciones extrajudiciales por las fuerzas del orden, los desaparecidos entre líderes de izquierda o sindicalistas, y los prisioneros políticos en las cárceles oficiales.

En los años 80 del siglo XX, EE.UU. consideró que el narcotráfico era una amenaza para su seguridad nacional, por cierto que Colombia hacía ya parte del grupo de países andinos que más producía y exportaba marihuana y cocaína, teniendo en su territorio una compleja situación con toda suerte de carteles y cartelitos. El Gobierno Colombiano hizo énfasis entonces en que las FARC eran una organización narcotraficante (además de comunista), que no solo ponía en peligro la estabilidad del Estado Colombiano en lo interno, sino que amenazaba a los Estados Unidos con el tráfico de drogas que socavaba los cimientos de su sociedad. La verdad era que en ese momento las FARC aun no eran el cartel en el que se convirtieron luego, pero la estrategia funcionó y eventualmente el país se hizo acreedor a la ayuda antinarcóticos que por muchos años hemos estado recibiendo, principalmente para uso por la Policía Nacional. Las FARC no son el único cartel de las drogas que hay en Colombia, seguramente ni siquiera el más importante. Si las FARC se desmovilizan, el problema de las drogas ilícitas no desaparecerá.

Por un tema de diplomacia, en los EE.UU. se consideraba que el problema de las guerrillas en Colombia era un “asunto interno” que debíamos resolver los colombianos, pero que lo de las drogas era otra cosa, y como delito transnacional debía ser abordado de forma conjunta. Debido a esto las ayudas del Plan Colombia llegaban al país condicionadas, para ser usadas solo en operaciones antinarcóticos, como era el caso de los helicópteros. Además en su mayor parte la ayuda proveniente de Estados Unidos se concentraba en la Policía Nacional, debido precisamente al abordaje del narcotráfico como un asunto policial.

El Gobierno colombiano se esforzó por hacer ver que lo que ocurría en Colombia no era una simple rebelión, sino que era una amenaza terrorista contra la estabilidad de las instituciones y la sociedad como un todo, por lo que se insistía en poder usar la ayuda antinarcóticos para enfrentar a también las FARC. Pero el Congreso de los Estados Unidos preferó inicialmente no atender esa solicitud.

Las cosas cambiaron con los atentados del 11 de septiembre de 2001 a las torres gemelas en New York. Luego de esto los Estados Unidos declararon una “guerra mundial contra el terrorismo”, y para desgracia de las FARC esa organización fue incluida en la lista de organizaciones terroristas que de manera unilateral maneja el gobierno de Estados Unidos. Esta circunstancia permitió finalmente que las armas y equipos del Plan Colombia fueran empleados contra las FARC, pues después de todo ya estaban clasificados como una organización “narco-terrorista”.

Pasaron así las FARC a ser consideradas progresivamente como bandoleros, comunistas, narcotraficantes y finalmente como terroristas. Dependiendo de cómo fueron evolucionando las cosas durante los cincuenta años de su existencia. En todo momento el Gobierno Nacional dejó en claro que la legitimidad estaba de su lado, así como la bondad y la justicia. Mientras que las FARC eran la encarnación de todo lo malo, cruel y perverso que sobre el mundo pudiese existir.

El poder de silenciar

Hasta que llegó el doctor Uribe al poder, los medios de comunicación publicaban entrevistas a los cabecillas de las organizaciones subversivas. Pero con Uribe se implementaron nuevas estrategias contra los guerrilleros incluyendo un "blackout" o "apagón informativo", y ya no se pudo contar con su versión de los hechos. La versión gubernamental quedó como la única disponible. A la población y a los militares y policías se les enseñó entonces a odiar a los guerrilleros, como encarnación del mal sobre la tierra, sin que ellos (los guerrilleros) pudiesen decir ni pío.

