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www.fuerzasmilitares.org (30DIC2015).- “Los sistemas de Mando, Control, Telecomunicaciones, Computadoras e Inteligencia (C4I) de última generación le proporcionan a un comandante la habilidad - y la conectividad - para tomar rápidas decisiones, comunicándolas instantáneamente a un mayor número de unidades. Estos sistemas integrados le permiten dirigir y coordinar ataques simultáneos a múltiples blancos asegurándose de que todos sus subordinados respondan instantáneamente a sus órdenes e intenciones. El dramático incremento en la velocidad de mando - al combinarse con la capacidad de destrucción simultánea y sincronizada de múltiples objetivos militares -  dejarán en estado de shock a los comandantes adversarios limitando sus alternativas y cursos de acción disponibles.”

Cebrowski and Garstka. “Network – Centric Warfare”. 2003. Pág. 32

Una de las dificultades más grandes que enfrenta una organización tradicional – y entiéndase por tradicional a una institución que tiene cientos de años – es su transformación generacional y su modernización operativa. En ninguna otra estructura organizacional (quizás con la excepción del clero) es el cambio operacional y la modernización un proceso tan temido y resistido como en el mundo militar.

La guerra tiene dos características que podemos considerar permanentes. La primera es que la guerra, definida como un conflicto humano en donde prima esencialmente el choque violento de voluntades irreconciliables entre dos o más adversarios… jamás va a dejar de existir.

La segunda es que la guerra está envuelta en una constante evolución tecnológica que difícilmente podrá detenerse. Mientras la naturaleza misma de la guerra es una constante, los medios tecnológicos y los métodos tácticos que utilizamos para enfrentarla evolucionan permanentemente. Cuando se realizan en tiempos de paz, estos cambios pueden ser graduales. Sin embargo, durante la guerra la evolución de la doctrina operacional es - en la mayoría de los casos - simplemente drástica, sorprendentemente veloz y muy violenta. Cambios drásticos serán siempre el resultado de ingenios y formas de empleo de la fuerza que romperán dramáticamente el equilibrio existente en el campo de batalla, como lo fueron por ejemplo; el uso de las ametralladoras automáticas, el empleo del gas mostaza, el uso del ferrocarril para mover brigadas en solo horas y no semanas, el empleo de bombas atómicas y el uso de sistemas de comunicaciones satelitales.  Todos y cada uno de estos cambios – al realizarse en combate – sorprendieron al adversario de manera catastrófica.

En la actualidad la mayor fuente de cambios doctrinarios en el empleo de nuestras  fuerzas son los revolucionarios avances logrados por la industria de defensa en dos áreas muy específicas. La primera es la sorprendente exactitud y precisión de los nuevos sistemas de armas (y sus municiones inteligentes) y la segunda; el acceso masivo e irrestricto de nuestras unidades de inteligencia militar a múltiples fuentes de  información.  ¡Pero cuidado! En la medida que la automatización de nuestros sistemas de mando, control y comunicaciones siga incrementando no solo la velocidad, sino también la complejidad del trabajo de nuestros analistas, también se presentará el inevitable problema “cultural” de vernos forzados a re-entrenar a nuestro personal dentro de un nuevo y exigente formato de educación profesional. Este nuevo programa debe incluir las correspondientes habilidades táctico-técnicas que les permita operar con éxito – no solo a los analistas de datos de inteligencia – sino también a toda la cadena de mando que desde el observador adelantado hasta el comandante de la brigada demandan en términos de acciones puntuales e inmediatas basadas en la información que se está recolectando por medios aéreos, navales, terrestres y electrónicos. Todo lo anterior conforma lo que se llama hoy en día… el “mapa humano del terreno de combate”. Cada integrante del ejército es un sensor. Todos aportan.

La consecuencia lógica de esta transformación doctrinaria es evidente. Nuestra institución debe estar - culturalmente hablando - a la altura de los equipos que utilicemos.

En este sentido la inmensa mayoría de las Fuerzas Armadas latinoamericanas se encuentran bastante atrasadas pues no solo operan equipos de telecomunicaciones militares del siglo pasado (muchos de ellos con más de 40 años de uso) sino también han organizado los sistemas de mando y control de sus fuerzas alrededor de diseños de empleo que no guardan relación alguna con los avances de las ciencias informáticas.