Los distintos episodios de violencia política, así como la violencia ejercida por los carteles del narcotráfico, junto con las persistentes acciones de los criminales comunes, difundidos por los cada vez más eficientes y tecnológicos medios de comunicación, dan cuenta de un proceso de descomposición social y de pérdida de valores (si es que alguna vez los tuvimos). Y como si no fuese suficiente, nuestros cineastas producen películas que hacen apología al crimen y muestran todo lo malo que pudiese haber en nuestro país.

Generación tras generación, crece pensando que la violencia es natural y que lo peor que tiene el país son esos crueles narco-terroristas, que masacran inocentes, destruyen oleoductos, y siembran minas “quiebrapatas”, y para que a nadie se le olvide, en las fechas patrias ponen a desfilar de primeros a los militares que han sido mutilados por minas y artefactos explosivos.

Así las cosas, si un soldado muere, el parte oficial dice que fue asesinado en un acto terrorista (aunque se hubiese tratado de un combate entre unidades equivalentes), y si 10 o 15 guerrilleros mueren como resultado de un bombardeo, de madrugada, con ventaja tecnológica y por sorpresa, el parte dice que un grupo de terroristas fue “neutralizado” en una operación militar exitosa. En realidad los fallecidos no tenían forma de defenderse del demoledor ataque aéreo.

De esta forma tras el discurso intencionado y hegemónico del gobierno nacional, sumado a la cultura violenta que parece caracterizarnos, vemos en las redes sociales como se celebra la muerte de grupos de guerrilleros (es decir, terroristas) y hay extrema indignación por la muerte un solo soldado. Después de todo el soldado es de nuestro equipo y los otros son enemigos, y al enemigo hay que darle bala, como dicen en las comunas de nuestras ciudades (y ahora también en las redes sociales).

Los resultados inesperados

Durante muchos años el discurso gubernamental se encargó de deshumanizar al enemigo de manera persistente, dando a entender que se les puede (y se les debe) exterminar pues su maldad no conoce límites, todas sus acciones son actos terroristas, y librar al mundo de su presencia sería una acción positiva. Mientras que al mismo tiempo se exaltaba a los soldados como héroes por el solo hecho de ser soldados, aunque en realidad la mayoría no hubiese realizado ninguna acción heroica ni hubiese sido condecorado por ello. Estas dos vertientes del discurso oficial parecieron una buena idea en su momento, y rindieron sus frutos, pero ahora ambas cosas representan un problema: por un lado estamos negociando la paz con un grupo al que nadie quiere perdonar (después de tantos años de adoctrinamiento en su contra), y por el otro tenemos a una Fuerza Pública cada vez más deliberante y contestataria, con militares y policías que no quieren morir en el campo de batalla, pues prefieren vivir como “héroes” que ser mártires.

Hoy en día -según se lee en las comunidades de Internet-, los derechos y beneficios parecen estar para muchos militares por delante de la vocación y el sacrificio (eso hace fácil pedir la baja e irse de mercenario a Dubai).

¿Y si los soldados mueren?

Quienes se indignan cuando muere un soldado en el área de operaciones, culpan al gobierno por la tragedia, en una extraña inversión de funciones, como si el Estado debiera ir a defender al soldado y no el soldado a defender al Estado. Quienes tienen las armas de la República y el permiso para usarlas legítimamente en defensa de los demás son los militares y policías. La muerte de un soldado o de un policía sin duda alguna es dolorosa para la sociedad, y una tragedia para su familia y amigos, pero… ¿es lógico culpar al gobierno por su muerte?, ¿no se supone que tenía un arma para defenderse?, ¿no se supone que estaba capacitado y equipado para ese trabajo?, hay una única lógica para este asunto:

- La función de un soldado es ir a la guerra.

- En la guerra se va a matar o a morir.

- Luego, el soldado en la guerra tiene una alta probabilidad de morir.

Otro razonamiento que sí tiene lógica, es:

- El Estado debe enfrentar las manifestaciones violentas que amenacen a la Sociedad.

- Los grupos narcoterroristas son organizaciones criminales y violentas.

- Luego, el Estado debe enfrentar a esas organizaciones, y lo hará con el instrumento correspondiente: las Fuerzas Militares y de Policía.

¿Cómo se enfrenta una amenaza como las FARC sin poner en riesgo a los militares y policías?, ¿a qué otros funcionarios puede enviar el Estado contra ellos?, ¿a los maestros tal vez?

Si las tropas, debidamente organizadas, entrenadas, armadas y equipadas, y encontrándose en el área de operaciones en cumplimiento de su deber constitucional, sufren una derrota táctica, ¿por qué culpar al Presidente de la República?, eso es claramente oportunismo político, es más lógico pensar que el enemigo los superó en algún aspecto y eso les permitió propinar un golpe mortal a nuestras tropas. Hay que hacer el duelo, una investigación, y aprender la lección para que no vuelva a darse la misma ventaja al enemigo en otros lugares.

Son los narcoterroristas los que están generando el enfrentamiento, el deber de las tropas es ir por ellos, y el deber del gobierno es mandarlos allí. La idea es que las tropas capturen o “neutralicen” al enemigo, pero cabe la posibilidad de morir en el intento. La poca tolerancia a las bajas es producto de la confusión que genera el oportunismo político, sumado al discurso gubernamental de tratar como héroe a todo uniformado, aumentando la valoración que la sociedad le otorga, aunque la persona no tenga más merecimientos que estar del lado de la institucionalidad, en cuyo caso seriamos millones los “héroes”.

Para ser un “héroe” no debería ser el único requisito ponerse un uniforme, pues luego es muy difícil explicar llanamente que los militares que murieron en equis operación, fueron derrotados por su descuido, por sus errores, o por la ineptitud de sus comandantes. La única forma de mantener el mito del héroe, es insistir en la barbarie del enemigo, y presentarlo como algo demoniaco contra lo que nada pudieron nuestros héroes a pesar de sus virtudes militares. Lo que continúa distorsionando la realidad para atender asuntos coyunturales, y creando problemas a futuro.

El General George Patton dijo: “El objetivo de la guerra no es morir por tu paí­s, sino hacer que otro bastardo muera por el suyo.” Sin embargo, hay que aceptar la posibilidad de morir. Sobretodo tienen que ser conscientes de ello los oficiales, suboficiales, y los soldados profesionales, quienes se decidieron por abrazar la profesión de las armas. Esta es una carrera donde los errores se pagan con la vida. Quienes no lo tengan claro es mejor que se retiren de la Fuerza Pública y busquen un trabajo de oficina (o se vayan también para Dubai).

Los enredos de la paz

El otro problema es cómo hacer para que las tropas mantengan la obediencia debida y su subordinación al poder civil, y acepten que su Comandante en Jefe está negociando la paz con ese horrible grupo narco-terrorista al que por tantos años les enseñaron a odiar. Luego, si se llega a acuerdos de paz válidos, refrendados por el pueblo colombiano, los desmovilizados deben ser respetados y protegidos. Parece algo muy difícil de hacer, y sin embargo hay que hacerlo.

Es más difícil con la población civil. A pesar de que una mayoría de quienes votaron en las pasadas elecciones presidenciales dieron un mandato al Presidente Juan Manuel Santos Calderón para continuar el proceso de paz con las FARC, no hay que olvidar al otro grupo de ciudadanos que no comulga con el proceso de paz o por lo menos con la forma como se ha manejado, o que simplemente odia a las FARC. Tampoco hay que olvidar a los que aman la guerra o que lucran con ella, y a quienes por lo tanto no les conviene la paz. Tenemos un escenario bastante complejo, cargado de odios, rencores, intereses, política, drogas, dinero, desplazados y muertos.

Tendremos que contratar a Johan Galtung para que nos asesore. Lo cierto es que pase lo que pase, habrá un sector que quede descontento. Ojalá no les de por crear un nuevo grupo armado...

 

Sociólogo DOUGLAS HERNÁNDEZ 
Director de www.fuerzasmilitares.org 
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