Veamos un simple ejemplo; Tomemos a una pequeña unidad de reconocimiento avanzado de un batallón de infantería mecanizado (materializado por tres vehículos livianos de exploración todo-terreno) que se acercan a las inmediaciones de una pequeña zona poblada dentro del territorio adversario. La presencia de patrullas enemigas es altamente probable.

Frente a este escenario, la actual doctrina de guerra de maniobra recomienda que el comandante de la unidad de reconocimiento ordene realizar la debida inspección y búsqueda de vehículos y tropas enemigas en los alrededores o al interior de esta zona urbana. Acto seguido, los vehículos de exploración lanzarán de inmediato pequeños aviones de reconocimiento no piloteados (en su mayoría aeronaves desechables y de muy bajo costo) pero que están equipadas con sistemas de telecomunicaciones satelitales, con cámaras y sensores térmicos especialmente diseñados para buscar y detectar al enemigo de día o de noche.

En consecuencia, esta nueva capacidad tecnológica nos obligará, una vez que localicemos y confirmemos la presencia del adversario - en un punto específico en la entrada de la ciudad - a realizar rápidas coordinaciones y pasar al ataque en un tiempo no mayor a los 12 minutos. ¡Solo 12 minutos! El lector comprenderá que es del todo esperable que, con sistemas de búsqueda, almacenamiento y transmisión de información tan avanzados la lógica y el sentido común indican que un mayor consumo de tiempo (para que el comandante del batallón tome su resolución final y autorice un ataque con artillería de 155mm) solo podría considerarse como ineptitud en el nivel de entrenamiento táctico. Luego, y si a pesar de contar con todo este sofisticado equipo de identificación de blancos y bombas inteligentes… aún no somos capaces de darle al blanco dentro de la ventana de tiempo asignada, estaríamos en presencia de una clara y evidente falta de preparación profesional de un comandante que no posee experiencia alguna en operaciones de armas combinadas. No está demás mencionar que – con toda probabilidad – los operadores de los UAV, los observadores adelantados que transmitieron los datos del blanco y el personal en la central de tiro de la batería en retaguardia… tampoco estaban altamente entrenados. La conclusión es simple; nadie debe ir a la guerra con sistemas de armas que compró la noche anterior.

Debemos entender que todo nuevo sistema de armas debe estar debidamente integrado a nuestra doctrina de empleo, inmerso en el sistema de entrenamiento y debidamente certificado - a nivel unidades de combate - en los tres niveles de empleo. Los ejércitos modernos no entrenan soldados de forma aislada… entrenan unidades de combate de armas combinadas en el arte de maniobrar ofensivamente en un campo de batalla tridimensional.

De la misma forma nuestra visión del campo de batalla en el ámbito táctico, operacional y estratégico irá cambiando con las mejoras de los sistemas de información los cuales sin duda alguna, obligarán a nuestros comandantes (al tener estos una visión mucho más detallada y completa de la situación que se vive) a alterar dramáticamente la velocidad de nuestros estilos de mando y de combate. El objetivo central de todo cambio en la doctrina de empleo es poder reaccionar con mayor rapidez y contraatacar a un adversario que - al no contar con dichos sistemas o mejoras tecnológicas - estará luchando de forma “tradicional” sin llegar a comprender quien, como, ni de donde lo están golpeando.

Los principios prácticos de la guerra moderna son idénticos al boxeo. Pegar primero, pegar rápido y volver a golpear. De nada sirve “sorprender” al enemigo… si no tienes nada con que golpearlo. Su destrucción es lo único que cuenta. Asimismo es de importancia crítica comprender QUE aspectos de nuestra particular forma de lucha queremos mejorar, cuales debemos cambiar y aquellos que deseamos mantener, pues obviamente no se trata de iniciar una absurda carrera de cambios sin análisis previos. Lo anterior requiere de la total colaboración de todos los miembros de la organización a objeto identificar con la debida antelación nuestras áreas débiles y reforzarlas a través del correspondiente entrenamiento en terreno. Organizar, re-entrenar al personal y definir qué áreas deben ser modificadas son tareas del Gerente General (Comandante) quien es siempre el responsable final, único y absoluto de todo lo que sus hombres hacen… y dejan de hacer. Para eso se le paga, para ese se le entrenó y por esa razón está al mando. Y es por ello que debe ser reemplazado sin demora ni misericordia alguna cuando su gestión sea estéril e ineficiente. Tal como se hace en la industria privada.

Existen muchas similitudes entre el liderazgo empresarial y los principios del mando militar. Tomemos a Steve Jobs, el creador de Apple como ejemplo. Steve fue majadero en repetir incansablemente que los ejecutivos corporativos muchas veces parecen olvidar que el DEBER de cada líder dentro de una organización es posicionar a su empresa a la cabeza de la competencia y coronarla victoriosa en cualquier conflicto comercial. Pero que esa victoria solo podría ser fruto de cambios revolucionarios fundados en la aplastante calidad del producto y que ese producto solo podría generar un efecto revolucionario si era de verdad capaz de ofrecer servicios y capacidades inexistentes en el mercado. Al operar bajo esta premisa de “calidad y excelencia” se podía asegurar la sorpresa estratégica y el éxito comercial total y devastador. Steve Jobs aplicó en la industria privada procesos de modernización institucional, re-entrenamiento de personal y cambios doctrinarios tan profundos - y en un período de tiempo tan absurdamente breve - que modificó para siempre la forma de comunicarse que posee la raza humana en todo el planeta. Y eso es relevante.

El legado y el sistema de trabajo impuesto por Steve Jobs produjo - en el mundo corporativo norteamericano - una nueva generación de ejecutivos de alto nivel que entienden a la perfección que deben estar constantemente informados de los cambios revolucionarios que el actual proceso tecnológico le impone a la conducción de sus operaciones comerciales. No hacerlo es sucumbir. El sistema no perdona ni ofrece segundas oportunidades. O te adaptas… o te extingues. Esta modalidad de trabajo es idéntica a cómo funciona la mecánica de nuestra profesión militar.

Para asegurar la victoria el Comandante moderno analiza con rapidez y cautela el campo de batalla, determina rápidamente sus fortalezas y las refuerza mientras simultáneamente identifica sus debilidades y las minimiza a través de un novedoso sistema de entrenamiento que está constantemente modificando y adaptando su doctrina operacional. La única regla constante en la profesión militar… es el cambio. Al integrar un nuevo sistema de entrenamiento con equipos de última tecnología (bajo el paraguas de un exigente sistema de evaluación y certificación de personal y unidades) ese comandante genera un fenómeno que es conocido como una modernización institucional. Ello genera la ventaja doctrinal que invariablemente se transforma – en el campo de batalla – en la sorpresa operacional que desconcierta y derrota al adversario. Pero recuerden, estos “milagros” solo pueden ocurrir al interior de ejércitos integrados exclusivamente por soldados profesionales.

Doctrinalmente hablando, en el siglo 21 no veremos absolutamente nada nuevo – desde el punto de vista del entrenamiento avanzado orientado a la modernización institucional - que no hayamos visto anteriormente en los últimos 500 años de historia militar. La trilogía en la cual descansa la modernización doctrinal de una institución militar posee siempre los mismos tres elementos; un sistema de armas novedoso, un comandante con la visión de darle un empleo diferente y un líder capaz de generar un sistema de entrenamiento y certificación inteligente que permita emplearlo en el campo de batalla de forma sorpresiva generando la victoria en el nivel operacional.

Un ejemplo clásico de lo anterior fue el veloz y revolucionario proceso de creación y re-entrenamiento de la fuerza aeronaval japonesa en 1938 bajo la dirección del Almirante Yamamoto. Obligado a golpear con dureza a la armada norteamericana en Pearl Harbor, Yamamoto elaboró un brillante plan de batalla basado en un adelanto tecnológico único en el mundo. Torpedos anti-buque estabilizados con aletas lanzados desde aviones a baja altura dentro de una bahía. El novedoso procedimiento obligó a implementar todo un sistema de re-entrenamiento y modernización de la fuerza aeronaval y su armada imperial la cual tras establecer los parámetros exigidos para ejecutar el ataque lograron - contra todo pronóstico - la victoria militar más sorpresiva de la 2da Guerra Mundial. ¿El resultado? Sorpresa operacional absoluta, 20 buques de guerra hundidos, 300 aviones destruidos y más de 3,000 bajas adversarias… y todo en menos de 45 minutos.

Setenta y cuatro años más tarde, es también bueno recordar que esta filosofía de entrenamiento y modernización institucional está plenamente vigente. Hoy en día no existe fuerza blindada que no pueda ser detenida, destruida y forzada a retirarse al enfrentarse a tropas que – aun cuando carezcan por completo de tanques – se encuentren altamente entrenadas, mejor equipadas y debidamente certificadas en el combate con sistemas anti-blindaje de última generación. El secreto una vez más recae en el sistema de entrenamiento y en la doctrina de empleo seleccionada.

Este tema adquiere especial relevancia si llegamos a constatar que nuestro adversario no cree ni practica rigurosos procesos de entrenamiento avanzado con sus tanques a nivel brigadas de forma intensa, minuciosa y constante. El enseñarle a un ejército joven lograr un nivel de maestría en la guerra de maniobra… es un proceso que requiere tiempo, inmensos recursos y la asesoría de centenares de instructores extranjeros expertos en guerra acorazada. Quienes hemos servido en el arma de blindados en zonas desérticas y semi-urbanas sabemos muy bien que la formación, entrenamiento y certificación para que un Coronel asuma el mando de un regimiento de tanques toma al menos 17 años. (En otros casos la misma experiencia puede ser adquirida en tan solo una década… si se desempeña incesantemente en operaciones de combate durante ese mismo tiempo.)

Esto es especialmente cierto en ejércitos jóvenes que deciden utilizar tanques de última generación que jamás habían ingresado anteriormente a su inventario. Activar brigadas acorazadas demanda una doctrina de empleo institucional y la integración armoniosa y eficiente de todas las armas y servicios en apoyo del “puño acorazado”… pero también, exige décadas de formación académica e institucional para no solo entrenar tripulaciones, sino que también - y mucho más importante - asegurarse de tener el tiempo necesario para formar a la primera generación de comandantes de brigadas acorazadas. Esta misión se complica aún más cuando consideramos que también debemos incluir el entrenamiento de las unidades logísticas que avanzan en largas y vulnerables columnas en soporte del asalto blindado. Los ejércitos no se modernizan por secciones independientes o por departamentos aislados. Toda fuerza militar que se niegue a implementar procesos de modernización institucional que involucren a la totalidad de la fuerza y que carezcan de un firme arraigo doctrinal y operativo de carácter transversal en todas sus unidades de combate… está destinada al fracaso operacional.

Así las cosas, es lógico suponer que en el campo de batalla moderno el bando que primero explote un invento aplicándolo al arte y ciencia de la guerra obtendrá una significativa ventaja la cual - si no fue creada o descubierta por nosotros una vez iniciadas las hostilidades - nos será sumamente costoso igualar. No imposible, pero doloroso. Finalmente, podemos afirmar y advertir que si nos mantenemos ignorantes e indiferentes de los revolucionarios cambios tecnológicos que la conducción de la guerra moderna está sufriendo - como directo resultado del llamado campo de batalla digital - es muy posible que llegado el momento nos encontremos con una situación de hechos consumados, sin tiempo para reaccionar y en tremenda desventaja operativa frente a adversarios de mayor iniciativa e imaginación. El estudio y la lectura constante a nivel individual y colectivo - por parte de nuestro cuerpo de oficiales - son el primer paso en materia de doctrina para garantizar el éxito frente a los revolucionarios cambios que se aproximan.


José Miguel Pizarro Ovalle

El autor es un ex oficial del Ejército de Chile, graduado de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos y ex integrante del Cuerpo de Infantería de Marina de los Estados Unidos. Con una vasta experiencia profesional en las fuerzas armadas de la región, especialmente en las áreas de operaciones  Expedicionarias, entrenamiento táctico y diseño de fuerzas, el autor se ha desempeñado también como analista militar para CNN en Español y como director de desarrollo de negocios de empresas como General Dynamics y Lewis Defense respectivamente. Actualmente trabaja en Washington DC como presidente de "Control Logistico Grupo Consultor” primera empresa de inteligencia de negocios especializada en temas estratégicos latinoamericanos.